Apocalipsis, delirio y pasión de Albert Serra

El cineasta catalán presentó Pacifiction en el FICX, un film sobre el neocolonialismo y la derrota.

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Víctor Guillot
Víctor Guillot
Víctor Guillot es periodista y dirige el Centro de Interpretación del Cine en Asturias. Ha trabajado en La Nueva España, Asturias 24, El Pueblo de Albacete y el diario digital migijon. Colabora en la Cadena Ser. Su último libro, junto a Rubén Paniceres, se titula "Ceniza a las cenizas. David Bowie y la revolución visual de la cultura pop" (Ed. Rema y vive).

Quizá el paraíso sea eso, una isla en la que no sucede nada, en la que no hay cocodrilos ni escorpiones, una especie de limbo donde lo más peligroso que le puede ocurrir al hombre es que le caiga un coco en la cabeza desde lo alto de un cocotero. Está el paraíso de Milton, los paraísos artificiales de Baudelaire. Toda idea de paraíso es, en el fondo, un artificio mental, un simulacro espacial, una iluminación sediciosa. Albert Serra habla de Tahiti como si fuera un paraíso, una dimensión distinta en la que el tiempo es otro, la vida es otra, otra la razón. Desde Tahití ha rodado Pacifiction, su última película para volver a retomar la reflexión sobre el poder, como ya hiciera en La muerte de Luis XIV, desde un punto de vista completamente distinto.

Serra habla tras unas gafas de sol con un acento eminentemente catalán, acentuando las eles y las erres finales. Me recuerda a Dalí. Albert Serra no nació en Figueras, sino en Banyoles, Gerona, uno del Alto Ampurdán y el otro del Pla de l’estany. Se expresan con la misma confianza, con la misma seguridad, con la misma impostura, con cierta distancia ante su interlocutor, que soy yo, y que se estrecha con la conversación, a contrarreloj, ganando metros de confianza, cada vez más intensa, cada vez más acelerada. Serra es un etarra de las imágenes y de las palabras. Subvierte las convenciones. Me gusta. Coloca la bomba en la sucursal bancaria y después se escapa. El amorr, el poderrr, intelectuallll. Daaaaaaaalí.

Celebramos un encuentro entre extraños. Sospecho que no será el primero. En esta conversación trataré de establecer vínculos entre la ficción, el poderrrr y la realidadddd. Serra dice “entre Pacifiction y La muerte de… no hay ningún tipo de continuación de nada. Hay que verla como un hecho a parte”. Pero también dice “Obviamente, las dos se conectan porque las características de mi cine están ahí condensadas, al tiempo que se abren a otras posibilidades, nuevas películas, nuevas imágenes”.

Albert Serra, durante la conversación, en la Escuela de Comercio, sede del FICX. Foto de Marta Barbón.

En Pacifiction está presente esa idea “un poco desoladora del poder. Son las cosas del poder que diría García Calvo“. Yo inmediatamente pienso “Son las cosas de la vida, son las cosas del querer”, mientras me anticipa una película que desnuda el neocolonialismo francés en la isla de Tahiti. En las imágenes de su película se dibuja la presencia hermética de un mandatario que evoca, de manera muy directa, al coronel Kurt en El corazón de las tinieblas. Conrad, Stevenson, hombres de mar que escribieron los arquetipos universales infinitos. La gravedad de su figura y del texto están presentes, como un órgano lo está siempre en una catedral, invocando a Dios o al diablo, acariciando con sus notas el límite último de la razón que anuncia el fin del mundo. “Pero no he leído la novela. La desconozco. La película de Coppola sí, esa sí está muy presente, Apocalipsis Now, y al menos, eso significa que la novela también lo está, indirectamente. Pero creo que, precisamente, Pacificition podría ser una actualización de ese mundo, un mundo que está ahora muchísimo peorrrr, porque cuando Coppola hace la película, todavía existe ese concepto de lucha entre el bien y el mal, todavía late ese concepto de la revolución posible, con personajes muy ambiguos, como lo era Kurt, interpretado por Marlon Brando, que es una combinación extraña de fascista y revolucionario”.

