Los dinosaurios de Estercuel. Arqueologías del capitalismo fósil

La alcaldía ha aprobado su explotación por cuatro duros —treinta mil euros anuales— a favor de la empresa de cerámica Pamesa, de la que es dueño el presidente del equipo de fútbol del Villarreal

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Eduardo Romero
Eduardo Romero
Es activista y escritor, co-fundador del colectivo y local Cambalache de Oviedo/Uviéu. Entre sus libros "En Mar Abierto" (2016) y "Autobiografía de Manuel Martínez" (2019).

Dentro de unos miles de años, cuando los arqueólogos del futuro —humanos, transhumanos o extraterrestres— excaven el yacimiento de Estercuel, en la provincia turolense, los científicos debatirán enconadamente acerca de un enigmático vestigio.

A un costado del pueblo que sin duda llegó a ser habitado por algunos cientos de personas, el equipo de arqueólogos podrá reconstruir la historia de una mina a cielo abierto de carbón. Los investigadores dibujarán aproximadamente el cráter, con su balsa de agua en el fondo, paisaje final tras el cierre de la explotación; encontrarán numerosos indicios geológicos de lo que parecen antiguos acuíferos reventados por la actividad minera; recopilarán pruebas que demuestran que miles de pinos y carrascas fueron directamente enterrados apresuradamente —enrunados, dirían en aquellos tiempos en el pueblo— bajo los desmontes mineros. Si para entonces perviven los papers y el frenesí para producirlos —ojalá se hayan extinguido—, una investigadora presentará uno acerca de la filosofía subyacente al período del fosilismo capitalista a través de este caso concreto: un pueblo de antigua base agrícola, cuyo combustible principal para calentarse era la leña, y una empresa minera con tanto afán por sacar carbón —tanta codicia— que ni siquiera encuentra tiempo para entregarle al vecindario la madera de los árboles, y procede a sepultarlos bajo tierra.

En todo caso, centrémonos en el motivo de las disputas científicas. A un paso de los desmontes, los investigadores encuentran los restos de una modesta construcción de piedra. Cuando logran reconstruir su estructura, aquello se parece más a una marquesina de autobús que a un monumento. Pero no se hacían marquesinas de piedra en aquella época, y menos en medio del monte. Las interpretaciones —que si un simple lugar a la sombra para los encargados, que si una pequeña capilla porque el director de la mina era muy devoto, que si un…— se prolongan durante años, hasta que una nueva excavación descubre los restos de unos azulejos «que fueron partidos con rabia», se aventura a decir en un informe uno de los arqueólogos más imaginativos. Así, y una vez reconstruida parcialmente la pieza mediante la yuxtaposición de cientos de trozos, el enigma —y con él la disputa— llega a su fin. La edificación no es una marquesina, ni un lugar con significado religioso, ni una sombra para los jefazos. Los arqueólogos encuentran un trecho más allá los restos de una cuadrícula asfaltada en medio del monte. Ambos espacios están vinculados. El pedazo de asfalto, concluye la investigación preliminar, fue un improvisado helipuerto. Del helicóptero que aterrizó allí se bajaron nada más y nada menos que los reyes de España. Juan Carlos y Sofía, junto a todo su cortejo, se encaminaron hacia la edificación de piedra, todo un mirador real. Desde allí contemplaron —diez minutos— el paisaje de la mina a cielo abierto inaugurada por Endesa en el año 2001. Más concretamente, la llamada «corta Horacio Abril». Así lo cuenta el azulejo. Los Borbones se asomaron a ver el panorama, acompañados del director de Endesa, y enseguida se fueron de comilona al monasterio mercedario de El Olivar.

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La última mina que se ha abierto en Estercuel muerde la Peña Santana. Para algunos vecinos la peña es un monumento natural del pueblo, un lugar «de peregrinación». Pero la alcaldía ha aprobado su explotación por cuatro duros —treinta mil euros anuales— a favor de la empresa de cerámica Pamesa, de la que es dueño el presidente del equipo de fútbol del Villarreal. Fernando Roig le ha puesto «mina Elena», el nombre de su mujer y de su hija. Ahora la montaña también es su montaña. No es la única en Teruel. Roig se ha hecho con cuatro minas en la provincia. Dice que traer arcilla de Ucrania se ha puesto complicado, así que ha aprovechado la coyuntura para traerla de un lugar mucho más cercano a su fábrica de Castellón. No sería de extrañar que esto se acabe llamando «minería de kilómetro cero», y que se lleguen a celebrar sus importantes beneficios ecológicos. El empresario, copropietario también de Mercadona, ha abierto por cierto brecha en el negocio del gas natural y de las energías renovables. Al paisaje de Estercuel, en todo caso, va a ser difícil pintarlo de verde. Lo que las máquinas de Pamesa se comen de la peña Santana y lo que devora la empresa Euroarce en la Costera, otro monte carcomido, dan lugar a una escena muy propia del capitalismo fosilista: la del trasiego de cientos de camiones diarios por los alrededores del pueblo atufando con su polvo y sus emisiones.

