¿Cómo va a ser la montaña un dios?: Crónica de ida y vuelta entre Colombia y las cuencas mineras asturianas (I)

Cada mañana, llegaban cuatro números de la guardia civil y dos guardajuraos. Los reclusos formaban en fila india y los guardias los escoltaban hasta la caña del pozu

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Eduardo Romero
Eduardo Romero
Es activista y escritor, co-fundador del colectivo y local Cambalache de Oviedo/Uviéu. Entre sus libros "En Mar Abierto" (2016) y "Autobiografía de Manuel Martínez" (2019).

El escritor ovetense Eduardo Romero publica próximamente “¿Cómo va a ser la montaña un dios?” (Pepitas de Calabaza): una crónica de ida y vuelta entre Colombia y las cuencas mineras asturianas y un ensayo sobre el extractivismo, el capitalismo fosilista y la dominación colonial.

A miles de kilómetros, en la Guajira colombiana, una mina a cielo abierto más grande que Madrid. Una vía de ferrocarril que traslada el carbón a la costa. Enormes buques graneleros que cargan el mineral en sus tripas e inician una larga travesía hasta su destino: Gijón. A través del ventanal del piso donde residen, un puñado de refugiados colombianos, que han tenido que salir corriendo de su país para salvar la vida, observan las montañas de carbón que se descargan en el puerto. Sus historias —y la de Yeni, la mujer que cuida al anciano silicótico— se entrelazan para componer un juego de espejos entre Asturias y Colombia.

En NORTES ofreceremos en exclusiva, a lo largo de las próximas semanas, cuatro adelantos del libro:

A doscientos metros del castillete del Pozu Terrerón, un edificio alargado de dos plantas. Cuando se construyó, era una colonia: el lugar que la empresa acondicionaba para que se alojaran en él los trabajadores foráneos reclutados para trabayar en la mina. Muchos eran extremeños, andaluces, gallegos. También había reclusos que redimían pena. Cada mañana, llegaban cuatro números de la guardia civil y dos guardajuraos. Los reclusos formaban en fila india y los guardias los escoltaban hasta la caña del pozu.

Más tarde, los inmigrantes se fueron instalando en los bloques de pisos de la barriada de Tuilla. Con la primera paga, muchos que habían llegado vestidos con andrajos, compraban un traje en el pueblo, y un reloj, que les cobraban a plazos. También muchos de los que habían sido convictos se casaron y se quedaron a vivir en la barriada. Al fin y al cabo, en sus pueblos de origen los tenían tachados como rojos.

La colonia pasó a ser oficina y almacén. A día de hoy, es un geriátrico. La dueña, médica, es hija de minero. Juanchi, su marido, que era practicante en la mina, afirma: «de cinco mil puestos de trabajo que hubo en esta zona, quedan ahora trece».

El edificio está rodeado por una verja de un par de metros de altura.

“También muchos de los que habían sido convictos se casaron y se quedaron a vivir en la barriada. Al fin y al cabo, en sus pueblos de origen los tenían tachados como rojos”

Tinín se agarra a la verja, del lao de dentro: «yo soy muy educao, entré p’allá y les decía a los mineros: que aproveche, que aproveche. Gracies, Tinín, me respondían». El viejo saca un cordel del bolso de la chaqueta: «Mira el nudo corredero que sé hacer, ¿a que soy listu

Milín, con su visera y con su mano temblorosa, se acerca y susurra: «dame una perrona». Una señora gorda que se apoya en unas muletas riñe a Milín. «No se le puede dar na; si tien dinero, tómase un café tras otru y pilla diarrea».

El tren pasaba por delante de la antigua colonia. Las paredes interiores del edificio eran de azulejo. A cada paso del ferrocarril, la vibración provocaba que unas cuantas piezas se desprendieran y se hicieran añicos contra el suelo, así que el ingeniero decidió poner fin al azulejo y ordenó que se encalaran las paredes.

