En la izquierda andaluza necesitamos sociólogo de guardia

Ni "Por Andalucía" ni "Adelante" amplían el electorado de izquierdas y ambas se reparten un porcentaje de votos menguado, cuya división penaliza la legislación electoral

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En un barrio de la periferia andaluza, una chica musulmana con velo coge la papeleta del PP. Un rato más tarde, otra joven muy distinta, con tatuajes, una falda de tul negro, coge la misma papeleta. Ambas sin vacilación. Estamos en un colegio llamado justamente Andalucía. Aunque la estética sea un pobre elemento de análisis, invita a pensar que Moreno Bonilla no ha sumado los apoyos solo de un perfil conservador típico. No en vano, en las tres mesas de dicho colegio, el PP duplica en votos al PSOE.

¿Qué ha pasado? El viernes por la noche, camino a casa, escuche tres frases en la calle, en distintos corrillos de conversación que aprovechaban el fresco, que bien podrían resumir la jornada electoral andaluza. “Está cantao que va a ganar este”. “No lo ha hecho bien pero tampoco mal”. “Yo no entiendo de política”.

La primera frase es contundente. El electorado andaluz no veía con claridad una alternativa a Moreno Bonilla y ha apostado por la estabilidad. La segunda frase traslada dos ideas. La primera, que el PP ha logrado pasar sus primeros años en San Telmo con un perfil bajo, sin armar ruido, sin provocar grandes escándalos. Claro que a esto ha ayudado, y aquí la segunda idea, la importante anemia social provocada por la pandemia en una tierra que sufre de este mal de forma crónica. Sin colectivos en lucha tensionando el debate público, aunque fuese a poquito a poco, a Moreno Bonilla se le han pasado tres años y medio “sin hacerlo mal”. La tercera frase tiene dos conceptos detrás que son, en realidad, el gran problema no ya de las izquierdas, sino de la democracia: abstención y apatía. En una parte notable de la ciudadanía se ha instalado la idea de que en su vida, en su día a día, no afecta quién gane las elecciones. No importa quién gobierne.

Alberto Núñez Feijóo

¿Por qué? Quizás sea fruto de tanto acontecimiento mundial que tira por tierra lo que aquí se decida: crisis mundial, prima de riesgo, deuda, pandemia, guerra, inflación… Así llevamos desde 2008. A esto se le suma una profunda desafección con la política. “Todos van a comer de la olla gorda” me dijeron en el colegio Andalucía. La abstención está en un 41%, aunque como todo en la vida, la cosa va por barrios y los más pobres son los más abstencionistas, llegando en algunos casos al 90%. Sobre estos pilares ha construido su victoria el PP de Bonilla. Y sobre un par más: Vox y Ciudadanos.

La sobreactuación de Macarena Olona ha acabado pasándole factura a Vox y ha centrado al inquilino de San Telmo. La desaparición total de Ciudadanos, no por anunciada, deja de resultar sorprendente, habida cuenta de que en Castilla y León sí ha logrado amarrar una mínima representación y de que Marín hizo unos buenos debates. Pero el partido naranja sí consigue una importante victoria moral: derechizar a Andalucía. Con la inestimable colaboración de la gran desaparecida de la noche pero recordada por todos: Susana Díaz. Lo apuntaba el periodista Juanlu Sánchez: “Ciudadanos muere y su gran servicio a la patria es: captar hace unos años votos jóvenes liberales que votaban al PSOE, montarlos en un barquito, llevarlos a la orilla de la derecha, entregarlos al PP. Y hundirse”. El PP engulle los votos de Ciudadanos: ambos sumaban en 2018 un millón cuatrocientos mil votos, frente al millón y medio que anoche lograron los populares en solitario. ¿Le han prestado su voto algunos socialistas a Moreno Bonilla para frenar a Vox? Eso parece, pero parece prematuro y un tanto forzado apuntar a que ese haya sido un porcentaje muy significativo. Me encantaría haberles preguntado a la chica del velo y la chica del tul si votaron a Ciudadanos en 2018.

Andalucía entierra a la izquierda post-15M.