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«Yo a mi padre le hice firmar un papel como que era del internado donde estudiaba en Reus y en realidad me estaba firmando el permiso para entrar a la mina. Eran los años setenta y yo tenía quince años. El agujero era para abajo, creo que no machacaba tanto la naturaleza como esta minería de ahora. Desde que empecé a bajar al pozo, puedo decir que me gustó el dinero, eh, no el trabajo. Como la gente de aquí no quería trabajar de seguido —había que atender el campo, la siega—, empezaron a traer gente de fuera: andaluces, extremeños, asturianos y un portugués al que después de mil años en España seguía costándome entenderlo. Aquí el carbón que sacábamos era lignito, con menos polvo de sílice que el asturiano. Alguno que enfermó de silicosis decían que venía ya tocado de trabajar en Asturias. Yo tengo un colega que estaba obsesionado con ir a visitar las minas asturianas. Así que acabamos yendo a ver el pozu María Luisa. Allí tenían bar, futbolines… hostia, sí que estaban preparaos los asturianos, nosotros para ir al bar teníamos que salir de la mina y caminar, a pleno sol, hasta el pueblo.

Curiosamente, la arcilla que dinamitan ahora contiene sílice en alto grado, más que nuestro carbón. Se generan enormes polvaredas con las explosiones y en el pueblo, dentro de casa, sientes la onda expansiva. Hasta grietas tenemos en las viviendas.

En Estercuel la actividad agraria prácticamente ha desaparecido. Es un pueblo, como tantos, en declive demográfico. De más de mil personas que llegó a tener hace poco más de un siglo, quedamos ahora apenas doscientas. Yo creo que el último campesino fue uno al que llamaban “el cojo el Chano”. Este hombre tenía pastos, ganao, cultivaba tierras de otros. Era muy tratante, muy trapicheante. Ya hace unos años que murió.

Las minas de interior llegaron a dar trabajo a casi cien personas. Ahora, se cuentan con los dedos de una mano los vecinos del pueblo que trabajan en los tajos. “Por mí que cierren la mina, pa la mierda que me pagan”, decía uno de los pocos vecinos míos que trabaja allí.

Lo del cráter de la mina de Endesa es una vergüenza. La mina cerró en 2012. Al parecer, el plan era reconvertir el cráter en un sitio “precioso”. Un lago con actividades acuáticas. Cursos de rescate. Un campo de tiro. Pero lo cierto es que el lugar está dejado de la mano de dios. Cuatro pinos mal puestos y la erosión haciendo de las suyas. Si te digo que han llegado a plantar ramas de chopo, sin raíz, para dar un toque de vegetación justo cuando tocaba hacer la foto…».

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Los arqueólogos del futuro acabarán encontrando evidencias de que, en un período anterior al cráter, en el pueblo de Estercuel se habían explotado pequeñas minas de interior. Los investigadores conseguirán datar sus inicios con una precisión asombrosa: los años treinta del siglo XX. Setenta años después, sin embargo, el paisaje del pueblo se caracterizaría por las cortas a cielo abierto.  Los arqueólogos se encontrarán con numerosos vestigios de dinosaurios durante su labor de prospección: los más llamativos, por su desmesurado tamaño, serán los restos de dos retroexcavadoras, capaces de masticar un cochazo dentro de sus fauces. Bajo las capas de «restauración» también aflorarán cables, neumáticos, baterías y otras chatarras que fueron enterradas —al estilo de los pinos y las carrascas— para no perder ni un segundo en tonterías. Los investigadores también se toparán con indicios de vertidos de miles de litros de aceite quemado en los motores de la maquinaria. El capitalismo, bien lo sabe el equipo arqueológico, siempre tenía prisa.

Paradójicamente, los vestigios de dinosaurios de carne y hueso —así como de las ruinas prehistóricas y romanas— nunca serán hallados. Y es que la minería del siglo XXI en el pueblo de Estercuel arrampló con todas sus huellas.

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