Ángel Stanich: el árbol de la vida

El músico celebró el hermanamiento de su música con la tradición del folk, el pop y el rock español

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Víctor Guillot
Víctor Guillot
Víctor Guillot es periodista y adjunto a la dirección de Nortes. Ha trabajado en La Nueva España, Asturias 24, El Pueblo de Albacete y migijon.

Comunal y turgente, feliz y ritual, así fue el concierto de Ángel Stanich en La Riviera de Madrid, una celebración de su repertorio y de su carrera capaz de congregar a más de dos mil fieles en Madrid. Lo del viernes en La Riviera fue una epifanía sonora, una hermosa y evangélica síntesis de lo que es el rock y el pop en España, a través de las canciones y la música del bardo errante, llenas de virtuosismo y alegría, humor y carisma, inteligencia e ironía, talento y genialidad El concierto del viernes fue, queridos amigos, el árbol de la vida.

Si una gran parte de las canciones de Stanich están vinculadas a la cultura y la historia pop española desde la Transición hasta la Pandemia, como una viciosa retromanía que navegaba sobre ondas catódicas, no es menos cierto que todas ellas también guardan múltiples referencias con una tradición musical de la que se siente un discípulo burlón. A escasos días de la celebración del concierto, Stanich reconocía al gran periodista Fernando Neira en una deliciosa entrevista, el recuerdo infantil que le unía al Física y Química de Joaquín Sabina y Pancho Varona. Esas filias azarosas desembocaron mucho tiempo después en otro río ibérico: Luis Eduardo Aute. Con estos dos nombres y un tal Bob Dylan, al otro lado del Mississippi, ya podemos hacernos un mapa en la cabeza arañado de autopistas atravesadas por tantas otras carreteras secundarias que han ido construyendo una gramática, una voz y una actitud musical. Pero la ironía amanecista y la actualidad en el arte son dos buenos veneros contra la nostalgia, que suele ser mala compañía si lo que se pretende es ofrecer un sentido propio del talento que no desemboque en la redundancia. Siempre es mejor rimar con la historia que volver a repetirla.

Ángel Stanich.

En todos los conciertos que ha ofrecido Stanich desde que terminó la pandemia, (recuerdo en Oviedo, en Gijón, en el Tomavistas de Madrid, en el Sonorama Ribera), se producía siempre la eclosión definitiva de un cantautor folk, pop y rock que esparcía por doquier su Polvo de Battiato. Pero lo que sucedió en la ribera del Manzanares fue, no solo otro paso más del proceso, sino un suceso más vigoroso de escala épica. Se trataba de celebrar el hermanamiento de su música con los suyos, los que le son propios y que siempre son los otros, o sea, sus coetáneos y aquellos que no lo son tanto, entrelazados poéticamente en un festín por el que corrían todas las voces y se abrían todos los corazones, construyendo una tradición musical, la nuestra, que va de Quique González con El volver a Joe Crepúsculo con Hula Hula, de Lichis con Dos boys scouts de mierda a Anne B. Sweet y Motel Consuelo, de Javier Vielba con Un día épico a Miker Erentxun y Carbura, Rafa Val con Galicia Calidade a Rufus T. Firefly con La valla, de Ricky Falkner y Miss Trueno 89´a Metralleta JOe con el rimbaudiano e Ilegal Jorge Martínez. Este es el sagrado árbol de la vida vertebrado con todos esos nombres y tantas otras canciones.

Más allá de una noche luminosa que quedará marcada en el calendario de la memoria, el acontecimiento merece otra reflexión que se esconde en la cola del pelotón y que a nadie puede pasar desapercibida. Se trata de la madurez de una banda, capaz de erigirse con una desarmante personalidad tanto en los estudios como sobre los escenarios. El virtuosismo eléctrico de Víctor Pescador, la elegancia diletante a los teclados de Javier Rijlen, la sobriedad de Alex Izquierdo al bajo o esa bonhomía expresada a través de la batera de Lete G Moreno forman parte del conjunto, pero el conjunto es algo más, se trata de un proyecto musical destinado a ocupar un lugar destacado en la historia de la música en español más allá de nuestro propio país. Quiere decirse que esto acaba sólo de empezar, que la versatilidad creativa de Ángel Stanich y su ingenio amanecista, pueden ofrecer caminos más íntimos, otros más sobrios, algunos más líricos que, en cualquier caso, no dejarán de sorprendernos, como el fogonazo que precede al sonido del trueno. Quiere decirse, querido y desocupado lector, que Stanich promete más días de júbilo y tristeza, de sustancia y transcendencia pop, momentos más ligeros con otros de mayor hondura y abstracción. Quiere decirse que ese cantabrón barroco, ocurrente y burlón lo puede todo y usted que lo vea.

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