Los mineros que amaban las minas

Un grupo de jubilados de la minería se dedican a la restauración del patrimonio minero y a la divulgación de una historia con más de 200 años.

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Diego Díaz Alonso
Diego Díaz Alonso
Historiador y activista social. Escribió en La Nueva España, Les Noticies, Diagonal y Atlántica XXII. Colabora en El Salto y dirige Nortes.

Dice el historiador Rubén Vega que el minero desarrolla con su profesión una extraña relación de “amor-odio”. Odio a un trabajo duro y que no se quiere para los hijos, pero al mismo tiempo amor y orgullo por un oficio que nunca se pierde, y del que a veces se presume como si de un título nobiliario se tratara. Y es que de algún modo el minero nunca deja de serlo, aunque lleve años jubilados, igual que las cuencas mineras lo siguen siendo, y así se seguirán llamando, aunque de ellas ya no se extraiga ni un gramo de carbón. Solo esta compleja dualidad explica la pervivencia en 2022 de todo un asociacionismo minero que ha sobrevivido al final de las minas en Asturies. Un ejemplo de este es el Grupo de Arqueología Industrial de la mierense Asociación Cultural y Minera Santa Bárbara, nacido en 2009 a partir del impulso de un grupo de ex trabajadores de la minería entusiastas de la historia y la tecnología, y que preocupados por el creciente deterioro del patrimonio minero asturiano, comenzaron a restaurar en sus ratos libres elementos patrimoniales degradados, como bocaminas de montaña o el cementerio protestante de Mieres, un lugar construido para enterrar los restos de familias europeas que se habían ido afincando en el concejo desde el siglo XIX al calor de la revolución industrial. Nadie se lo había pedido, pero por su cuenta y riesgo entablaron conversaciones con la empresa minera HUNOSA y le hicieron una sorprendente propuesta: que les permitiera de manera voluntaria restaurar cosas que se estaban cayendo a pedazos. La empresa accedió y con el apoyo económico de Santa Bárbara para la compra de materiales han ido poco a poco haciendo un buen número de trabajos de restauración, que también incluye la digitalización del archivo del fotógrafo minero José Muñiz.

No es lo único. Y es que desde el Grupo no solo se dedican a este trabajo de mantenimiento “por amor amor al arte”, sino también a sensibilizar a la opinión pública sobre el valor y el potencial de lo que bien podría ser bien cuidado y mantenido un gran parque arqueológico industrial al aire libre, al estilo de lo que han desarrollado en la alemana cuenca del Ruhr, y uno de los grandes atractivos y señas de identidad de las comarcas mineras asturianas. Este fin de semana el grupo celebró sus XIV Jornadas de Patrimonio e Historia con una exposición, conferencias y una ruta guiada por castilletes mineros de Mieres.

Para José Luis Soto, uno de los impulsores del grupo, “cada vez hay una mayor toma de conciencia del valor del patrimonio minero”. Lo que hasta hace poco se consideraba chatarra es progresivamente visto como un trozo de la historia contemporánea asturiana e incluso como un recurso turístico, tal y como está haciendo Mieres, que ha decidido apostar fuertemente por impulsar el turismo minero e industrial en el concejo.

Pozu Barredo. Foto: David Aguilar Sánchez

Pozu Barredo. Foto: David Aguilar Sánchez

Pozo Polio. Foto: David Aguilar Sánchez
Pozu Polio. Foto: David Aguilar Sánchez

Soto es “optismista” con respecto a esta revalorización social de la historia industrial que está fuera de los museos, y considera fundamental la labor de divulgación que hacen entidades como la suya en colaboración con el Ayuntamiento de Mieres “machando todos los años con este tema”.

Foto: David Aguilar Sánchez

Este sábado el grupo organizó una excursión para conocer la evolución histórica de los castilletes mineros de Mieres haciendo una selección de estas complejas obras de ingeniería construidas cuando se pasa de la minería de montaña a la minería en profundidad y se hacen necesarios estos grandes ascensores, soportados a menudo por otras estructuras, para transportar trabajadores, mineral y materiales. David González Palomares, estudioso de la historia minera, recorrió junto a un grupo de excursionistas algunas instalaciones representativas de los distintos periodos: desde las primeras construcciones en los años 30, hasta la evolución arquitectónica de los años 60, cuando se construyeron las últimas minas en profundidad.

Para Soto ahora el gran reto es preservar este enorme patrimonio de una decadencia que puede ser muy rápida si las administraciones no ponen los recursos para ello. Desde el Grupo de Arqueología Industrial tienen claro que el primer paso para impedir que siga su degradación está en dar a conocerlo a nivel social: “No se puede amae aquello que no se conoce”.

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