Pan y rosas

Durante los meses de confinamiento por COVID-19 el mundo se refugió indiscutiblemente en la cultura.

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Dalia Alonso
Dalia Alonso
Es filóloga y escritora.

El lenguaje político y, concretamente, el eslogan, es quizá la muestra más cercana de la importancia de las palabras, más cuando hay que ser breve. En estos días de campaña electoral nos rodean las frases vacuas que pretenden ser ingeniosas y que no muestran más interés en las ideas que en recabar votos. Merece la pena recordar algunos de los grandes lemas del pasado, aquellos que en pocas palabras conseguían reunir todo un mundo de significado e ideología.

Es el caso de “Bread and roses”, “Pan y rosas”, popularizado por la sufragista estadounidense Helen Todd durante una huelga textil a principios del siglo XX. El lema nos recuerda inevitablemente a Celaya y su cantor Paco Ibáñez: si estos pedían “poesía necesaria como el pan de cada día”, Todd reclamaba que la mujer obrera debía tener derecho a cubrir sus necesidades básicas, el pan, pero también sus necesidades vitales, las rosas. Como necesidades vitales se comprende todo aquello que, en momentos de necesidad extrema, puede parecer superficial y no lo es: la educación, la belleza y, en suma, la cultura.

Pongamos un ejemplo reciente. Durante los meses de confinamiento por COVID-19 el mundo se refugió indiscutiblemente en la cultura. Quienes tuvimos la suerte de tener el pan agradecimos más que nunca las rosas: las redes sociales se convirtieron en un ágora invisible donde todos mostrábamos lo que estábamos haciendo, casi siempre cosas que habían requerido el trabajo previo de otra persona, ya sea música, libros o formato audiovisual.

En esos momentos, sin embargo, no muchos nos hicimos la pregunta fundamental: ¿tenían pan los que nos daban las rosas? La respuesta, en la mayor parte de los casos, era negativa. En esos tiempos se llenó también Internet de quejas de artistas que, ante la política de cancelación de muchas salas y teatros, se habían quedado sin ingresos de manera indefinida, sin opción a casi ninguna prestación social y desde luego sin el apoyo de un gran público que nunca ha llegado del todo a comprender que el trabajo cultural es trabajo. Hubo medidas de emergencia y apoyo estatal, pero siempre insuficientes y a veces limosneras. Mientras el mundo se centraba en salvar a (algunas) empresas, seguía sin haber conciencia de que la cultura también es motor económico y, por qué no decirlo, también la construyen las empresas.

No nos podemos quejar en Asturias de la ausencia de apoyo institucional a la industria cultural. En Oviedo, aunque hay una clara predominancia de la música clásica, casi cada día encontramos alternativas para todos los gustos y colores, muchas veces gratuitas. La iniciativa pública y la privada se complementan bien y la ciudad famosa por dormir la siesta está bien despierta si se sabe buscar. A pesar de ser una región pequeña, la programación de los ayuntamientos es abundante y variada, al menos respecto a la que ofrecen otras regiones de características similares. En el Palacio de Festivales de Santander, por poner un ejemplo, se ha programado para el primer semestre del año 2023 lo que en Oviedo y Gijón para dos o tres semanas.

Foto: David Aguilar Sánchez

¿Y qué pasa entonces con la gente de a pie? ¿Somos conscientes de la importancia de la cultura, de lo que encierra el lema “pan y rosas”, y de la suerte que tenemos de que en Asturias abunden los eventos culturales? Y, sobre todo, ¿somos los asturianos conscientes de que el trabajo cultural es trabajo?

La sensación general es que no. La reflexión que se pudo hacer después de la pandemia a propósito de la importancia de la cultura en nuestras vidas simplemente no se hizo y, tres años después, muchos siguen viendo a los obreros y obreras de la cultura como personas que tienen un hobbie que les ocupa mucho tiempo. Sobre la remuneración, ni hablamos: quienes intentamos hacernos un hueco en el sector nos cansamos de hacer trabajo poco o nada remunerado, sin tener siquiera en cuenta el tema de los cachés.

Si queremos que Asturias y Oviedo sigan ofreciendo la oferta cultural actual, debemos cuidar el pan de los artistas. La cultura no es un capricho, sino una necesidad: la necesitamos para vivir y no solamente existir. Los eventos gratuitos y la difusión de la cultura por Internet crean un espejismo en el que parece que los creadores no obtienen beneficios por su trabajo, pero la realidad es que, de no ser por el apoyo de los promotores públicos o privados, sería imposible sostener un modelo de ciudad como el que tenemos actualmente. ¿Qué pasaría si se dejara de financiar la oferta cultural? ¿No debemos apoyar la remuneración justa de quienes nos dan las rosas para poder disfrutar de ellas? Para lograr una ciudad donde la cultura tenga su justo lugar debemos tener muy claro que el artista es un trabajador más. Si lo artístico se crea con amor, no sea crea solo por amor.

De modo que démosle una vuelta al lema de Helen Todd y pidamos, en Asturias y en el mundo, pan y rosas. Pero pidamos también pan para los que nos dan las rosas.

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