“L’Horru”: Un viaje en busca de un cesto que se hizo templo

Los hórreos cuentan historias. Y también cuentan La Historia. La de Asturies a través de su arquitectura. Los tenemos tan interiorizados que ni miramos para ellos, bah, todos iguales. Pero lo cierto es que un hórreo “es un cesto que se hizo templo”, como dice el periodista Jaime Santos.

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Elena Plaza
Elena Plaza
Es periodista, formadora en cuestiones de género, contadora de historias y enredada entre ruralidades.

Los hórreos cuentan historias hiladas entre liños y colondras, sustentadas sobre pegollos a lo largo de siglos, de años los más nuevos. Los hórreos son contenedores no sólo de grano. Esquematizan el recorrido de un pueblo, de un país como es el astur. Un símbolo identitario no apreciado en su justa medida. Un dolor en el corazón cuando se derrumba, cuando desaparece el último de los suyos, como aquel de estilo pongueto. Un horro es un cesto que se reconvirtió en templo, venerado en épocas en las que se veneraba la tierra, apreciado cuando vuelve la escasez.

¿Qué sabemos realmente de estos graneros tan característicos? Lo justo. Y para cubrir esta laguna surge la serie L’Horru, de las productoras La Rebequina y Art&Life Productions para la TPA. La idea surge durante el cierre pandémico, grabando con el móvil una panera  de la época de la I Guerra Mundial delante de casa del periodista Jaime Santos, en el concejo de Cangas del Narcea, que le recordó a otra que hay más abajo, ésta de cuando la pandemia de la gripe española. “Fui a ver qué historia me contaban e hice un vídeo sobre la paradoja de los peores tiempos de la época de la autarquía… es entonces cuando salen los hórreos más increíbles. Me vino la inspiración divina y me dije, Jaime, tienes que hacer este trabajo y entregar el hórreo al mundo”. Dicho así puede sonar medio a broma, pero lo cierto es que detrás de este proyecto hay un mucho de documentación y trabajo, cuyo embrión ya viene de otro realizado en 2012, así que las bases ya estaban sentadas.

Dar un paseo por cualquier pueblo de Asturies supone tropezarte con algún hórreo o panera sí  o sí. Ese curioso granero, todo un ingenio levantado sobre pegollos que en realidad eran, y son, bancos donde se guarda lo más valioso: la producción y los recuerdos familiares. “Los hórreos son tumbas, si te averas mucho a su mundo te entra una angustia… no los vas a poder atesorar todos. También son iconos y el poder lo quiere para sí. Hallé el monumento al auto odio asturiano porque es nuestro símbolo y lo desconocemos; eso lo dice todo”, afirma Santos a modo de introducción después de recorrerse con su equipo de producción más las personas expertas consultadas (Ástur Paredes, Cristina Cantero, Paulino García, Xune Zapico, Alva Rodríguez Armando Graña, Joaco López…) buena parte de esta contradictoria región.

Panera en Güeño/Bueño. Foto: Alisa Guerrero

Y añade: Los hórreos, miles de ellos, vienen del siglo XVI, y están ahí porque había un burgués que tenía pasta suficiente para hacérselo, por lo tanto había muchos burgueses… Entonces espera, que la Historia se explica de otra manera”. Y así arranca.

Es curioso que los hórreos los tenemos pensados en nuestro imaginario en relación al campesinado, y no con los terratenientes, pero los primeros que se levantan pertenecen a la élite: los monasterios y los nobles. “¿Quién tenía un huerto como para pañar un hórreo así?”, razona Santos.

Todos los hórreos son iguales porque su diseño es perfecto, no hace falta cambiarlo. La última innovación es el tejado a cuatro aguas. Los que vienen detrás poco más pueden hacer para mejorarlo: más grandes, incluir los corredores… “La cultura universal se absorbe rapidísimo”, y también llega al hórreo: los primeros son románicos, aunque ya tenían tres siglos porque las modas iban despacio, pero cuando llega el purismo, a los 30 ó 40 años de la construcción de El Escorial, empiezan a hacerse horros con detalles puristas. “Ya llega a la aldea y eso sucede muy rápido”.

