Prieto, el reformista que organizó una revolución, el demócrata que no apoyó el voto femenino, el republicano que trató de restaurar la Monarquía

Se cumplen 60 años de la muerte en México del socialista ovetense, una de las grandes figuras políticas de la España del siglo XX.

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Diego Díaz Alonso
Diego Díaz Alonso
Historiador y activista social. Escribió en La Nueva España, Les Noticies, Diagonal y Atlántica XXII. Colabora en El Salto y dirige Nortes.

El nombre de Indalecio Prieto ha regresado en los últimos tiempos a la vida política de su ciudad natal a cuenta de dos polémicas. Primero por la pretensión de Vox de eliminar al político socialista del callejero. Después por la lucha de unos vecinos y vecinas contra las pretensiones de una constructora de alzar un edificio en la calle que lleva su nombre, cortando el paso entre esta y Gascona. Este sábado sin embargo el histórico dirigente socialista ha regresado por méritos propios a la actualidad ovetense. Los socialistas carbayones le rindieron un homenaje en la Plaza del Ayuntamiento con motivo de los 60 años de su fallecimiento, un 11 de febrero de 1962 en Ciudad de México. El ex alcalde socialista Wenceslao López, la ex ministra María Luisa Carcedo, la dirigente de la FSA María Martín e Iván Piñuela, secretario de la AMSO intervinieron en el acto, que congregó a un buen número de militantes y simpatizantes socialistas, y en el que los oradores glosaron la figura y las ideas de uno de los políticos españoles más importantes del siglo XX.

Wenceslao López durante el homenaje. Foto: AMSO
Asistentes al acto. Foto: AMSO.
Iván Piñuela, secretario de la AMSO, en la Casa del Pueblo. Foto: AMSO.

Prieto nació en Oviedo/Uviéu en 1883 pero vivió apenas unos años en la ciudad. Hijo de un trabajador del Ayuntamiento de la capital asturiana, la prematura muerte de su padre dejó a la familia en una precaria situación económica. Con ocho años su madre tomaría entonces la decisión de emigrar a Bilbao en busca de mejores oportunidades de vida. En su nueva ciudad, una de las más fabriles de España, Prieto asistió a una escuela protestante, comenzó a frecuentar el Centro Obrero de la capital vizcaína y participó en la fundación de las Juventudes Socialistas en 1904. Como tantos otros líderes del movimiento obrero fue un autodidacta que pudo suplir gracias al universo cultural de los sindicatos y del partido las carencias de una educación muy precaria para las clases populares. La biblioteca de la Casa del Pueblo, las conferencias y la prensa socialista fueron la instrucción paralela de un muchacho de clase obrera, que muy pronto tuvo que abandonar los estudios para traer dinero a casa.

Oviedo/Uviéu a principios del siglo XX.

Siendo muy joven entró a trabajar en el diario bilbaino El Liberal. Hábil, con talento para el periodismo y los negocios, se inició como vendedor callejero de periódicos, pasó a chico de los recados, taquígrafo, redactor, corresponsal de guerra, crítico teatral y taurino, y posteriormente director y gerente, hasta llegar a convertirse en 1932 en propietario de la cabecera. Podría ser la típica historia del hombre hecho a sí mismo al estilo americano, pero Prieto además de un triunfador era un hombre comprometido con su clase, con su país y sobre todo eso que se suele llamar un animal político. El periódico se convertiría en el portavoz oficioso de su proyecto político, socialista, ma non troppo, y muy hostil, no tanto a la idea de una autonomía vasca, como al componente etnicista y clerical del PNV de principios del siglo XX.

“PODRÍA SER LA TÍPICA HISTORIA DEL HOMBRE HECHO A SÍ MISMO, PERO PRIETO ADEMÁS DE UN TRIUNFADOR ERA UN HOMBRE COMPROMETIDO CON SU CLASE”

Cargo público desde 1911, Prieto sería uno de los más entusiastas defensores de una alianza estable del PSOE con los republicanos de clase media para lograr una reforma social y democrática del corrupto y desigual Reino de España. Sería un proyecto que defendería contra viento y marea durante la mayor parte de su vida política. Se definía como “Socialista a fuer de liberal”. Es decir, el socialismo era para él la manera de ser un demócrata consecuente. Sus referencias a nivel europeo eran socialistas como el francés Jean Jaurés, un republicano de izquierdas que se había pasado al socialismo al considerar que era el movimiento obrero el que podía llevar hasta sus últimas consecuencias los ideales de 1789: “Libertad, igualdad y fraternidad”.

