Querida Colombia

Testimonios de lucha y dignidad que van de Santafé de Bogotá al barrio gijonés de Pumarín

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Paco Álvarez
Paco Álvarez
Periodista, escritor y traductor lliterariu d'italianu. Ye autor de les noveles "Lluvia d'agostu" (Hoja de Lata, 2016) y "Los xardinos de la lluna" (Trabe, 2020), coles que ganó en dos ocasiones el Premiu Xosefa Xovellanos.

Aquel hombre, atrapado por la indigencia y el alcoholismo, se acercó a los policías con chalecos antibalas y metralletas que vigilaban la entrada del Congreso, en la plaza de Bolívar, y con una dignidad indomable les voceó a la puta cara un par de gritos desgarrados que a mí, que estaba a un centenar de metros, me estremecieron: «¡Asesinos del pueblo, criminales! ¡¿Me van a ‘balear’ porque les hablo duro?!». Ellos se miraron entre sí y rieron. Y el hombre, en manifestación individual, se dio media vuelta y fue a sumergirse plácidamente con su botella de alta graduación en esas aguas profundas de Santafé de Bogotá a las que nunca alcanza la luz ni la esperanza. Yo llegué a pensar en aquel momento que habrían podido ‘balearlo’ y que les habría salido gratis, porque a las fuerzas de seguridad colombianas les salen gratis, casi desde el mismo instante en que murió Simón Bolívar, las violaciones sistemáticas de los derechos humanos.

Viví aquella escena con la misma tensión con la que viví toda mi estancia de diez días en Colombia. Aquella mañana había ido, sin previo aviso, a la sede nacional de la Unión Patriótica. Llegué a la puerta, dos policías que escoltaban el edificio me salieron al paso. Salió a recibirme una mujer de mediana edad. Me presenté como periodista de un periódico asturiano. “Encantado, yo soy la compañera Ana”, me dijo dándome la mano. Me enseñó la sede, que yo había imaginado que estaría llena de gente y llena de vida, pero la vida estaba siendo aniquilada en Colombia; más de un centenar de grupos paramilitares campaban a sus anchas, algunos de ellos especializados en el exterminio de colectivos específicos de gamines, gais y lesbianas, sindicalistas obreros y agrarios… Y la Unión Patriótica y el Partido Comunista de Colombia pagaron un precio altísimo, con centenares de senadores, candidatos presidenciales, concejalas, militantes y alcaldes asesinados. A uno de ellos lo asesinó un sicario de quince años que cuando lo detuvo la policía confesó que él sólo quería plata para comprarle una lavadora a su madre, que seguía lavando a mano. Y la oligarquía colombiana financió el crimen.

Al despedirnos, la compañera Ana me dijo, con un aire de infinita tristeza pero también de eterna resistencia: «Usted que puede y sabe hacerlo, cuente que nos están aniquilando, compañero». Y yo al volver aquí lo hice, intento seguir haciéndolo, porque no ha cambiado mucho en Colombia desde aquellos tiempos. Las FARC (Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia), por un lado, y algunos escuadrones paramilitares, por otro, se desmovilizaron. Pero la oligarquía ha seguido financiando el exterminio de dirigentes comunales, indígenas, sindicalistas…

A la mañana siguiente de la visita a la Unión Patriótica hice un reportaje sobre los gamines, las niñas y niños de la calle que, semidesnudos, frecuentaban la fuente pública cercana al prestigioso rascacielos de la línea de bandera colombiana Avianca. Cada vez que un pijo de mierda con traje de ejecutivo pasaba por allí saboreando su café Starbust take away o su sándwich recalentado o su puto helado industrial medio derretido y le apetecía un minuto de diversión lanzaba una moneda a la cría o crío de turno para que la rescatara de la fuente haciendo apnea. Hablé con un par de aquellos neños que esnifaban pegamento en una bolsa de plástico mientras me contaban las historias de sus amigas, de sus amigos a los que hicieron ‘desaparecer’ una noche cualqiera mientras dormían en cualquier esquina. Detrás de esa limpieza étnica no había latifundistas agrarios, sino grupos de extrema derecha y también sicarios financiados por comerciantes poderosos que consideraban que los ‘gamines’ afeaban la imagen de Bogotá y espantaban la clientela y el turismo.

