“La agricultura siempre fue urbana”

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Diego Díaz Alonso
Diego Díaz Alonso
Historiador y activista social. Escribió en La Nueva España, Les Noticies, Diagonal y Atlántica XXII. Colabora en El Salto y forma parte del consejo de redacción de Nortes.

El experto en desarrollo rural y ensayista Jaime Izquierdo (Infiesto, 1958) ocupa desde el pasado mes de septiembre un cargo de nueva creación en el gobierno de Adrián Barbón: Comisionado para el Reto Demográfico. Izquierdo, licenciado en geología y funcionario autonómica en excedencia, atesora una larga experiencia en el trabajo con las administraciones públicas en temas como el medioambiente, la ordenación del territorio y el mundo rural. Trabajó codo con codo en los años 80 con Aladino Fernández, geógrafo y ex alcalde socialista de Llangréu, organizó posteriormente en el concejo de Llanes el primer servicio de desarrollo rural, y durante los gobiernos de Zapatero asesoró al Ministerio de Medio Ambiente, Agricultura y Pesca. El nombramiento de este langreano con raíces piloñesas, y que desde hace años reside en la parrroquia carbayona de San Cloyo, ha coincidido con la salida al mercado de su último libro “La ciudad agropolitana. La aldea cosmopolita” (KRK, Oviedo/Uviéu, 2019). El desafío que ahora tiene por delante el ensayista es transformar sus ideas para que Asturies “defina un nuevo modelo de región” en recomendaciones políticas ejecutables por parte de un gobierno autonómico en el que destaca la presencia de “políticos jóvenes con ganas de cambiar las cosas”. Izquierdo no ha querido generar una nueva estructura burocrática, sino funcionar como un “agente de desarrollo local”, que habla con los consejeros y con el presidente, al que define como “el director de orquesta”.

Hay quien apunta a que esta crisis va a animar a mucha gente a irse al campo

El medio rural es el lugar de refugio para el susto, siempre pasa en momentos de crisis… La clave es si logramos consolidar esa tendencia para la vida ordinaria. Espero que si. Estamos en medio de la vorágine. Aún no sabemos cómo va a ser el día después. La metáfora de la guerra ha recibido mucha críticas, pero a mi me parece útil. Después de la Segunda Guerra Mundial Europa se reconstruyó con sanidad pública, Estado del Bienestar y seguridad alimentaria. Debería volver a ser así. Ojalá esto sea como cuando alguien tiene un infarto y decide cambiar de estilo de vida, deja las grasas, el tabaco, el abuso del alcohol…

Se está hablando que esta crisis puede acelerar un proceso de desglobalización que ya estaba en marcha…

No se trata de renunciar a la globalización, pero quizá tampoco de fiarlo todo a la globalización. Ya sabíamos que la vida hiperurbana y el exceso de movilidad no eran buenos. Hay estudios que hablan de momentos en que están al mismo tiempo 2 millones de personas volando en el mundo al mismo tiempo. ¿Por qué la gente se va de vacaciones a la playa a Tailandia? Porque es relativamente barato el viaje para muchas personas. ¿Tiene sentido coger un avión para ir a una reunión a Madrid cuando muchas veces puedes resolverlo con una videoconferencia?

Algunos estudios apuntan a una relación directa entre ganadería industrial e intensiva y enfermedades como el Covid19

De momento no está demostrado, pero es una posibilidad que está ahí. La uniformización en las formas de producir alimentos es negativa. Los sistemas agrícolas y ganaderos intensivos son más tendentes a plagas, mientras que los más diversos son más resilientes.

¿Por qué se cerraron los mercados locales y se dejaron abiertos los supermercados, que son mucho menos seguros? Es una crítica del sector agroecológico a la gestión de la pandemia.

Es muy complejo.¿Quién sabía organizar un país para una pandemia? Yo me pongo en la piel del Gobierno central. Tú haces un diseño general y luego vienen el proceso de ajuste. La mayoría de las personas se abastecen en los supermercados, así que es normal que se dejasen abiertos. Las comunidades autónomas y los ayuntamientos fueron corrigiendo esos desajustes. No me preocupa tanto lo que pase un mes como que todo esto sirva para repensar la cuestión de la soberanía alimentaria.

