Lo nuevo

De la novedad emanan esa ansiedad por apropiarse de todos los placeres que ofrece el consumo integrados en el deseo, la tecnología y el prestigio.

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Víctor Guillot
Víctor Guillot
Víctor Guillot es periodista y dirige el Centro de Interpretación del Cine en Asturias. Ha trabajado en La Nueva España, Asturias 24, El Pueblo de Albacete y el diario digital migijon. Colabora en la Cadena Ser. Su último libro, junto a Rubén Paniceres, se titula "Ceniza a las cenizas. David Bowie y la revolución visual de la cultura pop" (Ed. Rema y vive).

El hombre moderno solo encuentra su sentido de la vida en la existencia de lo nuevo. Lo dijo Lipovetsky el otro día en una conferencia organizada por la Fundación Telefónica. El capitalismo triunfante nos ha hecho abandonar el sentido de lo viejo. Para las clases medias, lo nuevo es tu medio gramo de coca, tu taleguito de hash y la pulsión que alimenta la felicidad doméstica. El director francés Jacques Audiard hablaba siempre de sus personajes como hombres y mujeres que aspiraban a una pequeña y doméstica felicidad. No creía en los finales felices.

La novedad, querido y desocupado lector, se presenta sobre la superficie del móvil como uno de los grandes ingredientes del placer. Buscamos el placer en la novedad de Amazon, TikTok e Instagram (la novedad de los boomers), en Netflix (la novedad de los pobres) y en Filmin (la novedad de los modernos) como lo buscamos anteriormente en el teatro (la novedad de los viejos burgueses) y en la tradición (la novedad de los reaccionarios). La satisfacción completa llega de la mano de un bizum, una transferencia o el pago por Paypal. Junto a la novedad está el asco por el dinero en efectivo. Las monedas y los billetes representan hoy un sentido simbólico de lo viejo, de lo sucio y de la enfermedad.

“Somos animales de consumo digital. Cuando veo una película dos veces, se despierta mi síndrome de abstinencia de lo nuevo”

El turbocapitalismo nos invita a escaparnos de la tradición como alma que lleva el diablo. Somos animales de consumo digital. Cuando veo una película dos veces, se despierta mi síndrome de abstinencia de lo nuevo, afirmaba Lipovetsky. No pasa lo mismo con un concierto, porque cada concierto es distinto a otro, aunque se mantenga el mismo repertorio. Los festis se han convertido en los ritos de la novedad, porque hasta lo nuevo no se puede escapar de un ritual. Los festis son la misa de domingo que dura tres días de la semana. El consumo de experiencias es nuestra droga, estructura nuestra vida cotidiana, organiza nuestro calendario, invade nuestro cuerpo y otorga un sentido, valga la redundancia, nuevo a nuestras vidas condenadas inexorablemente a la caducidad.

El fanatismo de lo nuevo invade cada milímetro de nuestra existencia, conforma nuestra vivienda, nuestra indumentaria y nuestra comida. También lo hace con el territorio, el tiempo y hasta los aspectos más básicos de nuestra fisiología y de nuestra biografía. Los columnistas siempre estamos a la caza de lo nuevo. Somos unos yonkis de la novedad. Con la Bandini, Chanel y las Tanxugueiras en el Benidorm Fest nos hemos pillado un colocón de esos que te duran una semana. Rigoberta Bandini nos ha ofreció el fetichismo de la maternidad convertida en un fetiche más de lo nuevo. Quiere uno decir que una teta es algo muy viejo, pero la imagen de un bebé amamantado por su madre es la sublimación más extrema que hay de lo nuevo. La cantante Chanel nos ofrece el fetichismo del cuerpo joven y del éxito viejo. Ninguno pierde valor en el tiempo, siempre cotizan en el mercado de la imagen y la cultura, porque en la esclavitud de lo ligero y del dinero se sostiene todo este invento. El trío gallego de las Tanxugueiras no se escapa tampoco de esta condena. Su canción ha fetichizado a través de las redes el gallego, la plurinacionalidad y un sentido de lo minoritario. Las Tanxugueiras son el fetichismo de la periferia.

Rigoberta Bandini en el Benidorm Fest.

Desde un punto de vista político, los nuevos hábitos culturales han llegado de la mano de Vox. Como ya hemos dicho aquí, el partido ultraderechista es la representación sociológica del amor absoluto por la novedad, una novedad nihilista, completamente superficial, destructiva y repulsiva, capaz de alimentar la libido del hombre moderno y posmoderno. Pablo Casado se descalabra en las encuestas y en su partido porque es un viejoven para esta derecha juvenil que busca cirujanos de hierro, limpieza, distancia entre clases, un poco de sangre y bastante destrucción (en La Moncloa). Siempre me hago la misma pregunta. ¿Qué invita a los cayetanos y las cayetanas a acudir en masa a los festivales indie de este país? Creo que es su feroz capacidad para devorar lo nuevo. Desconfíen de su falsa tolerancia. A lo sumo es condescendencia. Nunca estarán a su nivel. Sus anhelos se alimentan de la tradición tanto como del hedonismo consumista. De la tradición mantienen su elitismo, su xenofobia y una especial aversión al feminismo. Siguen pensando que las mujeres están aquí para procrear y que sólo el dinero justifica un aborto. De la novedad emanan esa ansiedad por apropiarse de todos los placeres que ofrece el consumo integrados en el deseo, la tecnología y el prestigio. Pier Paolo Pasolini lo advirtió en sus Cartas luteranas y en alguno de sus Escritos corsarios, anticipando la dictadura de lo nuevo a través de una nueva juventud entregada al consumo y habitado en un presente degrado, el suyo, que se parece sospechosamente mucho al nuestro.

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