Por un museo del movimiento obrero asturiano

Historiadores venidos de otras latitudes descubren con asombro que episodios como una insurrección obrera comparable a la Comuna de París no están reflejados en espacio alguno.

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Rubén Vega Diego Díaz
Rubén Vega Diego Díaz
Son historiadores.

Si un extraterrestre aterrizara con su nave espacial en Asturias y quisiera hacerse una idea sobre este lugar a partir de sus museos, descubriría que en este rincón de la galaxia hubo dinosaurios, cuevas rupestres con hermosas pinturas, castros y termas romanas, una monarquía altomedieval, momias teverganas, un ilustrado de apellido Jovellanos, grandes artistas plásticos como Evaristo Valle y Nicanor Piñole, intrépidos buscadores de oro en el río Narcea, vaqueiros de alzada, pescadores y rederas, llagares y llagareros, y hasta calamares gigantes surgidos de las frías y profundas aguas del Mar Cantábrico.

Si el alienígena en cuestión quisiera indagar más en la época contemporánea, en los siglos XIX y XX, el pasado reciente que ha conformado la Asturias de 2023, nuestro imaginario visitante se encontraría con un excelente Muséu del Pueblu d´Asturies centrado en la reconstrucción de la historia de la vida cotidiana de los asturianos y asturianas del campo y la ciudad. Además, podría conocer la sociedad y la cultura campesina a través de los magníficos museos etnográficos del Oriente y del Occidente.

Museo Etnográfico del Oriente. Foto: Nacho Quesada.

¿Y la historia industrial? El visitante podría conocer la importancia de la minería del carbón gracias a los museos de L ´Entregu, el Valle de Samuño y Arnao, el Pozu Sotón y el PZSB de Turón. La siderurgia en el MUSI de La Felguera, y la historia del ferrocarril en el museo gijonés dedicado a este medio de transporte. Pero qué pasaría sin embargo si el extraterrestre, como en el poema de Brecht, “Preguntas de un obrero ante un libro”, se interrogara, no por los albañiles de la Muralla China, las pirámides o Babilonia, sino por aquellos que extraían el carbón, trabajaban el metal o movían los trenes. Poco nos cuentan los museos asturianos de los trabajadores, las trabajadoras, y las comunidades en las que estaban insertos. De sus vidas, sus oficios, sus esfuerzos y sus anhelos. Mucho menos de sus ideas, organizaciones y conflictos, temas apenas esbozados en unos museos centrados casi en exclusiva en los aspectos tecnológicos de la industrialización: castilletes, turbinas, máquinas de vapor…

“Poco nos cuentan los museos asturianos de los trabajadores, las trabajadoras, y las comunidades en las que estaban insertos”

A través de varias generaciones, centenares de miles de trabajadores y trabajadoras dejaron sus sudor, su salud y en ocasiones su vida en espacios de trabajo duros, hostiles y peligrosos que han sido musealizados sobre la base de la invisibilización del trabajo o, en el mejor de los casos, de su relegamiento a la condición de actores secundarios.

Chimenea del MUSI de La Felguera. Foto: Iván G. Fernández
Galerías del museo de la mina de Arnao, Castrillón.
Turistas en el Pozu Sotón. Foto: Pozo Sotón

Nuestro alienígena saldría pues de este extenso recorrido museístico sabiendo mucho de muchas cosas, pero con un gran vacío histórico: qué fue el movimiento obrero asturiano. Un entramado social, político y cultural clave que se desarrolla al calor de la industrialización, y que explica, a pesar de caciques y gobernadores civiles, los tempranos éxitos electorales de las candidaturas obreras en la Asturias de la Restauración borbónica, o la extensión de una tupida red de sindicatos, casas del pueblo, ateneos populares, bibliotecas, periódicos, cooperativas, sociedades de apoyo mutuo, grupos de teatro, coros, clubes deportivos y otras instituciones promovidas por la clase obrera organizada en su larga marcha hacia la libertad, la igualdad y el fin de la explotación.