La izquierda en Andalucía regresa, en términos parlamentarios, a números previos al 15M. La resurrección del espacio andalucista por parte de Adelante Andalucía con dos diputadas recuerda a los niveles de representación del Partido Andalucista. Por Andalucía cosecha unos números casi idénticos a los de Izquierda Unida en 2008, con algo más de un 7% en ambos casos. 2008 es justamente el último año en que un partido obtuvo mayoría absoluta en Andalucía, el PSOE de Manuel Chaves con 56 escaños. ¿Regreso del ciclo bipartidista?

Kichi en un mitin de Adelante Andalucía FOTO: Adelante Andalucía

Las dos papeletas de la izquierda concurrían a estas elecciones con dos tesis contrapuestas. La candidatura de Inma Nieto defendiendo un gobierno progresista junto al PSOE y enarbolando la bandera de la unidad con hasta seis organizaciones agrupadas en una marca electoral ex proceso con la que trasladar una imagen de solvencia y utilidad cuyo objetivo prioritario era sumar a las bases propias y conquistar a los miles de socialistas desencantados. Por el contrario, la candidatura de Teresa Rodríguez rechazaba cogobernar con el PSOE y reivindicaba una fuerza autónoma y andalucista para construir una alternativa por la izquierda y una oposición coherente con la que movilizar a los abstencionistas. Ninguna ha logrado sus objetivos. No se amplía el electorado de las izquierdas y ambas se reparten un porcentaje de votos menguado, cuya división penaliza fuertemente la Ley d’Hondt y las circunscripciones provinciales.

En las últimas elecciones celebradas en el territorio andaluz, las generales de noviembre de 2019, la suma de Unidas Podemos y Más País-Equo superó los 600.000 votos, con Anticapitalistas aún dentro de Podemos. Hoy, Por Andalucía y Adelante no llegan a los 450.000. El ‘efecto Yolanda Díaz’ no ha existido. El nulo tirón de los líderes de la izquierda española (Errejón, Garzón, Belarra, Montero y Uralde arroparon junto a la vicepresidenta Díaz a Inma Nieto) ha debido encender todas las alarmas en Madrid. En dos semanas se presenta Sumar, la plataforma de Díaz, y de momento las cuentas no salen.

Las izquierdas no han generado ilusión y se ha invocado el Virgencita que me quede como estoy. Es una frase que de forma casi obsesiva he repetido en esta campaña electoral. Para negarla. El discurso del miedo invocando la irrupción de la extrema derecha (Olona y los muchos artilugios con los que iba a entrar en San Telmo, que si tijeras, motosierras o escobas, ayudaban a ello) escondía una idea derrotista. No podemos avanzar, tan solo conformarnos con no retroceder. Este planteamiento está bien para quien puede permitírselo. Pero con una Andalucía que acoge a las ciudades con más desempleo, a los barrios con más desigualdad, el quedarnos como estamos es una tragedia. Ciertamente, la población que más sufre estos problemas ni se ha asomado al colegio electoral. El virgencita que me quede como estoy lo han invocado, mayoritariamente, quienes no están tan mal.

¿Qué hacer ahora? Buscar respuestas, sobre todo. Eso que los analistas con lenguaje rococó denominan “abrir una profunda reflexión”. Aunque lo de buscar respuestas me gusta más porque implica bajar a la tierra, a esos barrios abstencionistas, a esas urbanizaciones de clase media aspiracional (trabajadora, vaya) para encontrarlas, no encerrarse en las sedes a comerse las orejas unos a otros. Aquí algunas de las preguntas que quizás deberíamos formular.

Anoche el coordinador de IU de mi ciudad me contaba entre cansado y escandalizado que veía a personas muy humildes “casi en exclusión social”, votando al PP. Aunque no fuesen muchos, lo que es innegable es que la izquierda tampoco ha sido capaz de sintonizar con su estado de ánimo: ¿Qué ha pasado? Se necesita sociólogo de guardia. También anoche, le comentaba a un militante socialista la necesidad de que sus parlamentarios y los de las izquierdas se tirasen a la calle, acercarse al día a día de la gente, no aparecer solo en campaña. Me respondía que quien más está en la calle, en las luchas, siempre es IU y que mirase el resultado. Que ahora lo que funciona son las redes, que por ahí hace Vox sus campañas. ¿Calle o redes? Si encuentran las respuestas, llámenme.

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