La crisis de la Restauración

En 1917 el sistema político de la Restauración alfonsina entraba en crisis. Como en toda Europa, también en España la Primera Guerra Mundial concluía con grandes movimientos de masas. Las clases populares reclamaban su lugar en la Historia. En España confluían una crisis económica y social con las reivindicaciones del autonomía por parte del catalanismo y el desprestigio de un sistema político corrupto e ineficaz. Socialistas y republicanos considerando que la Monarquía de Alfonso XIII se tambaleaba y podía caer de un momento a otro, lanzarían una ofensiva política y sindical para derribarla. ¿Dónde estaba entonces Prieto? Afincado en Madrid y alejado de la vida política, Prieto había dejado su escaño para trabajar como generente de la Compañía Ibérica de Telecomunicación. No parecía un mal plan desde el punto de vista económico. Sin embargo, Pablo Iglesias, el fundador y patriarca del PSOE, le quería de nuevo en primera línea: al frente del movimiento huelguístico en Vizcaya. Prieto no le podía decir que no al abuelo, como llamaban los socialistas al sexagenario fundador del PSOE y la Unión General de Trabajadores. Prieto tomaría por tanto parte muy activa en la huelga general de agosto de ese año.

Convocada por primera vez de manera conjunta por UGT y CNT, la huelga general de agosto de 1917 sería también apoyada por socialistas y republicanos. La represión del gobierno de Eduardo Dato a aquel pulso al poder sería implacable: 71 trabajadores muertos, más de un centenar de heridos y 2.000 detenciones. Acusado de ser uno de sus máximos dirigentes en Vizcaya, Prieto tendría que huir a Francia para escapar de la cárcel. Sería el primero de sus cuatro exilios.

1, Pablo Iglesias Posse; 2, Julian Besteiro; 3, Francisco Largo Caballero; 4, Indalecio Prieto; 5, Daniel Anguiano Mangado; 6, Andrés Saborit (foto: Fundación Pablo Iglesias)

Volvía a la política y ya nunca la abandonaría. Fracasado su intento de convertirse en un respetable hombre de negocios, en las elecciones de 1918 era elegido diputado por Bilbao. Desde su escaño en el Congreso destacaría como azote de la corrupción de la Monarquía de Alfonso XIII.

Un socialismo liberal y republicano

Mal visto por los jóvenes y los sectores más izquierdistas del partido, en lo interno Prieto tendría que hacer frente a la corriente pro-bolchevique que recorrería el PSOE tras el triunfo de la revolución en Rusia a finales de 1917. En los congresos extraordinarios de 1919, 1920 y 1921 tanto él como Largo Caballero y Julián Besteiro se mantendrían fieles a la ortodoxia reformista de su mentor, Pablo Iglesias, y maniobrarían desde la dirección para impedir que el PSOE se afiliara a la nueva Internacional promovida desde Moscú por los bolcheviques. No les resultaría fácil. El empuje del sector filocomunista dentro del PSOE era tan importante que en 1920 el partido llegaría a estar incluso provisionalmente afiliado a la Tercera Internacional. Finalmente en 1921, no sin muchas idas y venidas, se impondrían las tesis antibolcheviques y el PSOE se desafiliaría de la Komintern. Los llamados terceristas se escindirían entonces y fundarían el Partido Comunista de España. La colaboración de Prieto con Largo Caballero y Besteiro no tardaría en romperse. Faltaba poco para que Pablo Iglesias muriera y sus tres discípulos se convirtieran en enemigos íntimos.

Indalecio Prieto.

Acorralado por sus casos de corrupción y por el desastre de la aventura colonial en Marruecos, en 1922 Alfonso XIII auspiciaba la llegada al poder del general Miguel Primo de Rivera. Con Julián Besteiro al frente del PSOE y Largo Caballero en la secretaría general de la UGT, el socialismo se abriría a la colaboración con la Dictadura. Esta ofrecería tolerancia e influencia a los socialistas mientras reprimía la actividad de comunistas, anarquistas, republicanos y nacionalistas catalanes y vascos. Para la dirección del PSOE y la UGT pactar con Primo de Rivera era legítimo si esto podía significar avances para la organización y reformas sociales positivas para los trabajadores. La entrada de Largo Caballero en el Consejo de Estado en 1924 motivaría la enérgica protesta de Indalecio Prieto, contrario al cualquier colaboración con el dictador, por muchas contrapartidas que este ofreciera. Partidario de un socialismo comprometido con la democracia liberal y la República. Si el partido no le quería seguir él iba a ir por libre. Dimite de la dirección del PSOE y comienza a funcionar como un electrón libre que en agosto de 1930 participa a título individual en el Pacto de San Sebastián. No le faltan ni intuición ni olfato político.