El viajero espacial regresaría a su planeta sin saber quienes fueron Manuel Llaneza y el SOMA, Eleuterio Quintanilla y la Escuela Neutra de Gijón, Aida Lafuente y el Uníos Hermanos Proletarios, Belarmino Tomás y el Consejo Soberano de Asturias y León, Higinio Carrocera y la batalla del Mazucu, Anita Sirgo y el maíz para los esquiroles, las de IKE, los de Duro, los de la Naval, la Marcha de Hierro… Una historia de solidaridad, lucha y resistencia con episodios tan cruciales como las huelgonas de 1917, 1934 y 1962, el Frente Popular que gobernó entre 1936 y 1937, la guerrilla de postguerra, la lucha por la triada “Libertad, Amnistía y Estatuto de Autonomía” en los estertores del régimen franquista, el regreso de los partidos obreros en la Transición, o las grandes movilizaciones de los años 80 y 90 que arrancaron al Estado cuantiosos fondos, notables infraestructuras, las inversiones públicas que salvaron la continuidad de la siderurgia, prejubilaciones, pensiones, becas y coberturas sociales que han otorgado una prórroga de décadas al escenario posindustrial que en otras latitudes ha degenerado en escenarios de devastación social.

“Después de una huelga” (1895) de José Uría y Uría. Museo de Bellas Artes de Asturias.
La fábrica de armas de Trubia, Oviedo, a principios del siglo XX.
Militantes de las Juventudes Socialistas Unificadas, en Xixón en 1937. FOTO: Constantino Suárez
El grupo guerrillero “Los Caxigales”. Foto: Constantino Suárez/Museu del Pueblu d´Asturies.
Mineros de Nicolasa (1962).
Manifestación de trabajadoras de IKE. Foto: Luis Sevilla.
Huelga General en Xixón. Octubre 1991. Foto: Luis Sevilla.
La Felguera. Foto: David Aguilar Sánchez

La Asturias del siglo XXI, su economía, sus instituciones, su paisaje, sus ciudades y su persistente mayoría sociológica de izquierdas, no pueden explicarse sin esa densa historia de autoorganización popular, que fue capaz de resistir y regenerarse, incluso en los momentos más difíciles para lo que Manuel Vázquez Montalbán llamó “peatones de la historia”. Los y las de abajo.

El movimiento obrero fue, sin lugar a duda, la columna vertebral que articuló sociopolíticamente a la Asturias del siglo XX, la fuerza social que movilizó a más gente, la que más consistentemente ejerció la hegemonía política y en ocasiones cultural, la que predominó en condiciones democráticas y la que incluso en clandestinidad logro erigirse en serio desafío para una larga y férrea dictadura. Tampoco es preciso ser alienígena para constatar el asombro de historiadores venidos de otras latitudes cuando descubren que episodios tan descollantes como una insurrección obrera comparable a la Comuna de París o una resistencia antifascista equiparable a la de otros movimientos partisanos no están reflejados en museo alguno. Más bien parece que los gobernantes asturianos prefieren esconderlo a los visitantes y escondérselo a sus propios ciudadanos. Sólo así se entiende que acontecimientos y fenómenos tan importantes no hayan sido ni siquiera merecedores de exposiciones retrospectivas.

Exposición en Barcelona dedicada al líder de la CNT Salvador Seguí.
Museo de la Resistencia Democrática de Lisboa.
Exposición sobre la Viena Roja (1919-1934).

Un museo del movimiento obrero asturiano debería ser el lugar para explicar y difundir todo eso: la historia de la clase trabajadora y sus organizaciones, desde sus orígenes como grupo social con una conciencia, cultura e identidad propias, hasta un presente marcado por las incertidumbres de la era postindustrial. La alternativa es seguir apostando por una desmemoria que nos siga convirtiendo a nosotros en los alienígenas, ignorantes de nuestra propio pasado como sociedad. Ignorarnos a nosotros mismos, ahondar en el borrado de nuestra memoria, olvidar a aquellos que nos precedieron, negarnos a recoger el testigo de quienes con mayor o menor fortuna lucharon por construir un futuro mejor para quienes vinieran detrás. Es, ni más ni menos, que renunciar a contar lo que somos, de dónde venimos y cómo hemos llegado hasta aquí. Su memoria sirve para entendernos como sociedad y para proyectarnos. Negarla es negarnos a nosotros mismos. Explicar por qué razones ese museo no existe ya es sin duda posible, pero no hará menos inexplicable que ni siquiera se haya intentado seriamente hasta ahora y que no existan más voces que clamen por ello.

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