Resiliencia y resignificación en el Día de las Mujeres Rurales

La Red Asturiana de Desarrollo Rural (READER) celebra esta jornada con el reconocimiento a la emprendedora Ana Labad Cruz, una conservera que teje redes

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Elena Plaza
Elena Plaza
Es periodista, formadora en cuestiones de género, contadora de historias y enredada entre ruralidades.

La mujer como pilar en el medio rural, un medio rural que ya sabemos que adolece de una enfermedad llamada despoblamiento y le falta relevo generacional. Las mujeres que tradicionalmente han desarrollado un papel no reconocido ni visibilizado. Unas mujeres que están cambiando su mentalidad, que son conscientes de su potencial. Unas mujeres que han demostrado ser más innovadoras y emprendedoras en el medio rural, según asegura Belarmino Fernández Fervienza, presidente de la Red Asturiana de Desarrollo Rural (READER), en el Día Internacional de las Mujeres Rurales celebrado en el Teatru Vital Aza de Pola L.lena.

Un medio rural que, junto con sus mujeres, reivindica ser un lugar no sólo para vivir, sino también para trabajar y en los que se empieza a acuñar términos como “resiliencia y empoderamiento. Hay que darles toda la visibilidad con su inmensa capacidad de adaptarse y de ellas depende en gran medida la recuperación de nuestro medio rural”, según señaló el responsable de Medio Rural de Caja Rural de Asturias, Javier Nievas.

En este marco READER celebró su cuarta edición por la que reconoce a una de nuestras mujeres rurales, destacada por desarrollar un proyecto laboral financiado con los fondos LEADER y que este año ha recaído en Ana Labad Cruz, una madrileña asentada en Lastres desde hace más de una década y que ha recuperado la tradición conservera de la zona con sus anchoas artesanales Hazas. Ana, que tiene voluntad, visión y capacidad de emprendimiento, ha sabido tejer una red formada por más de 10 mujeres de la zona, algunas con experiencia conservera, la mayoría por encima de los 50 años. Una red en la que ha implicado a las rederas y al carpintero de Luces y a las queserías de la zona para innovar en packaging y en nuevos productos, de los que es testador su hijo Eneko. Ana es un ejemplo, como señaló Gemma Álvarez Delgado, alcaldesa de L.lena y presidenta de la Asociación para el Desarrollo Rural de la Montaña Central de Asturias, uno de los once Grupos de Desarrollo Rural (GDR) de READER, de “mujer que apoya, que crea lazos, que no compite entre nosotras, sino que es muestra de sororidad”.

Una nerviosa Ana Labad subió a la caja escénica del Vital Aza a recoger la escultura de Kiko Urrusti que la reconoce como Mujer Rural de Asturias 2021, acompañada de las tres mujeres que la precedieron, Isabel, Josefina y Ana Inmaculada, para desgranar su recorrido vital y profesional. Natural del madrileño barrio de Carabanchel, trabajaba en publicidad, profesión que también desempeñó en Xixón. Regentó, junto a su marido la tienda de Lastres, un negocio muy estacional, y ahí fue cuando la galardonada empezó a dar vuelta a cómo salir de esa estacionalidad, pensando en los recursos y tradiciones de la zona.

Conservas. Anchoas. Y así comenzó su recorrido por el emprendimiento, algo para lo que “no todo el mundo vale”, señaló. Y allá por 2018 Anchoas Hazas comenzó a ser una realidad después de preguntar y preguntar, “porque yo soy muy preguntona”.

Y preguntando se enteró de la red de recursos públicos existentes de ayuda a la emprendeduría, desde el GDR Comarca de la Sidra a Valnalón y Asturgar.

Pensaba en un principio que no se adaptaría viniendo de la gran ciudad. Llegó en un frío y vacío mes de noviembre a Lastres, “nada que ver con agosto” y reconoce que emprender es “duro y difícil”. Pero se encontró no sólo eso, sino que encima le sobraba tiempo, aún teniendo que desplazarse a Xixón, y que tenía una mayor calidad de vida que en Madrid.

“Se puede hacer algo grande y no hace falta heredar un negocio o montar algo pequeño. Se puede pensar en algo grande. Es cierto que no todo el mundo tiene mentalidad emprendedora pero las que emprendemos creamos puestos de trabajo. Y en Asturias tenemos la ventaja de tener muchas organizaciones que te ayudan”. Y así Ana Labad fue desgranando su paso por estas entidades a las que se mostró agradecida, así como a las personas detrás de las siglas, como Carlos, como Marta o Sandra.

“Y al final estoy dando trabajo directo e indirecto a las rederas, al carpintero, a las queserías” y por el camino también ha descubierto otros proyectos, afines o no al suyo. Pero todo ello ayuda a seguir tejiendo esas redes, similares a las que definen su packaging.

Entre nervios, lágrimas y sonrisas emocionadas Labad señaló la falta de “promocionar el potencial del mundo rural. Yo no sabía todo esto cuando vivía en Madrid, no veía la oportunidad que sí veo ahora. Y por favor, esa burocracia, ¿no se puede hacer nada con esto?” reclamó en el cierre de su intervención.

Un guante que recogió el consejero de Medio Rural y Cohesión Territorial Alejandro Calvo Rodríguez, que destacó la necesidad de un medio rural “autónomo, capaz de generar economía tanto en los sectores tradicionales como en otros”. Y planteó la cuestión de “cómo vamos a poblar el medio después de la pandemia. Eso se tiene que reflejar en oportunidades en lo rural”, destacando que la última convocatoria Leader ha recogido “más proyectos que nunca a pesar de la crisis”. Y el año pasado fue un año de récord, con más de 800.

