Guadalupe Plata: muertos para un blues

El dúo de Úbeda congregó a 250 fieles en el concierto celebrado en la sala Gong, dentro de la programación Ciudad Sonora de Oviedo

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Víctor Guillot
Víctor Guillot
Víctor Guillot es periodista y adjunto a la dirección de Nortes. Ha trabajado en La Nueva España, Asturias 24, El Pueblo de Albacete y migijon.

Aquellas canciones invocaron al diablo antes que a nadie. Sólo el ritmo acelerado del bombo y la caja imprimido por los brazos de Pedro de Dios y el machetazo incesante de Carlos Jimena a las cuerdas de su guitarra, hacían presagiar que sus canciones son algo más que simples canciones, como si un río de sangre principiara a regar el desolado páramo de los fantasmas, fantasmas que se arrastraban entre las malas hierbas, malas hierbas que fueron arrancadas a gritos, gritos que hacían romper el huevo de la sierpe, serpiente que se enredaba en las canciones rotas por el espíritu de algún hombre muerto. Bajo el polvo de las canciones, emergían más canciones. En los nichos de las viejas, resonaban antiguas melodías, tocadas hasta la náusea, como si con ellas Guadalupe Plata tratara de espantar los silbidos de un jinete pálido que susurrara su propia muerte.

Pedro de Dios, a la batería, durante el concierto en la sala Gong. Foto de David Aguilera Sánchez.

No hubo palabras, no hubo presentaciones. Tan solo un concierto que era como un camino pedregoso que serpenteara el Monte Calvario, al paso aterciopelado de Pedro de Dios Barceló marcado con su batería y las notas de Carlos Jimena arrancadas a latigazos. Subidos sobre el escenario de la sala Gong, su presencia resultaba espectral, como si cualquier síntoma de realidad sólo fuera el reflejo dorado de un botellín de cerveza colocado en alguna esquina del local. Con su rostro oscuro y ajado y su perfil de halcón, Jimena supo crear una espesa niebla de sonidos eléctricos que se entrelazaban a sus alaridos, como un coyote en el desierto logra que sus aullidos se fundan con la noche después de haber visto morir a demasiados hombres. Su voz siniestra y sugerente empujaban al público hacia tierras movedizas, en la frontera del hillbilly, el blues acelerado y el surrealismo siniestro y divertido de sus letras, impregnadas de un ruralismo diabólico y perturbador.

Foto. David Aguilar Sánchez

No está de más recordar que con su blues pantanoso y tabernario, los de Úbeda se llevaron hace algo más de 12 años el premio IMPALA que otorga la Asociación Europea de Sellos Independientes, al mejor disco independiente del año. Guadalupe Plata sucedía a The XX como ganadores de un premio en el que competían artistas como Sigur Rós, John Grant o Nick Cave.

Público en la sala Gong durante el concierto de Guadalupe Plata. Foto de David Aguilera Sánchez.

Los dos músicos permanecieron durante algo más de una hora concentrados y contenidos en lo suyo, un sonido a veces majestuoso y otras tabernario, otras grasiento y podrido que repasó algunos temas de sus cuatro discos anteriores, como ya sabemos, ninguno sin nombre o todos con el mismo: el silencio. Chester Arthur Burnett, al que todos conocimos como Howlin´Wolf, caminaba entre los 250 fieles que se acercaron a beber por Guadalupe Plata hasta la sala Gong, mientras el dúo ejecutaba con alma alucinada canciones como Cementerio, Rata o Milana. Se diría que Carlos Jimena cree demasiado en los muertos como para tener convicciones religiosas. Su rostro atezado luce la expresión de una sincera y acomodada simplicidad con la que nos imaginamos a un enterrador antes de clavar su pala en la tierra. Por muchas muertos que entierre, siempre son la primera vez.

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