La modernidad entra por las élites, con alguna excepción. “Luego aparecen las primeras paneras con esa idea de ser bancos, ya que no eran del campesinado, y ahí se almacenaba para especular”: en el siglo XVII los hórreos se convierten en cajas fuertes donde se recauda, en trigo, los impuestos de un Estado asediado por las deudas del Imperio Español. La llegada del maíz supone un espaldarazo a la próspera economía agraria y surge la panera.

Jaime Santos durante la entrevista en Güeño. Foto: Alisa Guerrero.

En el siglo siguiente, cuando desaparecen los gremios y empiezan las decoraciones fastuosas barrocas, también se habla de nuevos cambios. Jovellanos ya entendió que el hórreo era un complemento esencial de la casería, mientras que en el XIX arranca la Revolución Industrial y frente a ella surgen movimientos de nacionalismo romántico. El horro se convierte en un icono de la Asturias agraria.

“Todo eso está en los hórreos. Y cuando las ciudades empezaron a industrializarse, empezaron a salir millones de paneras como en Güeño. Al lado de Xixón, Uviéu y Avilés hay unas panerísimas enormes porque tenían que abastecer a la ciudad. Y muchas estaban en la propia ciudad, como en la alameda del Parque del Muelle de Avilés, que había una filera de paneras enorme al lado de la ría. Es un recordatorio de que fuimos una potencia agraria y ahora no somos nada, también hay un mensaje, ¿no?”, reflexiona el periodista, que añade “y también se decía que el hórreo estaba muerto, como decimos ahora… Sí, sí, ya veremos”.

Ajos secando en un horro. Foto: Alisa Guerrero.

Y suelta en modo metralleta: “Si en estos 500 años no le dimos todos los usos imaginables, ¿qué uso nuevo le vamos a dar?: hacer quesu, tocar música, follar, dormir, discoteca… todo eso sin falta de transformar nada. Con la cantidad de casas que hay cayendo, ¿para qué vas a hacer que los hórreos sean habitables? No es más que el típico monigote que se agita para decir que estamos hablando de algo pero en realidad no hacer nada, y lo que hay que hacer ye contarlos y catalogarlos todos, hacer un catálogo serio de verdad, que no lo hay; eso es lo que tenía que hacer la Administración. Y divulgar, por supuesto. Vale más que los dejen en paz, porque además son privados. Tienen propietarios, a veces demasiados, que son los que tienen que cuidarse de ellos, y ése es el problema, cuando acaban cayendo: tienen cien años y no subiste a poner cuatro tejas, y cuando cae, entonces que me lo arreglen… Lo que tienes que hacer es que la gente entienda que es valioso ahora y puede ser más valioso en el futuro. No decir qué hacemos pa salvalos; no hay que hacer nada, se salvan solos”.

Estaría bien saber cuántos horros hay en Asturies. Sólo en la rasa costera occidental hay 5.000, según contó Catuxo, uno de los informantes de Jaime Santos. Lo más curioso encontrado en cuanto a catalogación es en el concejo de Villaviciosa que recoge la fecha, propietario, estado de conservación, ubicación, si tiene talla o no, si recoge el nombre del carpintero… “Cuando hagamos eso, cuando sepamos cuántos hay de cada siglo, de sus singularidades, decoración, pasado… entonces tendremos un catálogo de ese patrimonio del que tanto hablamos que ni siquiera fuimos capaces de hacerlo. Ahora la Administración hace un comité de expertos para saber qué hacemos con el hórreo. Para empezar, contarlos. Tu función es ésa, catalogar el patrimonio”. Y afirma que hay una ley de la época de Franco que protege a todos los horros de más de 100 años, desasistiendo los más nuevos, algunos auténticas joyas.

Cotidianeidad: ropa tendida solohorro. Foto: Alisa Guerrero.

