Juan Ponte contra la melancolía

Tiene razón cuando afirma que la melancolía es paralizante y que se ha adherido a la izquierda como una segunda piel

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Víctor Guillot
Víctor Guillot
Víctor Guillot es periodista y dirige el Centro de Interpretación del Cine en Asturias. Ha trabajado en La Nueva España, Asturias 24, El Pueblo de Albacete y el diario digital migijon. Colabora en la Cadena Ser. Su último libro, junto a Rubén Paniceres, se titula "Ceniza a las cenizas. David Bowie y la revolución visual de la cultura pop" (Ed. Rema y vive).

Con este sol de otoño, vamos eslabonando el día con el día, escalofrío con escalofrío, como un calendario zurcido con retales de voluntad y de tiempo, compuesto de notas repasadas y hojas volanderas de las que no tenemos certeza alguna qué dirán. Eso es la melancolía, un sol de otoño revisando la historia doméstica de cada uno de nosotros, proyectada como una película, un haz de luz convertido en hielo que apenas deja una surco sin más trascendencia que la marca del polvo sobre el alfeizar de una ventana que el leve soplo del viento borrará algún día de nuestro recuerdo.

Después nos encontramos con la majestuosidad de la Historia que no entiende de melancolía o quizá sí, a su manera, pero sólo cuando es observada como una gran imagen trampeada a través de la lente deformada de la política.

Se lo cuento a Juan Ponte, el concejal de cultura de Mieres, que tiene una mirada material de la melancolía, ahora que ha revolucionado la cuenca minera con el Pozu Santa Bárbara transformado en un museo en el que la luz de Anthony McCall es una estalactita de tiempo y la gravedad de Herminio levanta minerales del mismo modo que la religión levantaba almas con la voluntad granítica de las catedrales. A su manera, el proyecto político de Ponte es un venero contra la melancolía, un antídoto contra la nostalgia, devolviéndole a una mina de carbón algo más que el pasado de aquello que fue, ofreciéndole todo lo que también pudo haber sido.

Tiene razón cuando afirma que la melancolía es paralizante y que se ha adherido a la izquierda como una segunda piel, asaltando el presente desde un obrerismo resuelto en fetiche de batallas perdidas en una guerra inabarcable. La nostalgia devora el futuro de los hombres y construye mausoleos con las ruinas de sus propias derrotas.

Los afanes republicanos, las arcadias felices, las dignas batallas, las lealtades inquebrantables, la miseria arrastrada por trenes subterráneos que perforaban lacerantemente la resistencia obrera de su dignidad humana, las hermosas banderas…el muro de sonido de todos los ecos de aquel pasado que no permitieron a la izquierda política comprender la cultura como una mirada hacia el futuro. La melancolía o el canto de la sirena de la memoria que nos fuerza a estar atados al mástil de la nave para no sucumbir a un naufragio y seguir el rumbo que marcan las aguas. A veces, la izquierda sucumbe a un eterno retorno con su propia melancolia. Ni a Ponte ni a mi nos sienta bien la melancolía. Nos vuelve tediosos.

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