85 años de las elecciones que las izquierdas asturianas ganaron por 20.000 votos

Las elecciones del 16 de febrero de 1936 se convertirían en Asturies en un plebiscito sobre el fallido movimiento de octubre de 1934.

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Diego Díaz Alonso
Diego Díaz Alonso
Historiador y activista social. Escribió en La Nueva España, Les Noticies, Diagonal y Atlántica XXII. Colabora en El Salto y forma parte del consejo de redacción de Nortes.

“¡Asturianos, asturianas! Votad esta candidatura que representa la anti-revolución, el orden y la paz”. Con estas palabras se anunciaba en el diario La Voz de Asturias la candidatura de las derechas asturianas, encabezada por el liberal demócrata Melquiades Álvarez, pero arropada por la derechista CEDA y algunos pintorescos independientes, como un tal Víctor Madera, que se presentaba como “obrero antimarxista”. El abogado gijonés, fundador del Partido Reformista en 1912, había ido evolucionando de posiciones progresistas que le habían llevado incluso a colaborar con el PSOE de Pablo Iglesias durante la huelga general de agosto de 1917, a un republicanismo cada vez más conservador, que se había manifestado en toda su crudeza durante la represión de la huelga de octubre de 1934, cuando había exigido mano dura y fusilamientos de los revolucionarios. El Melquiades de 1936 tenía poco que ver con el político que se había opuesto a la corrupción y el caciquismo de la Restauración, y su defensa de una República de orden, al estilo francés, le había terminado llevando en brazos de Gil Robles y los enemigos del régimen del 14 de abril. A pesar de esta mutación ideológico, Álvarez seguía conservando predicamento entre sus paisanos, y prueba de ello sería que la CEDA le daría el primer puesto de la coalición derechista por la entonces provincia de Oviedo, confiando en su capacidad para batir a las izquierdas.

La mitificación del octubre asturiano y el recuerdo de la Asturias roja de la Guerra Civil han oscurecido la existencia también de un fuerte conservadurismo asturiano con solidas raíces sociales, que aterrorizado por la fallida revolución de 1934 se había radicalizado. Las derechas, con el apoyo de la mayoría de la prensa regional, así como del Gobernador civil y los poderes fácticos desplegarían entre enero y febrero de 1936 una intensa campaña de mítines y actos de propaganda en toda Asturies, desde las principales villas y ciudades, a los más remotos pueblos, e incluso el corazón de las cuencas mineras, epicentro de la huelga general revolucionaria de 1934, alertando de los peligros de una victoria de las izquierdas. Los periódicos de derechas insistirían en que no se podía ser neutral ante unas elecciones convertidas en un plebiscito sobre el futuro de España, y en el caso asturiano además sobre una revolución de 1934 que había mancillado el honor y el buen nombre de “Asturias” asociándolo a bolchevismo, anarquía y violencia anticlerical.

La prensa conservadora atacaría con virulencia a los falangistas por dividir a las derechas presentando una candidatura propia, criticarían a centristas y “neutrales”, pediría la movilización de las mujeres católicas y de los patriotas asturianos y resucitaría al moribundo Partido Radical de Lerroux para pedir el voto por el frente de las derechas.

Las elecciones de febrero de 1936 no serían pues ningún paseo triunfal para las izquierdas. Tras el duro golpe represivo que seguiría a su fracaso en octubre de 1934 las organizaciones obreras habían quedado descabezadas, sus locales clausurados, sus periódicos y organizaciones ilegalizados, y la mayoría de sus dirigentes se encontraban encarcelados o en el exilio. Recomponerse de esto llevaría algún tiempo. Sin embargo, la represión también tendría un efecto no deseado por las derechas: falicitar la cohesión y el reagrupamiento de las izquierdas en torno al objetivo común de la amnistía.

A lo largo de 1935 se irían salvando las resistencias y rencillas a una candidatura común de todas las izquierdas. Desde los republicanos burgueses y de clase media, hasta las organizaciones políticas del movimiento obrero, pasando también por catalanistas, galleguistas y nacionalistas vascos progresistas, las izquierdas comenzarían a confluir en torno a un programa de mínimos: sacar a los presos de la cárcel, lograr la readmisión de los despedidos, revertir los ataques de las derechas y recuperar el espíritu reformista de la Constitución de 1931. A este programa tan súmamente moderado se le uniría pronto un inesperado aliado: los comunistas. El VII Congreso de la Internacional Comunista, convencido de la amenaza nazi y fascista, apostaría por la política del Frente Popular. A su vuelta de Moscú los líderes del PCE se convertirían en los más entusiastas defensores de la gran alianza progresista que tenía en el socialista Indalecio Prieto y el republicano Manuel Azaña a sus principales muñidores.

A finales de 1935 la represión gubernamental comenzaba a aflojar, facilitando una reconstrucción semiclandestina de las organizaciones directamente implicadas en Octubre de 1934, las más castigadas y vigiladas. En Asturies a lo largo de ese año la Federación Socialista Asturiana y el resto de organizaciones se irían reorganizando. Ante la prohibición del Avance, cuyo director Javier Bueno había sido salvajemente torturado durante la represión del 34, los socialistas lanzarían un nuevo periódico: La Tarde.

Finalmente, el 15 de enero de 1936, las izquierdas firmaban la conformación de listas unitarias en todas las provincias. Había nacido el Frente Popular. En Asturies, la región con el mayor número de presos políticos, el objetivo de la amnistía sería suficiente para movilizar a familias y comunidades enteras deseosas de sacar a los suyos de la cárcel. Incluso en las listas electorales del Frente Popular asturiano figuraban exiliados como el socialista Amador Fernández o presos, como el comunista Juan José Manso, obrero de la Fábrica de Armas de Trubia.

La campaña de las izquierdas sería tan intensa como la de las derechas. En ella destacaría una Dolores Ibárruri que comenzaba a despuntar como figura carismática del movimiento obrero. Aunque de origen vasco, Pasionaria ya había sido candidata del PCE por Asturies en las generales de noviembre de 1933 y su trabajo en el apoyo a las familias mineras represaliadas le había dado cierto renombre y popularidad en Asturies. En sus memorias El Único Camino recordaría con especial cariño los mítines de aquella campaña, refiriéndose concretamente a uno en Candás en el que la candidata comunista había explicado a los asistentes, en su mayoría pescadores, las condiciones de vida de los trabajadores de la industria pesquera en la URSS. Su creciente popularidad no pasaría inadvertida para la prensa derechista que se referiría a ella en algunas informaciones referidas a la campaña electoral de las izquierdas.

El 16 de febrero Asturies votaba muy dividida en un clima de polarización absoluto. El centro se había evaporado y ni siquiera presentaría listas. El resultado de las urnas daría en la entonces provincia de Oviedo la victoria a las izquierdas por un estrecho margen: 20.000 votos. Un resultado ajustado pero amplificado por una legislación electoral que otorgará a la coalición ganadora 13 de los 17 escaños en juego. 6 para el PSOE, 5 para Izquierda Republica y 2 para el PCE. Pese a su imagen de tierra indómita y revolucionaria Asturies había votado de un modo bastante parecido al resto de España, donde las izquierdas ganarían, pero no por una amplísima mayoría. El voto urbano sería decisivo, y también la clave del éxito del Frente Popular asturiano. El apoyo a las izquierdas en las cuencas mineras, Avilés, Xixón y Oviedo/Uviéu, compensaría la mayoría conservadora en las alas.

Derrotadas las derechas, comenzarían en toda España a preparar el plan B: el golpe de Estado.

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