El hórreo como símbolo de espiritualidad

Aún así la del hórreo no es una industria muerta, más bien al contrario según cuenta, con unos 40 ó 50 talleres que trabajan estables con uno, dos ó tres carpinteros. “Hay talleres que de hecho no dan abasto, están hasta arriba de curro. Hay algo que me cuentan todos: con la pandemia la gente empezó a arreglar la panera, como si hubiera una relación genética entre malos tiempos y hórreo. Y con el pase del programa se multiplicó este trabajo, tanto para hacer nuevo como para rehabilitar”, explica Santos.

También cuenta que prefieren trabajar con hórreos viejos, con toda esa historia polvorienta pero firme que entraña un proceso productivo hoy nada rentable: implican un conocimiento, una sabiduría que comienza por buscar un castaño de unas proporciones determinadas, cortar la madera en la luna adecuada, con ese punto mágico, religioso hoy perdida, dejarlo secar en el bosque con las ramas hasta cuatro años sin tocar nada, luego quitarle las ramas, bajarlo, si está duro meterlo en barro durante un tiempo… “Es un proceso de muchísimos años y cuando van a cortar esa madera… ahora eso no es rentable”.

La decoración, que luego se vuelve más ornamental, en un principio está ligada con toda esa espiritualidad de proteger la tierra y el alimento, y así lo reflejan las primeras decoraciones basadas en la simbología celta. “Muestran la conexión que había antes con la tierra y la energía porque la gente tenía más consciencia de la astrología. A ellos les funcionaba y por eso lo repetían una y otra vez. Es la fe. Los pueblos tenían fe, que ahora ya no la tenemos”. Se hace patente esa desconexión con la sabiduría de los antiguos, con los güelos: “Creo que hubo un reseteo muy grande, que ya lo hubo en el otro cambio de siglo, cuando la ciencia empezó a ser lo que es hoy en día, y se produce ese corte con toda esta magia y espiritualidad. Y eso se ve en la decoración de los hórreos, que se empiezan a industrializar. Hay un cambio que llega hasta la autarquía y la guerra civil”, expone.

Simbología celta tallada en las colondras. Foto: Alisa Guerrero.

“Somos seres espirituales y los asturianos lo expresamos en muchas cosas, como en los hórreos. A la gente igual le gusta más los tetrásqueles o las flores galanas, las invocaciones como Ave María Purísima… Es una continuidad de la espiritualidad representada en el edificio que te va a dar de comer durante un año, que tiene forma de templo griego, con los mismos elementos que el Partenón: está elevado, es una pirámide cubierta a dos agua, que arriba tiene un cono, que muchas veces es una piedra de cuarzo, una piedra escogida, un jarrón… Y luego esas puertas decoradas con cruces, con arcos románicos, herrerianos, paladianos, neoclasicismo como la Casa Blanca. Los horros de Cangas del Narcea, a partir del siglo XX, tienen detalles de columnas jónicas y dóricas, tiene un períbolo de nueve columnas como los templos clásicos de Grecia, y tienen pilastras… Esa gente que estaba viviendo con un llar de tizar en el suelo vivían al lado de una panera paladiana. Imagínate la importancia que le daban a ese templo: es el tesoro de la casa porque, además, funcionalmente lo es”, toda una teoría en un elemento en apariencia tan sencillo como un simple horro.

De lo funcional a la TPA, Filmin y Renfe

Santos cuenta que la serie L’Horru “funcionó muy bien, entre un 7 y un 8% de share, como Pueblos o Romandela, pero teniendo en cuenta que esto es un documental sobre hórreos. Nos llama mucha gente que dice que no ve la TPA y vio lo nuestro”. Y de la TPA pasan a la plataforma Filmin y con Renfe, para la exhibición en sus trenes. “Lo de Filmin nos dejó un poco flipaos. No se entra tan fácil. Al final es un producto de calidad porque si no, no te lo compran. Es un tema que no caduca y es la primera vez que un producto de TPA sale, en quince años, de la cadena. Esto viene a confirmar mi teoría de que los hórreos son codiciados por el poder. Es un icono, un símbolo. El poder tiene inercia a hacerse con el poder de los símbolos”.

En total son cinco capítulos de unos 45 minutos de duración distribuidos por siglos desde el XVI al XX que se grabaron entre septiembre de 2020 y enero de 2021. “Se hizo una producción casi como una peli, con tres meses de grabación repartidas en semanas y un mes de edición enloquecido”, explica Jaime Santos.

