Y Lula ganó

El histórico dirigente del Partido de los Trabajadores regresa a la presidencia de Brasil, pero con buena parte de los poderes del país en contra.

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Javier Arjona
Javier Arjona
Minero jubilado y militante internacionalista.

Luiz Inácio Lula da Silva es el nuevo Presidente de Brasil. Esta disputada victoria representa el retorno y fortalecimiento de la esperanza en el pueblo brasileño.

Bolsonaro y las políticas duras que representa, obtienen un considerable apoyo, también en las gobernaciones que disputaban segunda vuelta, pero asimismo es el único presidente de la historia brasileña que no logra la reelección.

Se respira alivio en muy diversos lugares, incluidas cancillerías de derechas moderadas, pero sobremanera se consigue equilibrar en cierta manera al poder legislativo en manos de Bolsonaro, y  los poderes judiciales que están claramente en manos de los conservadores y ultras. Está por ver si el poder militar, que ha exacerbado su presencia política en este periodo bolsonarista, vuelve a los cuarteles, o permanece en la vida política con sus perniciosas acciones antidemocráticas.

El jueves el candidato Lula había lanzado una “Carta para el Brasil de mañana”, que tal vez resumía certeramente el momento electoral tan decisorio:

“No se trata de una elección cualquiera. Lo que está en juego es la elección entre dos proyectos completamente diferentes para Brasil.

Uno es el país del odio, la mentira, la intolerancia, el desempleo, los bajos salarios, el hambre, las armas y la muerte, la insensibilidad, el machismo, el racismo, la homofobia, la destrucción de la Amazonía y el medio ambiente, el aislamiento internacional, el estancamiento económico, el aprecio por la dictadura y los torturadores. Un Brasil de miedo e inseguridad con Bolsonaro

Un acto de campaña. Foto: Twitter de Lula

Otro es el país de la esperanza, el respeto, el empleo, el salario digno, la jubilación digna, los derechos y oportunidades para todos, la vida, la salud, la educación, la preservación del medio ambiente, el respeto a la mujer, la población negra y la diversidad; de integración soberana en el mundo, de comida en el plato y, sobre todo, del compromiso inquebrantable con la democracia. Un Brasil de esperanza, un Brasil para todos.  

Las primeras medidas de nuestro gobierno serán rescatar a 33 millones de personas del hambre y rescatar a más de 100 millones de brasileños de la pobreza. La democracia sólo será verdadera cuando toda la población tenga acceso a una vida digna, sin exclusiones.”

Tras las elecciones, para cuando Lula tome formalmente la Presidencia, ¿tendrá las herramientas para hacer cumplir esos compromisos?

No las tendrá en una parte considerable de los Estados gobernados por la derecha, ni en algunos donde los progresistas van a gestionar con alianzas complejas con cierta derecha moderada, incluido el propio Congreso (que había propiciado el golpe blando palaciego para quitar de la Presidencia a Dilma).

¿Dónde estará la fuerza de Lula y sus alianzas?

Y no tendrá apoyos en sectores como los mencionados de poderes militares, religiosos de altísimo poder político ligados a evangélicos, o judicial ( donde el acontecer histórico no permite olvidar el calvario sufrido por Lula hasta ser encarcelado y quitado de en medio en la anterior confrontación presidencial que ensalzó a Bolsonaro).

Y entonces ¿dónde estará la fuerza de Lula y sus alianzas?

En las mujeres organizadas, en los pueblos originarios , en el debilitado movimiento sindical, en los actores sociales urbanos afectados gravemente, hasta el límite de la sobrevivencia, por las acciones políticas devastadoras de Bolsonaro, en el movimiento sin tierra MST, que ha vuelto a liderar, más allá de lo que correspondería a un sector importante pero no determinante de la mayoría social brasileña, la movilización proLula, comprendiendo que más allá de su independencia como movimiento lo que se está jugando es el bloque central de la contradicción entre latifundio inmoral, defendido a machamartillo por el bloque bolsonarista, y políticas agrarias campesinas que den de comer a las grandes mayorías con alimentos saludables.

La propuesta que representa el veterano Lula es una opción de paz en un país con guerra interior muy asimétrica. Y una cierta tranquilidad exterior, en cuanto a relaciones significativas que el gigante del Sur Latino había tenido hasta hace cuatro años como política de estado /que incluye la controversia de la potente delegación militar brasileña en Haití, con desastroso desempeño a instancias de ocupación militar diseñado en formato mixto entre EEUU y los generales brasileños/.

Desde Palestina, cuyos pobladores con mucha familia y también mucho empresariado en Brasil, hasta la propia acción de guerra en Ucrania, tendrá ahora diferente escenario, pero fundamentalmente el vecindario latinoamericano-caribeño podrá optar con Lula, otra vez a políticas de formato pacifista y de integración-latinoamericana hasta cierto punto (el cierto punto que permita el empresariado brasileño que tiene sus propios planes, sus propios diseños de “imperialismo brasilero” para el continente, que inducen con frecuencia a acciones de envergadura en los corredores económicos, en la salida al mar de algún país, en las represas sobre los ríos inmensos, o en la propia defensa de la Amazonia, que sí, que Bolsonaro está destrozando a marchas agigantadas, pero en razón de que responde al diseño depredador de un empresariado voraz que ha puesto muchos millones de reales y de dólares en la campaña por mantener a Bolsonaro y que han logrado en cierto modo preservar todos sus intereses que impondrán de cualquier forma a la agenda progresista de Lula).

Bolsonaro

Se ha perdido la gobernación mayor, la de Sao Paulo, en la segunda vuelta, y con Río y otros muchos estados, pondrán dificultades al nuevo presidente de raíz obrera cuando tome posesión el primero de enero.

La remontada, sin embargo, ¿quién podría imaginarla en toda su dimensión?. De pasar casi 600 días prisionero, a volver arropado por diversos sectores a la Presidencia para en teoría suspender y darle la vuelta a las acciones de violencia padecidas en este tiempo: si hace cuatro años, diputados LGTBI, activistas sociales comprometidos, liderazgos políticos y de movimientos salían al exilio preventivo después de sufrir variados ataques, ahora ¿volverá el exilio político y social a recuperar legítimos espacios en la República Federativa de Brasil?

Bolsonaro seguirá metiendo miedo. Pero si el triunfo de Lula tranquiliza en cierta manera, la disputa política y social va a estar de nuevo en calles y plazas y campos extensos de las inmensidades brasileras: con banderas arcoíris, con ornamentos de raíz indígena, con muchas, muchas banderas rojas como las que ondean con su simbología comprometida el MST, los Sin Moradía, los sindicatos de clase, las mujeres cuyos derechos esenciales han sido y están siendo todavía golpeados por Bolsonaro.

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