“Después de la Segunda Guerra Mundial Europa se reconstruyó con sanidad pública, Estado del Bienestar y seguridad alimentaria. Debería volver a ser así”

Aunque tu nombre se asocie ahora al mundo rural, tus primeros trabajos están ligados a Llangréu y al ex alcalde Aladino Fernández, que es precisamente el autor del prólogo de tu último libro

Sí, me crié en Langreo, pero mis raíces familiares están en Piloña. De guaje me llamaba la atención el contraste entre el río de mis veranos, en el pueblo, que era un río para vivir, y el Nalón, que era una gran cloaca. De ahí surge un interés muy temprano, e ingenuo, por la cuestión ecológica. En 1975, con 17 años, conseguí una beca para hacer un curso en Alemania sobre “contaminación y urbanismo”. En 1979, siendo estudiante de Ciencias Geológicas, presenté al alcalde un informe que había hecho sobre la contaminación en Langreo. Luego, a partir del 83, empiezo a trabajar como becario en el Ayuntamiento, en los tiempos de Aladino Fernández como alcalde. Montamos el primer servicio municipal de medio ambiente. Aladino tenía claro que el futuro de Langreo pasaba por superar el deterioro provocado por décadas de industrialización. Por decirlo de forma contundente: el futuro no pasaba por tener una central térmica y un parque de carbones en medio de la ciudad. Por mi parte, no creía que la minería a cielo abierto, ni una idea de reindustrialización basada en los modelos del pasado, fuesen la solución. El planteamiento sobre el que quería trabajar era en la rehabilitación ambiental de las cuencas como fase previa a una nueva reindustrialización. No era un discurso muy popular como te puedes imaginar, así que en el 89 dejo Langreo y empiezo a trabajar en el Principado como funcionario, y cuando surge la posibilidad de irme al Oriente a trabajar en desarrollo rural me voy para allá. Mi idea entonces, que sigue vigente, era diseñar modelos de desarrollo local que llevaran implícitos la conservación del patrimonio natural y cultural.

Foto: Iván G. Fernández.

Cómo fue esa experiencia

Estaba empezando el proceso de comarcalización y tuve la oportunidad de ir a dirigir un módulo de promoción y desarrollo. La idea era montar escuelas taller y generar empleo para los parados de los concejos. Montamos el primer grupo de desarrollo rural en Asturias y ganamos con nuestro proyecto el premio de la Fundación Británica de la Conservación, una especie de festival de Eurovisión del ecologismo en el que cada país iba con su propuesta. Francia llevó, me acuerdo, a Brigitte Bardot con un proyecto para la conservación de las focas. A nosotros en cambio no nos interesaba la conservación por la conservación. Nuestra hipótesis era que el mundo rural preindustrial o campesino tenía en sí mismo un gen conservacionista, y que lo había que hacer era favorecer el desarrollo rural para que la gente de los pueblos pueda vivir y cuidar el medio en el que vive y del que vive. Buscábamos, en esencia, lo que había enunciado Aristóteles: hay que encontrar el principio que pone en marcha las cosas porque todo lo demás vendrá por añadidura.

Siempre has sido crítico con un cierto sector del ecologismo, y más concretamente del conservacionismo

Sí, especialmente con el que rechaza el papel de los seres humanos
—etimológicamente los seres de la tierra— como parte activa de los ecosistemas. Hay un sector del conservacionismo que está más cerca de la religión que de las humanidades. Niega cualquier impacto positivo del ser humano en el territorio y desprecia la complejidad del mundo campesino, donde se dan relaciones simbióticas beneficiosas para muchas especies silvestres y en donde se dieron también formas de organización local y conocimientos afinados que gestionaban los conflictos con los depredadores. Mi opinión es justamente la contraria a la de ese sector del conservacionismo. Los espacios naturales en sentido estricto en España apenas existen. En su mayoría lo que llamamos espacios naturales son paisajes culturales que han sido recreados por comunidades campesinas históricas con miles de años de vigencia y de conocimiento depurado. Seguimos sin reconocer la enorme biodiversidad agraria y domestica creada por el campesinado con miles y miles de nuevas variedades, razas y agroecosistemas valiosísimos.