Cuando pienso en el fascismo y la revolución pienso en Arthur Rimbaud, pienso en Kurt, pienso. Antaño, si no recuerdo mal, mi vida era un festín en el que corrían todos los vinos y se abrian los corazones. Todo fascismo principia como una revolución cuyos brazos están cangrenados. Le digo a Albert que siento verdadera fascinación por ese tipo de hombres y, particularmente, por el aura perenne de alguno de ellos: aventureros, egoístas, suicidas que terminaron sus días abrazados a la locura. También pienso en T.E. Lawrence. En toda revolución, siempre se revela la figura del hombre épico que protagoniza el cambio, una transformación, una emancipación que oculta la llama que logrará que todo arda. Ese ser puro es también un ser demoníaco, consciente de que, en algún momento levantará la daga. Toda traición se inicia con un gesto luminoso contaminado de oscuridad que desemboca en las dunas insalvables del fracaso. “En Pacifiction está subyacente, hay un horizonte de ideales y de principios traicionados. Frente a esa ambigüedad, en ese orden sigue existiendo una división maniquea de buenos y malos. Y sin embargo, en nuestro mundo, y en el mundo que refleja Pacifiction, hay una reactualización de todo aquello. Es la infiltración digital, con sus tentáculos infinitesimales, introducidos psicológicamente, socialmente, económicamente, siempre al servicio de intereses oscuros, de una explotación generalizada”.

El cine de Albert Serra explora los confines de la realidad, el sueño, la soberanía de la historia, alguna vida errante, su derrota, el acto individual, intransferible, irreversible de la verdad. Ya sea La Muerte de Luis IV, Liberté, Historia de mi muerte, Honor de cavallería, su cámara es un radar que ha logrado que el instante más singular, por el mero hecho de ser real, no se vea privado de la fuerza poética y novelesca, del poder transfigurador de la realidad que tiene una cámara. Sucede incluso con esa extraña sensación de alienación, de frigidez ante la violación, de fría pasividad ante la penetración minutísima del poder en los cuerpos y mentes de los individuos. Serra dice: “esto se ha hecho sin posibilidad de oposición. Este mal ya no se percibe”. Serra proclama: “la sociedad burguesa, por extensión del paso del tiempo, vive más empobrecida”. Serra alerta: “vive sin confrontación, en un ideal de confort burgués que, con las tecnologías digitales, se descompone”. Serra denuncia: “y consigue que exponencialmente las diferencias entre ricos y pobres vaya incrementándose mucho más que en los últimos cuarenta años”. Serra reza: “El Mal ya no existe, la lucha ya no existe, es la aceptación y la claudicación total y consciente que permite, incluso, que ni siquiera se perciba como una derrota”.

Albert Serra, durante la conversación, en la Escuela de Comercio, sede del FICX. Foto de Marta Barbón.

La sedación total de la humanidad, la inoculación del pensamiento neocapitalista a través de sus tentáculos digitales. El fingimiento de una victoria. La sedación y ensimismamiento de la derrota. Albert Serra es verborreico. Fagocita novelas, ensayos, periódicos, películas, datos, que después vomita sentado sobre una mesa. Habla de tentáculos y yo pienso en Hydra, en Spectre, en Elon Musk, en el Dr. No, en Cráneo Rojo, en Kurt, en Rimbaud, en Lawrence. También pienso en Pasolini. La actitud ante el poder es desarmante. Pasolini hubiera sido un buen podemita. Serra es un brillante anarquista. De la cultura pop a la alta cultura, estranguladas, asfixiadas, destruidas por los tentáculos digitales de El Mal y esa letanía de ecos, palabras, gritos, ideas que Serra dispara como un Burroughs reactualizado, reactivado, salvaje y libertario. “No hay nada más que decir, Víctor. Ganaron. No hay lucha posible, aunque hay un hombre que sí está en lucha: Putin. Rusia ha vuelto a la lucha clásica y esto es muy interesante porque en la lucha clásica se puede ganar o perder como le está sucediendo a Putin. Hay un sentido de confrontación real”.