Me alejé de Bogotá tan pronto como pude. Cogí un autocar que me llevó, en un viaje interminable, a uno de los departamentos, una de las provincias, en las que operaban las FARC. En mitad de la ruta, en plena madrugada, una patrulla militar nos detuvo, hizo que bajara del vehículo todo el pasaje. Nos pusieron contra la carrocería del autocar con los brazos extendidos y empezaron a cachearnos. Yo caí en la cuenta de que en el bolsillo izquierdo de mi sahariana llevaba octavillas de la Unión Patriótica y en la derecha llevaba mi pasaporte español. Así que me pasé a la derecha (con perdón), saqué el documento justo cuando iba a meterme mano un militar. Comprobó la nacionalidad, me pidió disculpas por la molestia ceremoniosamente, me dijo que podía volver a subir al vehículo, él y sus compadres siguieron cacheando al resto de pasaje; era evidente que se trataba de colombianos y colombianas pero, aún así, eran potenciales sospechosos en su propio país.

Llegué a mi destino, en un departamento a varios cientos de kilómetros de Bogotá. Allá me recibió la familia de mi amiga María. Comí, dormí, charlé, me fotografié con su gente, mi gente también; lamento no haber tenido la oportunidad de conocer en vida a su padre, que sé por María que fue un campesino honesto y luchador, y me hubiera gustado robarle un abrazo. Al volver a Xixón revelé todas las fotos de aquel viaje y se las llevé a María antes que a nadie.

No he vuelto a Colombia desde entonces, y desde entonces ya ha pasado un cuarto de siglo en nuestras vidas. María sigue siendo mi amiga, a pesar de mis largos silencios. Cuando llegó a Asturies yo la ayudé económicamente y en los últimos meses es ella la que me ayuda a mí económicamente. María es una de esas trabajadoras invisibles, cuidadora de personas mayores, que cada día lo da todo en su trabajo. Yo tuve la suerte de conocerla porque cuando llegó se asentó en Pumarín, el barrio obrero de Xixón en el que nací y me crié. El mismo barrio en el que residió durante un tiempo Luciano Romero Molina, un refugiado colombiano que llegó acá cuando Xixón se declaró ciudad de acogida de personas perseguidas en sus países de origen. Por entonces un representante del PP gijonés insinuó que esta gente refugiada en España venía a vivir del cuento: Luciano volvió a Colombia cuando consideró necesario retomar la lucha y el pulso de país, y allá murió asesinado. No había venido aquí a vivir del cuento, venía simplemente a vivir.

En la última semana, la comunidad colombiana residente en Asturies y la Asturies que nunca ha dejado de movilizarse para defender acá y allá derechos y libertades, se unieron codo con codo en las concentraciones de Xixón y Uviéu. Yo cubrí para Nortes la información del acto de Xixón, en la plaza del Parchís. Cuando llegué, me encontré a mi amiga María, empuñando una de las pancartas coloristas con ese aire de rebeldía y belleza (perdón por la redundancia, porque la rebeldía y la belleza son lo mismo), con ese aire de cabreo y vitalidad que sigue conjugando en su acento colombiano y en su mirada morena y penetrante.

Ella siente Colombia a flor de piel aunque lleve ya más de treinta años en Asturies. Colaboró en su momento con el movimiento M-19, le quedaron secuelas crónicas por el “trato” que le dio la policía. No le gusta hablar de ello, pero yo estoy bien orgulloso de mi amiga María, que pagó ese tributo de rebeldía, justicia y libertad. El otro día, en la concentración, le robé un foto antes de acercarme a saludarla detrás de su pancarta, que también es la mía. Ella se emocionó, yo retuvé la emoción, pero cuando caminaba de regreso a casa, sólo y con paso apresurado para escribir la noticia para este periódico, la humedad empezó a empañarme los ojos.

No bajen los brazos, compañeras, compañeros colombianos.

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