“En su mayoría lo que llamamos espacios naturales son paisajes culturales que han sido recreados por comunidades campesinas históricas con miles de años de vigencia”

Las polémicas en el Parque Nacional de los Picos de Europa han ido precisamente por ahí

Sí. En 1918 Pedro Pidal, marqués de Villaviciosa, fundador del Parque Nacional de la montaña de Covadonga, estaba empeñado en una idea romántica: la búsqueda de una naturaleza virginal en la que redimirse de los “pecados” provocados por la industrialización. Su visión era la propia del pensamiento de la época, que siguió vigente en España durante casi todo el siglo xx alentado por la tecnocracia industrial. Esas dos “modas” conservacionistas, la “aristocrática” del marqués y la “tecnocrática” posterior del franquismo, no tienen nada que ver con las teorías sobre el paisaje y el campesinado que empezaba a esbozar, por ejemplo, Eduardo Hernández- Pacheco durante la II República y que son los “principios” de lo que ahora podríamos llamar conservación cultural de la naturaleza o conservacionismo humanista. Lamentablemente, como en muchos otros aspectos, España perdió el tren del porvenir. Esas ideas fueron las que triunfaron en Europa después de la Segunda Guerra Mundial. En Francia, por ejemplo, el modelo de parques nacionales siempre tuvo en cuenta esta idea mixta de actividad humana implicada en la conservación de la naturaleza y de respeto al “paysan” y al “terroir”.

Hay una Francia vaciada

Sin duda pero Francia es, como se suele decir, la finca mejor administrada de Europa. Existen también zonas con problemas de despoblación, pero en mucha menor medida que España, y aunque sea un país muy centralista han llevado desde hace décadas políticas de reequilibrio territorial que se iniciaron a la par que las de industrialización. La Administración pública francesa antes de enfrentarse a un problema pregunta cómo se resolvía de forma tradicional. Hay un respeto a la cultura campesina que viene de lejos. Diderot era hijo de un Ferreiro y conocía el valor del saber del campesinado que reflejó en la Enciclopedia. En Francia, la Administración Pública no recela de sus paisanos ni niega el valor de sus conocimientos y eso se nota en la forma de legislar.

Portada del último libro de Jaime Izquierdo.

En los últimos años está cobrando fuerza en todo el mundo el fenómeno de las huertas y la agricultura urbana. En tu último libro (La ciudad agropolitana / La aldea cosmopolita. Krk ediciones. 2019) haces alguna propuesta concreta en ese sentido.

La agricultura siempre fue urbana y tuvo históricamente su mayor desarrollo en la periferia de villas y ciudades. Hasta fechas muy recientes, con el desarrollo de la agricultura industrial y las grandes redes de distribución, la gente se alimentaba principalmente de productos de proximidad. Los romanos llamaban al campo vinculado a la alimentación de la ciudad el “pagus”. En la Edad Media las ciudades se asentaron sobre tres condicionantes: posición defensiva, disponibilidad de agua y buenas tierras agrarias extramuros. Retornar a la agricultura urbana es fundamental para, por ejemplo, luchar contra el cambio climático, volver a una alimentación más saludable, prevenir plagas, evitar incendios,…Una ciudad como Oviedo, por citar la que más conozco, tiene unas condiciones óptimas para pensar en un plan agroalimentario de proximidad. No en vano, si repasásemos la historia alimentaria de la ciudad descubriríamos que un altísimo porcentaje de alimentos venían de las parroquias rurales.