Sobre mitos y horizontes

Mitos y horizontes de la mujer emprendedora en el medio rural fue la mesa redonda planteada para la edición de este año, moderada por la periodista Marta Pérez, de Melodijopérez. Cinco participantes de distintos sectores que hablaron de su experiencia, desde la chacinería tradicional (Manuela Rodríguez Suárez, de embutidos Pico de Fiel, Bual) a la reinvención de la indumentaria tradicional (Llucía Miravalles, de RingoRango, Villaviciosa); de la tienda bar reconvertida en ecommerce (Mabel Peláez, La Venta los Probes, Llanes) a una distribuidora a domicilio de productos ecológicos (Laura Ibarra, de L.lena), pasando por el Turitaxi Cuideiru (Carolina Castro, Cudillero).

Son innovadoras, pero también se reconocen como continuadoras. Ahí juega un papel importante el aprovechar lo que tienes, pero también abrirse a las nuevas realidades que se presentan. Cinco experiencias de mujer, unas trabajando en colectivo, otras en individual, pero todas generando en un medio rural del que destacan que ofrece más oportunidades de las que se piensa y que ofrece otras ventajas, como es la conciliación y una crianza más apegada a la tierra. Hablan de calidad de vida, de eso que ahora dan en llamar la slow live, que parece que ha tocado a muchas personas tras la pandemia. Porque “los pisos no están preparados para vivir, solo para ir a dormir, pero no para encerrarte en ellos”.

“Nos enfocamos en querer empresas y empleos, pero también podemos generar tejido, lugares de encuentro”

Conscientes de que se les ha visto como privilegiadas por vivir en el a veces denostado campo, como señala Manuela, en algún momento, como al principio “llegué a envidiar a los de ciudad, porque podían salir a aplaudir a las ventanas, pero a partir de la segunda semana valoré más tener el prao donde vivo”, recordó Llucía, que se reconoce como cabeza de familia monomarental que reconoce las ventajas que le ofrece para desarrollar su proyecto vital y profesional. Una intervención aplaudida cuando reivindicó que los pueblos huelen a pueblo, “que las pitas cantan y las vacas huelen mal”. “No es como venir de vacaciones, sino vivir todo el año”, abundó Mabel, del valle de Ardisana. Y es que, en palabras de Carolina, veterinaria de profesión que hizo las maletas en Madrid para instalarse en el concejo pixueto y montar el primer taxi adaptado y que realiza visitas turísticas, “la vida en las ciudades no está dimensionada para la vida humana. El ritmo es diferente y no todo el mundo se adapta a lo tranquilo de los pueblos”, y habla de respeto, de la vida en comunidad. Laura señala la cantidad de trabajo que ha tenido durante la pandemia, “de repente a la gente de ciudad le da por la verdura fresca, de cercanía… ¡Y yo saturada! No se trata sólo de vivir en el pueblo, sino de ver los modelos de consumo. Yo vivo con 25 clientas ¡y el Mercadona está lleno…!”, y hace un ejercicio de matemáticas ejemplificando con la cantidad de empleo que se crearía en el campo si se consumiera de continuo fresco y de cercanía.

La inmediatez que nos ofrecen las grandes compañías de venta online es el modelo imperante. Nos pueden las ansias. Internet también es una oportunidad y una ventana para comprar diferente, para comprar productos realizados por manos cercanas, con el cariño de lo único, como puede ser no vestir de serie con la ropa de RingoRango, que también se puede adquirir en la tienda-bar de Mabel, que ha encontrado en el ecommerce y las redes sociales como Instagram ese escaparate que le ayuda a visibilizar su negocio.

Y hablan de cómo se caen los mitos. De que los pueblos de vacaciones no son lugares faltos de oportunidades para criar a la prole; que las bicicletas también son para el invierno, como reivindica Mabel. De que para ser mujer rural no hay que vestir con bata, calzar madreñas y tener ganado y huerta, como señala Carolina. Que la gente se acerca a lo rural como algo bucólico, ven el paisaje, pero también es caca de vaca, barro, cuestas y cargar pesos. Que la gente viene como vía de escape a buscar una segunda residencia, y “no se necesita eso, sino que vengan a hacer pueblo, niñas y niños en el colegio, manos para limpiar caminos…”, destaca Laura. Y así el colegio de San Martín de Luiña, donde vive Carolina, este curso ha tenido que desdoblar aulas por el incremento de alumnado.

Y Manuela insiste que “el futuro del medio rural asturiano es un día tras otro”, Llucía habla de “bajar la intensidad y el ritmo”, Mabel echa en falta “más emprendedores, hombres, mujeres, con proyectos en sectores diferentes”, Carolina espera que las gentes que llegan sea “para quedarse, se puede vivir en lo rural aunque trabajes en Avilés o Uviéu” y también apunta a esos negocios inexistentes, tan sencillos como una simple librería donde comprar un lapicero, “que no hay en todo Cuideiru”, y Laura señala que en el medio rural “es muy necesario lo que te ayuda a vivir que no sea el dinero: la ayuda mutua. Nos enfocamos en querer empresas y empleos, pero también podemos generar tejido, lugares de encuentro”.

Para cerrar voces de muyeres, tradicionales como el grupo de baile Flor de Xanzaina, y de fusión tradicional-jazzística de Mapi Quintana, acompañada al piano por César Latorre, presentando Maramoniz.

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