Antonín el de Santiago había estado en Cuba, de cuando la guerra, la guerra de Cuba. Era viejísimo, claro. Desde allí, además de con las miserias que no contaba, se embarcó de vuelta con los nombres para las vacas de su casa con los que regalaba un toque caribeño a los crepúsculos del estío, cuando todo el ganado del pueblo se arremolinaba para beber en la fonte y el estrecho callejón del abrevadero cobraba aires de atasco urbano. Si las voces que más se repetían eran Serrana, Artillera, Linda o Pastora, todos los niños del pueblo vibraban al oír a los de casa Santiago llamar a sus animales: Habanera, Mulata, Cubana…
A pesar de que su abuela insistía en que Antonín mentía como un bellaco, al niño le fascinaba sentarse con aquel hombre arrugado y escuchar sus relatos.
– ¿Tú sabes que los gallos puenen un güevu una vez na so vida? -le preguntó un día el anciano. El niño había oído hablar del huevo del gallo en muchas ocasiones, incluso había visto alguno, un óvulo blando y elástico que muy de tarde en tarde aparecía mezclado con los huevos de las pitas. Pero cuando Antonín le formuló la pregunta con ese tono confidencial, estaba seguro de que al fin alcanzaría a conocer respuesta a algo que siempre le despertaba serias dudas.
-Cuando los gallos saben que van morrer, súbense a un árbol, puenen un güevu y, hala, asina morren- Y el niño pensó algo así “Vale que podían saber que se iban a morir, vale que ponían un huevo, pero lo de subirse al árbol…”. No, esto último no encajaba. Él observaba minuciosamente a las gallinas y sabía de sobra las dificultades que tenían para emprender un vuelo libre cuando las obligaba a saltar de algún altillo tras atraerlas con granos de maíz. Las gallinas que él conocía no eran capaces de elevarse más allá de un desgarbado y despavorido brinco cuando se sentían arrinconadas.
-¿Y para qué se suben a un árbol?
Antonín soltó su risa desdentada.
-Porque d’esi güevu nun sal un pitín. D’esi güevu sal -e hizo una pausa- ¡¡un loro!!

Tengo la sensación de que los niños y los jóvenes se mezclan cada vez menos con los viejos. Las personas mayores -que no olvidemos que en pocos años serán, seremos, mayoría de una sociedad europea envejecida- han pasado a formar una especie de tribu de la que vivimos alejada. Se embarcan, los embarcamos, en viajes del IMSERSO o en cruceros, los metemos en residencias o en centros de día. Pasa un poco como con los niños, los mantenemos alejados de nuestras agendas. Sí, están ahí, pero casi como está el perro al que sacamos a pasear tres veces al día.
Una de las cosas que más me llamó la atención viajando por el norte de Escocia, fue cómo en los pubs de pequeñas poblaciones alternaban juntas personas de muy distinta edad, viejos muy viejos con chavales veinteañeros compartiendo espacio. Y allí estaban, muchos charlando entre grandes risotadas e incluso bailando, cada cual como podía, en los conciertos. Esta es una escena que nos resultaría insólita en España fuera de algunos ambientes rurales cada vez más puntuales.
Los viejos follan, se drogan, sueñan, tienen curiosidad exactamente igual que el resto de la humanidad. Y además, asumámoslo, va a ser cada vez más mayoritario que siga sucediendo porque cabalgamos hacia una demografía de viejos.

Las mezclas son buenas, nos enriquecen. Esto, que afortunadamente cada vez impregna a más personas, no es solo aplicable a las procedencias, a las culturas o a la cocina, esto también aplica a mezclarnos con personas de distintas edades.
A mí me jode mucho cuando escucho a un padre decir a un niño “Es que eso no lo entiendes”. No, mira, los niños entienden todo. Lo que tenemos que hacer es el puto esfuerzo de usar el lenguaje amoldado a los niños. Pues lo mismo con los viejos. Los viejos son viejos, y los niños son niños, pero no son gilipollas salvo que seas gilipollas, algo que puedes padecer con veinte -mirad esos días de Ferraz- o con ochenta -como nos ha demostrado recientemente un tal Felipe-.

La vida me ha regalado conocer a muchas personas viejas, compartir con ellas muchos momentos y conversaciones, como aquel con Antonín el de casa Santiago. Y ahora estoy seguro de que aquel paisanín tenía razón. Poco importaba el hecho de que nadie hubiese visto loros en Taraé, ni en Llomes, ni en Argancinas ni en toda la redolada. El loro aquel, después de eclosionar, salía volando de noche y cruzaba el Atlántico hasta llegar a las selvas cubanas.



