Hoy en cambio son los jabalíes y no las huertas los que rodean Uviéu

Los jabalíes son precisamente un síntoma de esa pérdida de la agricultura periurbana del concejo. Ya se sabe que la naturaleza tiene horror al vacío, y cuando el vacío se produce, lo ocupan rápidamente las especies oportunistas. Necesitamos volver a producir alimentos de proximidad. Los beneficios van a ser importantes en creación de empleo, en paisajes, en biodiversidad, en reducción de la contaminación por el transporte… El Naranco, por ejemplo, podría ser gestionado a través de silvopastoreo por medio de un rebaño concejil —que aunque suene muy moderno ya existieron en muchas ciudades hace siglos— orientado al mantenimiento del paisaje y la producción de carne de calidad. Las ciudades y las villas asturianas tienen el tamaño perfecto para eso que en el libro llamo la “ciudad agropolitana”

“Hay un sector del conservacionismo que está más cerca de la religión que de las humanidades”

El otro fenómeno emergente es el neorrurarlismo, con Cabranes como gran exponente

Cabranes es un movimiento muy interesante. Hay una comunidad de jóvenes que han decidido vivir en el campo y están animando las zonas rurales.

En tu libro hablas de ese nuevo concepto que sería la “aldea cosmopolita”

Sí. La aldea, siempre que tenga acceso a Internet, tendrá una oportunidad que no había tenido nunca antes en la historia: la de comunicarse de tú a tú con cualquier lugar del mundo, es decir, hacerse cosmopolita. Lo clave de la aldea posindustrial reside en que se asienten en ella dos grandes grupos de habitantes: los que viven “en” la aldea (profesionales que trabajan para fuera) y los que viven “de” la aldea (profesionales del campo que gestionan su hinterland rural y su sistema agroalimentario local). La clave va a ser la integración de ambos grupos de pobladores que se necesitan mutuamente.

En ese sentido, sueles poner como ejemplo al cantante Rodrigo Cuevas, que vive en una aldea de Infiesto

Rodrigo Cuevas conoce tanto la cultura tradicional, campesina, como la cultura cosmopolita y tecnológica. Y además tiene una importante proyección artística. Tiene además una relación excelente con el vecindario y eso es muy importante para integrarse. La aldea no existe sin comunidad y sin vecindario bien avenido eso deben saberlo los nuevos pobladores.

“Los animales criados en el campo en extensivo son fundamentales para nuestra alimentación y para conservar el ecosistema”

Podemos hablar de medio rural vivo mientras se desmontan las cocinas de los colegios

Es fundamental introducir la cocina en la educación, y que los colegios alimenten a los niños y niñas con productos de proximidad para recuperar la cultura gastronómica del país. Hay que fijarse en el caso vasco, que nos lleva mucha ventaja en ese terreno. Los colegios trabajan tanto con las tablets y la virtualidad como con el conocimiento del caserío. Lo universal y lo local. Se educa a los críos en una cultura gastronómica saludable, aprenden a valorar de dónde vienen las cosas que comen, cómo se producen…

Animalismo, veganismo…

Como opción personal me parece totalmente respetable, pero como opción política no. No podemos imponer una moda generalizable a una sociedad basada en lo vegano. Hay muchas comunidades en el mundo (pescadores, ganaderos,…) que tienen una dieta basada en la proteína animal, otra cosa es que disminuyamos el consumo de carne industrial criada y que revisemos los conceptos de bienestar animal. Los animales criados en el campo en extensivo son fundamentales para nuestra alimentación y para conservar el ecosistema.

El lobo

El lobo es un depredador oportunista, prudente y yo dirá “sabio”, pero no se le puede sacralizar. Y sobre todo no se le puede tratar y gestionar al margen de los contextos territoriales y culturales donde habita o campea porque el lobo, como dijo Ortega y Gasset sobre el hombre, también es él y sus circunstancias. Hay lugares donde podrá estar haciendo un extraordinario papel de regulador de presas silvestres y otros donde no puede estar y tendremos que controlar su expansión.

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2 Comentarios

  1. Muy interesante. Por desgracia la cantidad de temas tocados son muchos como para poder adentrarse más en ellos. Estoy muy de acuerdo con este señor, aunque hay que tener en cuenta que sin conservacionismo nos habríamos quedado prácticamente sin ecosistemas originarios y se habrían extinguido muchas especies.

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