Afirma Serra que la posibilidad de protestar hoy en día es ridícula. “Luego se van a casa y se queda todo en nada. Esto es ridículo. En cambio en Rusia no. Ahí no hay bromas. O es una broma de un calibre superior. Más allá de la injusticia en Ucrania, el sistema consiste en que todos lleguen a un acuerdo por el dinero. Hay que poner niños, pues se ponen, hay que gentrificar, se gentrifica. No hay oposición ideológica. En cambio, Rusia rompe todo esto con energía”. Pero Rusia nos resitúa en coordenadas más básicas y materiales. Es una guerra de la energía y de la soberanía, “que no se soluciona con el dinero. Es geopolítica. Son otros intereses. Factores psicológicos, orgullo, razones históricas, entrelazadas todas ellas que inciden más que el simple proceso de globalización. Mi personaje en Pacifiction está en ese mundo anterior a todo esto, está a las puertas de ese mundo, todavía no forma parte de esta invasión tentacular capitalista. El estado no se sabe qué intereses tiene; la gente es la gente, algo etéreo”.

Pacifiction refleja un estado de putrefacción. Con los actores, tres cámaras y sin guion, todo el sistema se convierte en un receptáculo, una membrana sobre la que queda impresa una realidad. “Lo hago con imágenes. Y consigo que todo vaya más allá, que se cree algo. Mis actores se exponen vulnerados. La cámara capta cosas que ellos no pueden controlar, configurándose una realidad unitaria a partir de una heterogeneidad. Nunca se ensaya. Y lo cierto es que algo del mundo real se va a filtrar. Esa es la paradoja. No me interesa la realidad social pero al mismo tiempo, con mi metodología intuitiva, yo reflejo mejor, de una manera más genuina, la realidad, que todos los demás”.

Tahiti es la isla más grande la Polinesia Francesa. En 1774 fue bautizada por los españoles como La isla de Amat, en honor al virrey del Perú, Manuel de Amat y Junet. Ya había sido tomada anteriormente por franceses y, antes que los franceses, por los ingleses. Fue escala para los buques balleneros y un territorio tomado por la mano de dios, en diferentes misiones evangelizadoras. También fue la morada de Louis Stevenson, de Gauguin, de Brel. “Es muy caro, todo es muy caro, tienen muchos impuestos. Pagabas 100 euros por limpiar un cocotero. Esto creaba una tensión en la película positiva. A mí me gusta la tensión, me gusta que se cree una pequeña intensidad que, después, permanece reflejada en las imágenes. En Tahití era todo muy absurdo porque todo era muy caro, estábamos allí y no sabíamos por qué habíamos escogido Tahití. Podía haber rodado en cualquier otro lugar. Sí que es verdad que tiene un aspecto icónico de paraíso. Es el paraíso porque ellos mismos me decían que nunca había nada peligroso. No hay serpientes, no hay escorpiones, no hay tsunamis, no hay tigres, no hay nada que te pueda hacer daño, no hay nada peligroso. Lo único que te puede pasar es que te caiga un coco en la cabeza o te pinche un pez bajo el agua”.

Los paraísos han desaparecido. Bueno, todavía nos queda Tahití. La brecha entre ricos y pobres es lo que más le preocupa a Albert Serra, “que quieres que te diga, no parece que haya una solución a corto plazo y todo parece más aburrido. Es como un destino fatal de aburrimiento total y de incapacidad…no sé, porque antes, estaba leyendo a Burroughs, y ves que antes prevalecía la idea de que todos se implicaban con la propia vida, con el cuerpo, en hacer algo, en cambiar las cosas, protestando en algo concreto. Se reaccionaba físicamente, escribiendo; había una reacción pero ahora todo son protestas insignificantes”. Serra intenta explicarme que el desapasionamiento de su último film es correlativo a la vulgaridad política contemporánea. Me gusta pensar que Serra mide la geopolitica en términos estéticos, su orden de las cosas distingue entre aquello que es sublime y aquello que es vulgar. El mundo es vulgar.

