La Salvaje cumple ocho años. El local ovetense ha funcionado como una encrucijada de caminos musicales, entre Seattle y Manchester, entre Madrid y Granada. Es uno de esos garitos donde la gente corriente ya no escucha vinilos, los mastica. En estos ocho años, la muchachada ha parado por allí con tal de que la música le cambiase el mal sabor de boca. El ambiente siempre ha sido tan distendido que es posible que algún cliente te presente a tu novia.
La Salvaje cumple ocho años. Ya no somos chiquillos. Nada es como entonces, entonces no éramos nada y ahora, bueno, ahora suena La Paloma, mientras nosotros seguimos empantanados en una juventud donde la horas tardan semanas en pasar. Hace ocho años amabas tanto que eras capaz de romper con tu chica sólo por amor y si sonaba algún tema de los Smith o de pronto alguien pinchaba Creep, sentías que el siglo te caía encima como una losa que sólo podías arrastrar si te enchufaban otro par de copas.

En realidad, sobre el sofá de La Salvaje se ha hecho de todo menos meterse mano y arrimar la boca. La gente es muy formal. Las tardes y las noches han transcurrido todo este tiempo sin demasiados altibajos. Estudiantes universitarios, locos amantes del indie, algún funcionario y jóvenes que parecían haber recorrido un millón de vidas sin haber comprendido absolutamente nada mientras perdían el tiempo con la suya.

Todos los viernes o todos los sábados, se congregaban unos cuantos en la puerta para fumarse un cigarrillo, mientras las malas compañías hacían cola en el piso de enfrente, donde se mercaba veneno con aroma a farmacia. La vida social se ha hecho siempre en la parte de arriba, donde es fácil conocer con precisión las intenciones de todos los tipos solitarios que se apostan en la barra. Conocí a uno que se sabía toda la discografía de Nick Cave. Aunque nunca había sido padre, se sentía huérfano de aquellos dos pobres hijos condenados a la tumba. También charlé con aquel tipo que se había divorciado de la mujer que nunca había conocido. No creía en el matrimonio pero sí mantenía la fe en la separación de bienes. En el fondo, era un tipo desahuciado que había perdido su casa y su trabajo y ya sólo encontraba esperanza en la luz crepuscular de las lámparas cuando ya estaba vacío. También conocí a aquella chica que podía soportar que le partieran el corazón, pero nunca que le interrumpieran un concierto con un susurro al oído. Gente digna que acudía a beber y escuchar a las jóvenes promesas del momento y el sonido patrio.

No era una joven promesa pero será el próximo Bob Dylan. Recuerdo tres conciertos de Micah P. Hinson. En el primero cantaba borracho. En el segundo parecía un becerro adormilado al que acababan de parir. En el tercero, fumaba y bebía leche de la Central Asturiana como un bebé al que habían raptado de un presidio. Su voz quebrada te revolvía por dentro, mientras a 500 km estaba la mujer que siempre habías amado y nunca estaba allí.
Uno ama los garitos, como ama las ciudades, porque siempre ha amado a un hombre o a una mujer que pasaron por ahí. Me gusta La Salvaje porque es la clase de sitio que todo el mundo dice haber conocido en algún lugar pero nunca ha pisado. La Salvaje es un lugar que se sueña. Es como esa clase de mujeres que te fascinan porque al conocerlas, crees que las has leído en alguna parte. Sí, son leyenda y lo seguirán siendo, así que pasen otros ocho años.



