Prieto junto a otros líderes republicanos y socialistas en los días previos a la caída de la Monarquía. En el centro Niceto Alcalá Zamora, futuro presidente de la República.

En la elegante ciudad vasca, lugar de veraneo de las clases altas de toda España, comienza a fraguarse la conspiración que en unos meses acabará con la Monarquía de Alfonso XIII. Si bien la brújula desnortada de Besteiro no estaba muy por la labor de sumarse a la conjura, finalmente el astuto Prieto lograría convencer a Largo Caballero, y con ello a la UGT, y arrastrar al PSOE a la alianza con los republicanos de cara a las elecciones municipales de abril de 1931.

El éxito de las candidaturas republicano-socialistas, a las que Prieto añadiría en el País Vasco a la pequeña Acción Nacionalista Vasca, buscando así erosionar al PNV por el flanco vasquista, desemboca en la proclamación de la Segunda República el 14 de abril de 1931 y la huida de Alfonso XIII al exilio. Una revolución democrática triunfaba en España sin derramamiento de sangre. Prieto se convertiría en ministro del gobierno de coalición de republicanos y socialistas formado tras las elecciones. Primero ocupando la cartera de Hacienda y después la de Obras Públicas. Desde esta última desarrolló las infraestructuras ferroviarias de Madrid y continuó con la construcción de grandes centrales hidroeléctricas iniciada por la Dictadura. Como parlamentario se opuso al Estatuto de Autonomía del País Vasco propuesto por el PNV, que dejaba sin voto a los inmigrantes con menos de una década de residencia y que buscaba un acuerdo bilateral con el Vaticano para burlar así el laicismo republicano. El españolismo de Prieto era compatible con la autonomía vasca, pero siempre y cuando los nacionalistas estuvieran dispuestos a pactar con las izquierdas el contenido del Estatuto y no usaran este como un subterfugio para crear, en sus propias palabras, un Gibraltar vaticanista. Más controvertida fue su abstención en octubre de 1931 en la votación sobre el sufragio femenino. En contra de su grupo, que sí apoyó la iniciativa de Clara Campoamor, Prieto, convencido de que el voto de las mujeres traería la victoria de las derechas, se ausentaría de la votación y calificaría la decisión de “puñalada a la República”.

Su experiencia gubernamental sería en todo caso breve. Sometidos a la creciente presión del malestar de sus bases obreras y campesinas, que reclamaban, en medio de una creciente crisis y conflictividad social, una mayor rapidez y ambición en la marcha de la reforma agraria y el resto de reformas sociales, los socialistas romperían en 1933 su acuerdo de gobierno con los partidos republicanos de izquierda. Prieto lo consideraría un error.

El escritor Miguel de Unamuno, entre Largo Caballero y Prieto, el 1 de Mayo de 1931 en la manifestación de Madrid.

En las elecciones de noviembre de 1933 el Partido Radical y la Confederación Española de Derechas Autónomas ganan de forma contundente. La izquierda se desmoviliza y desde el poder las derechas emprenden una lectura conservadora y centralista de la Constitución republicana de 1931, así como una política de revisión de las reformas sociales del llamado bienio progresista, entre ellas gran parte de la legislación laboral desarrollada por Largo Caballero como ministro de trabajo. 

Son momento difíciles para el PSOE. Tras el batacazo electoral el partido queda dividido en tres tendencias: la izquierda, liderada por Largo, apuesta por una radizalización obrerista, el sector más conservador, representado por Besteiro, se opone tanto a cualquier aventura revolucionaria como a la colaboración con el republicanismo, y predica una larga travesía por el desierto. Entre medias, el centrismo, con Prieto como figura más visible, sigue defendiendo dar otra oportunidad al pacto con los republicanos progresistas, y reconstruir la entente entre las clases medias y trabajadoras.