Su teoría es que el mundo será una gran colonia. Será una colonia planetaria y su metrópolis será un ente abstracto, el dinero. Londres es una colonia. Shan-gay es una colonia, Qatar es una colonia, Manhattan es una colonia. Mapas sin territorio. Espacios de dinero. Dinero sin principios. “Guardemos los principios para las grandes ocasiones, cuando no hay grandes ocasiones, casi es mejor divertirse, aceptando la injusticia”. Cita a Baudelaire, que afirmó que el artista debía ser sublime sin interrupción. Baudalaire se presenta con la voz de Serra: “Este mundo ha preferido derrochar los grandes principios en pequeñas tonterías. Nunca antes como ahora las protestas tuvieron como consecuencia menos resultados en la historia de la humanidad. Así que ya ves, vale más no tener demasiados principios”.

Seguimos hablando. No sé cuánto tiempo llevamos. Veinte, treinta minutos. No lo sé. Se levanta y recoge de su mochila The job, un libro de entrevistas de William Burroghs. A los dos nos gusta el viejo que alertó del poder militar desde el uso subversivo del lenguaje. Me pregunto qué papel habría jugado el viejo Burroughs en la sociedad de consumo de masas de nuestro siglo. “Burroughs habla mucho del lenguaje escrito. Ni siquiera, se refiere al papel del lenguaje oral. Burroughs dice: los alemanes hablan, pero no escriben. Entonces, la clave de todo es un tío que pasó a la historia como un destructor del lenguaje. Cita a George Steiner, el gran Steiner, el dios Steiner “que hizo un artículo con el que rogó a Burroughs que en el nombre de la humanidad dejase de hacer descripciones del sexo. La posición de Steiner es ideal: si todo el mundo fuera como Steiner no haría falta ninguna forma de transgresión”.

Albert Serra, durante la conversación, en la Escuela de Comercio, sede del FICX. Foto de Marta Barbón.

Pero en un mundo en el que no todos son así, Burroughs se hace necesario. ¿Será Burroughs un hombre de acción? ¿Había algún tipo de honor en William?. Ese hombre de acción ha desaparecido, Alonso Quijano ha desaparecido también, el honor de toda acción. Recemos una última plegaria. Serra dice: “La acción la predicas con el ejemplo, que algo queda. Ya está. Sera el mito del Quijote, será Pacifiction de la forma más quijotesca. Cualquier cosa inspirada en un acto individual permanece”. Serra denuncia: “las actividades colectivas siempre se quedan en nada. El acto individual es percibido como algo que queda”. Serra regresa a Baudelaire: “preservemos la verdad enfática del gesto en las grandes circunstancias de la vida”. Serra remata: “un gesto y guardemos los principios para las grandes ocasiones”.

La gran derrota es quizá, una gran circunstancia. Anatomía de la derrota: “busquemos otra perspectiva, la de Burroughs con el lenguaje, la de un compromiso y una implicación personal, aunque sea en la derrota. La aceptación de la derrota. La derrota no tiene impacto en los mismos que protestan. Es como un gran teatro, una comedia psicológica. La historia se presenta primero como tragedia y después se repite como farsa”. El fracaso destruye sociedades y alimenta historias, relatos de la reliquia. El mundo como reliquia. El poder como un juego. Ya no hay quijotes ni aventureros. Ya no quedan palabras. Solo queda Tik-Tok. Pienso en Dylan Thomas: “No entres dócilmente en esa buena noche”.

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1 COMENTARIO

  1. Buenas noches
    Una puntualización. Albert Serra es de Banyoles no Bañolas y no esta en Alt Empordà està en el Pla de l’estany.
    Gracias

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