El periodista Jaime Santos. Foto: Alisa Guerrero.

Para su desarrollo contó con expertos como Juaco López, Ástur Paredes, Armando Graña y mucho paisanaje. “Tengo buena relación con muchos. A Paulino García, un gran experto, le conocí para el programa; al arquitecto Xuan Pedrayes nunca le había entrevistado, pero cuando leí su trabajo y visión mística del hórreo, dije ‘éste tiene que entrar’. Luego está Cristina Cantero, etnohistoriadora, que tiene unos puntos buenísimos porque no se corta en decir las cosas y puntualiza muy bien…”.

Hay muchas curiosidades en torno a los horros, paneras y cabazos, como que hay más dueñas que dueños que lo usen, lo cuiden… “Hay un discurso muy potente del hórreo y la mujer. La mayoría de la gente que tiene un hórreo diría que le tiene respeto. Un respeto superior, elevado. Es un objeto de la familia, y lo que se guarda dentro son las reliquias de la familia, el ajuar de la abuela, el retrato de tu tía y como tienes una casa rural, no quieres que nadie te robe esa foto y la guardas en el horro, la máquina de coser de la abuela, el xugo… aunque luego esté lleno de trastos y de bolsas… pero es una caja fuerte. La frase me la da el carpintero Xurde Zapico, y es que es el subconsciente de Asturias: está llena de cosas de la casería y por eso la mayoría de la gente le tiene respeto. Y entiende que tiene que conservarlo y no hace falta políticas, pero cuando vemos uno que cae, se nos parte el corazón. Es una visión terrible que nos marca. El horro que está vacío, que no tiene alma, es como el cuerpo, cuatro pellejinos, son cuatro tablas. Si no tiene alma y nadie lo quiere, da igual que ése viva o que no”.

Mantener con vida los horros “no solo es por el patrimonio, sino porque creas identidad”. Es la contribución al orgullo identitario de pueblo: “Ese cambalache emocional que tenemos los asturianos. Tenemos una identidad pero no nos atrevemos a reivindicarla abiertamente porque estamos inseguros. ¿Nuestra cultura no es suficientemente buena? Los horros son la joya absoluta y nos habla de muchos siglos de historia y de unos aspectos que nos la hacen ver de una forma diferente. Porque decimos rural, asturiano, antepasado y lo asimilamos a miseria. Y no siempre es verdad. El referente más cercano es la posguerra, que en los pueblos ni tan mal. Lo vemos con la perspectiva de hoy, historicismo puro y duro. Pero los hórreos nos dicen, por ejemplo, que en un pueblo como éste de Güeño había treinta o cuarenta propietarios con huerta y poderío para tener un hórreo. Hoy un hórreo te cuesta 30.000€ pero entonces no costarían mucho menos. Quien trabajara cuatro años con esas maderas, o que talle una puerta barroca, lo hace por dinero, no por pasar el tiempo, porque no hace una, sino miles. Eran profesionales que había que pagar, y había cuadrillas que se alojaban en tu casa durante semanas a hacer el horro y que les tenías que alimentar. A ver cuántos habitantes tenían suficiente poderío para construirse un hórreo. Y en Asturies hay muchos miles de hórreos, era una sociedad agraria, que era potente y bastante igualitaria. Compara a la campesina del período ultracatólico de los alemanes del siglo XIX, donde las mujeres no podían tocar el arado porque eran impuras. Y aquí no es que tocaran el arado, es que ponían su nombre en el hórreo. Hay hórreos del siglo XVII con nombre de mujer. ¿Cuántos hórreos del siglo XVII tienen nombres? Doce o catorce. Tenemos la tendencia a pensar que la Asturias rural era desigual, injusta, machista… seguramente, violenta sí, y dura, sin duda. Pero a lo mejor en otras cosas eran más felices y estaban más equilibrados que en la sociedad actual”. Toda una teoría en torno al horro, en torno al templo agrario.

Güeño es una de las localidades asturianas que mayor número de horros y paneras atesora. Foto: Alisa Guerrero.

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