Concrete Valley es una película dirigida por Antoine Bourges que compite en la sección Retueyos del FICX. Son noventa minutos de una propuesta que no es apta para todos los públicos, pero cuyo público sale de la sala absorbido por lo que acaba de ver. Hora y media de una trama tan sutil que prácticamente está escondida en este estudio de personajes que tienen tanto de real. En cierta forma, hay algo de documental en Concrete Valley.
La mayor parte de los actores empleados en esta película canadiense no son profesionales, emigrantes a los que entrevistó antes de la película y de quienes incorporó al guion diferentes historias para crear los personajes. De esta forma, Bourges nos mete en la cotidianeidad de una familia en un barrio de mayoría emigrante y de cómo intentan adaptarse a un entorno muy alejado del que llegaron.

El padre es un médico sirio sin licencia para ejercer en Canadá que sin embargo se rebela hacia los trabajos que le ofrecen por debajo de lo que él entiende que se merece, e ilegalmente intentan encontrar pacientes en el vecindario. Su mujer, que había sido actriz en Siria, trabaja en una tienda, si bien está encontrando en una organización social el modo de integrarse y hacer cosas que le gustan. El cuidado de su hijo es lo más importante para la pareja. Seguramente, fue por él que debieron dejar todo atrás para venirse a otro continente, a pesar de que las frustraciones adultas en cada uno se muestran evidentes a medida que avanza la película.

Desde el principio, hay una sensación incómoda, una tensión no explicada. Esta explicación no llega completamente. Ni siquiera al final. Sabemos que el matrimonio no está en su mejor momento. No sabemos desde cuándo, ni si tendrá solución. Puede parecer que la sucesión de escenas están inconexas. Como la vida misma. La continuidad es una ilusión que el cine explota, aunque cada cineasta lo hace de forma distinta. En Concrete Valley los actores no profesionales aportan veracidad a esta tensión, a esta discontinuidad aparente, a esa verdad que desprenden sus miradas en ese entorno y esas sensaciones que tan bien conocen ellos.
Es a través de ellos que el espectador debe subirse a la película. A ellos y a los pequeños detalles cotidianos. Sutiles. Lentos. Dolorosos. No hay un clímax climático. Habrá quien lo eche en falta, pero en realidad no lo necesita. La construcción debe ser hecha a partir de lo que el público sea capaz de recolectar en esta película que es mucho, un drama social mucho más universal que el valle de hormigón donde está ubicado.



























