En los EEUU la pena de muerte existe como práctica habitual. Claro que su aplicación tiene por destino generalmente a personas de ámbitos sociales vulnerables, y más concretamente a personas negras. Nunca a poderosos, y menos a gente con tanto poder como los ministros de exteriores, allí llamados secretarios de estado, la mayoría de los cuales acumulan un prontuario criminal exacerbado. Puede que uno de los que más, de los más criminales en cuanto a número de personas eliminadas con su poder, sea el recientemente fallecido Henry K.
Henry K. nunca se jubiló de su enorme influencia “geoestratégica”. Una influencia que mantuvo a través de su empresa consultora. Cumplidos los 100 años todavía realizó este año última visita a China.
Nacido en Alemania, tendría el más relevante de los papeles en auspiciar las dictaduras militares en Latinoamérica y en apoyar en España a la dictadura franquista.
Todavía hoy se siguen investigando papeles de los planes de exterminio aplicados en el Cono Sur, como la muy conocida Operación Cóndor, que coordinaba a las dictaduras con EEUU para eliminar resistentes demócratas en términos industriales. Y es que como se ha estado recordando este septiembre, a 50 años del Golpazo en Chile, si alguien tiene mayor responsabilidad que Pinochet en aquella asonada cruentísima fue el propio Henry K.

En el caso argentino se le señala como el asesor de la política de desapariciones forzadas. Se quería así dar una imagen diferenciada de la represión ejecutada a plena luz del día en Chile.
Recordar a Kissinger es mencionar obviamente a un criminal de guerra, pero que lejos de ser enjuiciado por su masivos crímenes fue premiado nada menos que con el Nobel de la Paz al término de una guerra, la de Vietnam, en la que sigue siendo imposible cuantificar los miles de toneladas de bombas empleadas por el Ejército norteamericano en desbaratar el país.
Y tras Vietnam, Laos, Camboya, Pakistán…
No se puede recordar a Kissinger sin tener en cuenta la obviedad de que fue el protegido de multimillonarios como Rockefeller, que le ayudó a encumbrarse en la universidad y en el gobierno para llevar a cabo sus intereses particulares, sin importar que para ello se destruyeran países, territorios y millones de vidas.

Además de apoyar las guerras expansionistas y coloniales de Israel, también propició la guerra en Angola e impidió la autodeterminación del Sahara Occidental y de Timor, ex colonias española y portuguesa, invadidas por Marruecos e Indonesia, con regímenes anticomunistas alineados con los EEUU.
“La única impunidad de que Henry Kissinger disfruta es rango, huele que apesta. En nombre de las innumerables víctimas, conocidas y desconocidas, es hora de que la justicia intervenga” escribió el periodista y escritor Christopher Hitchens, ya fallecido, en su libro “Juicio a Kissinger”.
No le pudimos juzgar, pero sí abuchear en 1993 cuando fue invitado por La Nueva España y la Universidad de Oviedo a dar una conferencia en el Teatro Campoamor. Le pagaron 11 millones de pesetas.
En su lápida deberían figurar los millones de muertes cometidas bajo su responsabilidad.



