Del otro lado de la carretera que muere allí mismo, algunas casas que ya existían cuando la mina funcionaba. Una de ellas era por aquel entonces el botiquín. La más cercana al pozu la compró un polaco que se vino a trabajar en la mina en los años noventa. Tiene en la trasera un terreno muy pindiu por el que corretean un puñado de gallinas y de ocas. Arriba del todo, subidas en unas piedras, un par de cabras. Hay un barril en medio, será pa que se abreven en él. Y un espantapájaros, con su sombrero de paja.

De ahí al pozu hay un descampao. Entras en él y empiezas a sentir el silencio. Hace cuatro o cinco décadas, había allí un enorme trajín: el suelo estaba cruzado por montones de raíles por los que entraban vagonetas con maera y salían vagonetas con carbón; había talleres para arreglar la maquinaria y los aparatos eléctricos; se escuchaba constantemente el ruido de los compresores y de los ventiladores, y el sube y baja de la jaula. El ulular del turullu, que se tocaba mediante una manivela, avisaba del cambio de turno. Y cientos de mineros pululaban por allí, haciendo tareas en el exterior, llegando al tajo o marchando pa casa.

«Si llegas a ver esto hace cuarenta años, no encontrarías ni una colilla en el suelo. Aquí donde estoy pisando, había unos jardines preciosos, con setos recortados que ni en el parque de Oviedo», cuenta Juanchi. Al parecer, unos peones de exterior se encargaban del embellecimientu de los alrededores del pozu.

El día paga –así llamaban al día de cobro– se salía media hora antes. El paisano de la oficina iba a por les perres a un banco de La Felguera. Lo traían escoltado entre los guardias civiles y los guardajuraos. Había un ventanuco por el que se hacían los pagos. Ese día se montaba una especie de mercáu: llegaba gente a vender avellanas, navajas o cualquier cosa. Algunas muyeres se acercaban para que el su home les diera el sobre antes de que se desviara del camino a casa y acabase gastándolo todo en vino, juego o putas. Ellas, las putas, rondaban más que nunca ese día. Y, en todo caso, no era difícil encontrarlas. Prácticamente había una casa de putas en los alrededores de cada pozu. No eran mujeres del pueblo las que vivían y trabajaban en estas casas, venían sobre todo de Galicia y Portugal.

“Algunas muyeres se acercaban para que el su home les diera el sobre antes de que se desviara del camino a casa y acabase gastándolo todo en vino, juego o putas”

Al fondo del descampao, tras la maleza que prolifera a partir de un punto del camino, te topas con los edificios de la mina. Es un lugar húmedo y sombrío. De la lampistería, las oficinas y las salas de aseo cada vez se conserva menos estructura. Algunas de las paredes se han derrumbado. Lo que queda son restos que el bosque irá conquistando.

El edificio que albergaba la sala de máquinas, completamente vacío, tiene unos techos altísimos, la escala de la nave es sorprendente, como una catedral. A un lado, el castillete y la caña del pozu. Un cartel en el que puede leerse «Atención. Número de obreros que lleva la jaula…». El cartel está tan tapado por las zarzas que no hay manera de ver el final de la frase. Doce eran los mineros que cabían en cada una de las dos jaulas disponibles. Tampoco se conserva un trozo de pizarra en la que podían leerse algunos consejos de seguridad. En él se anotaban también el número de mineros accidentados. Y, como forma de animar a la tropa, la cantidad de vagones y las toneladas de carbón que habían salido de cada tajo.

De vuelta a la verja del geriátrico, dos ancianos están sentados en un banco. Benjamín García Álvarez, nacido en 1926 en Carbayal de les Cubes. «Retireme en el Pozu María Luisa después de treinta y seis años y medio en la mina». El otro viejo cuenta, orgulloso: «salvé la vida mía y la del picador. Vi que bajaba tierra detrás de los bastidores, di la alarma y al poco cayó too abajo».

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