Tras el triunfo de Hitler y del canciller austriaco Dolfuss, muchos temen que una vez en el Gobierno las derechas españolas destruyan también la República desde las propias instituciones republicanas. Pese a sus enormes diferencias, Largo y Prieto van a estar juntos en la huelga general revolucionaria de octubre de 1934. Prieto, siempre bien vestido, y cuya figura oronda encaja a la perfección en la caricatura del burgués de la época, llega sin embargo incluso a implicarse en la adquisición de armamento en el mercado negro, y supervisa personalmente su desembarco de manera clandestina en la costa asturiana. Les mueven seguramente motivos muy distintos. Para Prieto, que no ha dejado de definirse como un socialista republicano y liberal no se trata tanto de hacer la revolución socialista, como predica el ala izquierda del partido y del sindicato, sino de una maniobra defensiva para dar un toque de atención a unas derechas que como en Austria o Alemania pueden estar trabajando para instaurar un régimen autoritario. Además flirtea con la revolución para no quedar fuera de juego en la pelea interna por el control del PSOE. Mueve fichas. No quiere aislarse del momento de radicalismo que viven las bases socialistas y dejar a Largo Caballero el monopolio del movimiento huelguístico. De hecho, será en las regiones norteñas de hegemonia prietista en las que la huelga sea más importante y derive incluso en una verdadera revolución, como sucede en Asturies.

Imagen icónica de la represión de 1934, Barruelo de Santullán, Palencia.

Todo saldrá sin embargo mal. Octubre de 1934 será una chapuza mal planificada y peor ejecutada que tendrá un alto coste para las personas implicadas, y que obligará a Prieto a exiliarse de nuevo en Francia. Las derechas aprovecharán el fallido movimiento revolucionario para lanzar una ofensiva no solo contra las organizaciones diréctamente implicadas, sino también contra republicanos, galleguistas y nacionalistas vascos que no habían tenido nada que ver con el levantamiento. La lucha contra la represión desplegada por el Gobierno del Partido Radical y la CEDA logrará sin embargo reunir otra vez a toda la izquierda en el Frente Popular. Prieto será junto a Azaña uno de los principales arquitectos de un gran pacto de todas las izquierdas, obreras, nacionalistas y republicanas, que se alzará con el triunfo en unas elecciones marcadas por la polarización política del país.

Tras la victoria en las elecciones del 16 de febrero el PSOE tiene 125 diputados y un mar de dudas. Prieto quiere entrar a gobernar y consolidar la alianza republicano-socialista: programa de reformas y un gobierno fuerte que de estabilidad a la República frente a posibles maniobras de revancha de unas derechas cada vez más radicalizadas y fascinadas por los autoritarismo europeos. La presidencia de la República para Azaña y la presidencia del gobierno para él. Caballero lo bloquea. Su cálculo es otro. Que el PSOE se quede fuera del consejo de ministros, deje a los republicanos quemarse y luego recoja como fruta madura el gobierno. Con Besteiro prácticamente eliminado, la competición por el control del movimiento socialista se centra en Prieto y Caballero. Los dos bandos miden fuerzas. La batalla se da agrupación por agrupación. Para aumentar el peso de la izquierda del PSOE Largo busca atraerse al PCE a través de la entrada de los sindicatos comunistas en la UGT y la promesa de la unificación de socialistas y comunistas en un único partido de la clase obrera.

Ministro de la República en guerra

El 18 de julio de 1936 militares derechistas se levantan contra el Gobierno de la República. Están apoyados por monárquicos, carlistas, falangistas, la gran burguesía y la Italia de Mussolini. El colapso de los partidos republicanos conduce a Largo Caballero al Gobierno en septiembre de 1936, pero en unas circunstancias mucho más difíciles de las que había imaginado. Con la vista puesta en reforzar políticamente el ejecutivo republicano se forma un gobierno del Frente Popular, con complejos equilibrios internos, posteriormente ampliado a la CNT, la FAI y el PNV, no sin menos malabarismos entre tendencias y facciones.

Los socialistas Negrín y Prieto, flanqueados por los ministros comunistas Vicente Uribe y Jesús Hernández.

Pese a que en principio la afinidad del pujante PCE era mayor con Largo Caballero, su estilo político va distanciarlo de los comunistas. Caballero está más preocupado por los intereses de su facción política que por construir una verdadera máquina de guerra. Es autoritario y no consulta nada a nadie. La política hace extraños compañeros de cama, y Prieto y el PCE descubren tremendas coincidiencias en el análisis sobre lo que está fallando en la política militar de la República. Tras la dramática caída de Malaga en febrero de 1937, los contactos entre Prieto y su sector del PSOE, y los comunistas, se intensificarán, convencidas ambas partes de que el veterano socialista conduce a la República al desastre por su lentitud en adoptar medidas como la militarización de las milicias y la creación del nuevo Ejército Popular con un mando centralizado. Largo sabe que tratan de segarle la hierba bajo los pies e intenta excluir al PCE del gobierno. Fracasa. Prietistas, comunistas y republicanos hacen caer en mayo a Largo Caballero. La CNT-FAI, en principio más favorable, tampoco mueve un dedo por salvarle. Si bien el sucesor natural de Caballero parecía ser Prieto, se optará por otra persona de su cuerda, Juan Negrín, con buenas relaciones con todos los sectores y como señala la historiadora Helen Graham “menos volátil emocionalmente”. Y es que el pesimismo, derrotismo y poca estabilidad emocional de Prieto serán precisamente las principales críticas que se hagan al político, que quedaba al frente de una cartera clave, Defensa. Desde este puesto organizará varias ofensivas del nuevo Ejército Popular. La más exitosa de ellas será la toma de Teruel en el invierno de 1937. Sin embargo, la rápida reconquista de la ciudad por el Ejército de Franco le convence de que la guerra estaba perdida y que era necesario buscar cuanto antes una mediación internacional para poner fin al conflicto y salvar el mayor número de vidas posibles. Esa idea le enfrentaría a Negrín y el PCE, que no tenían ninguna esperanza en que Franco fuera a pactar nada, ni tampoco Francia y Gran Bretaña a variar su posición con respecto a España, excepto si la República lograba demostrar que tenía fortaleza para resistir más tiempo y alargar la contienda. En abril de 1938 las diferencias se hacían irreconciliables y Prieto salía del Gobierno. Marcharía a Sudamérica a representar a la República y ya no volvería a España. El golpe del general Casado contra Negrín y el hundimiento de la República le pillan en México, acogido por el presidente Lázaro Cárdenas.

Movimientos con y sin éxito

El enfrentamiento de Prieto con su antiguo amigo y estrecho colaborador Juan Negrín no terminará con el final de la República. Tras el final de la guerra ambos rivalizan por el control del PSOE y de los fondos económicos para la ayuda a los exiliados. En 1939 funda la Junta de Auxilio a los Republicanos Españoles, rival del Servicio de Evacuación de Refugiados Españoles controlado por el presidente de Gobierno. Prieto maniobra con éxito para acabar primero con el Gobierno Negrín y después para expulsarlo del PSOE. Quiere un partido socialista depurado de filocomunistas, completamente alineado con los EEUU y Gran Bretaña en la Guerra Fría, y que abra vías de diálogo con los monárquicos. Está convencido de que las potencias capitalistas solo permitirán una transición democrática en España si tienen garantías de que esta dará paso a un régimen liberal, anticomunista y respetuoso con la propiedad privada. No cree que las partidas guerrilleras del interior supongan un problema para Franco, pero sí una coalición internacional antifranquista y un cambio de bando de Don Juan de Borbón.

Prieto en Francia junto a los últimos guerrilleros socialistas asturianos, en octubre de 1948.

Mientras los comunistas apuestan por la combinación de lucha guerrillera en el interior y potenciación del Gobierno de la República en el exilio, la hoja de ruta de Prieto desde 1947 es diametralmente opuesta. Pasa por buscar apoyos diplomáticos para una restauración pacífica de la democracia en España basada en una monarquía parlamentaria con Don Juan de Borbón como Rey. En 1948 toma ya por completo las riendas del PSOE. Ese año monárquicos y socialistas pactan en San Juan de Luz cooperar juntos para una restauración de la democracia parlamentaria. No se cumplirá. El heredero al trono no tardará en entenderse con Franco. Los monárquicos han usado a Prieto para presionar a Franco, que da largas al hijo de Alfonso XIII y no termina de restaurar la Monarquía. Desilusionado y decepcionado por aquel proyecto al que había fiado todo su capital político, en 1951 dejaba la presidencia del PSOE. Moriría una década más tarde en México. Más de medio siglo después su figura contradictoria y apasionada, sigue resultando fascinante. Es una de esas vidas con tantos pliegues que no se puede resumir en un titular.

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