Napoleón en Asturias: cuando la Grande Armée saqueó Oviedo

En mayo de 1809, una división de 3.000 infantes y 300 jinetes, al mando del mariscal Michel Ney tomaban la capital asturiana.

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T.S Norio
T.S Norio
Escritor y librero. Autor de "El vicio de Napoleón".

En los grandes libros panorámicos sobre la vida y la época de Napoleón, la guerra de la Independencia Española (la guerra Peninsular, para los ingleses; la «maldita guerra de España», según el propio Napoleón) no suele ocupar más de un capítulo. Interesan más las maquinaciones de la diplomacia imperial francesa para llevar a la familia real española a Bayona, apropiarse de su corona y convertir en otra provincia del imperio la península Ibérica. Se habla del levantamiento del Dos de Mayo, de la derrota francesa en Bailén (la primera en campo abierto de los ejércitos napoleónicos), cuya noticia corrió por las postas y los telégrafos ópticos a todas las cancillerías de Europa; del enfado iracundo de Napoleón ante lo que consideraba incompetencia de su hermano José, al que había quitado de rey en Nápoles para ponerlo de rey en Madrid; incompetencia de sus mariscales y hasta incompetencia del servicio imperial de correos. Todo lo quería controlar en persona Napoleón, dueño y jefe a la vez de su cotarro, patriarca del clan de los Buonaparte, general de todos los ejércitos y emperador de Europa. «¡Tengo que hacerlo siempre yo todo!», clamaba apremiado. San Napoleón sería el patrón perfecto para un gremio de autónomo

De manera que, en noviembre de 1808, Napoleón I, el chaval aquel corso que había hecho carrera en París, había dado un golpe de Estado y había terminado de emperador, se vino en persona para España al mando de un ejército de 250.000 hombres, tomó Madrid tras enviar a los lanceros de la caballería polaca a abrirse paso a muerte en el puerto de Somosierra y, enseguida de haberse instalado en la capital, salió de nuevo hacia el norte en persecución de los ingleses. Cuando ya les pisaba los talones, en los primeros días de 1809, estando en Astorga, llegó un correo de París con cartas que le advertían sobre una inminente agresión de Austria y sobre un complot para derrocarle, dejó la campaña en manos de sus mariscales y se volvió a París a uña de caballo.

El 2 de Mayo de 1808 en Madrid visto por Goya.

Pero había que sojuzgar a las provincias rebeldes. Asturias había sido, tras la entrada de los franceses en España, el primer territorio en insurreccionarse oficialmente y proclamar, a través de una Junta Suprema del Gobierno de Asturias, su soberanía. En cierta manera, había sido una casualidad: la Junta General del Principado de Asturias celebraba su reunión trienal los primeros días mayo de 1808, justo cuando habían llegado a Oviedo las noticias del levantamiento en Madrid.

Placa en recuerdo del levantamiento de 1808.

Así que en cuanto llegó la primavera, en mayo de 1809, una división de 3.000 infantes y 300 jinetes, al mando del mariscal Michel Ney, entró en Asturias por Cangas de Tineo hasta Salas (se ha discutido académicamente si fue por Leitariegos o por Rañadoiro), solventó una escaramuza en el desfiladero de Peñaflor (los españoles disponían de sólo un cañón —dos, según otras fuentes- y al artillero le mataron pronto; los franceses pasaron a cuchillo a los cien prisioneros que habían hecho) y llegaron a La Argañosa, a tiro de piedra de Oviedo. Allí las tropas se dividieron en dos columnas: por los Pilares, una; por el Campo de San Francisco la otra, entraron en la ciudad y la hallaron vacía. Todos se habían ido.

Retrato de Michel Ney.

Ocurría que, en el año transcurrido desde la entrada de los franceses en España, los jefes civiles y militares encargados de dirigir la lucha contra la ocupación se habían sumido en un lodazal de recelos y querellas entre ellos y no atendían a más. Ninguna junta provincial quería que sus fuerzas estuviesen bajo la autoridad de otra junta vecina, y cada una, para pasmo de sus aliados ingleses, hacía la guerra por su cuenta. El presidente de la Junta de Asturias, el marqués de Santa Cruz de Marcenado, que había encabezado el levantamiento y había sido nombrado capitán general para enfrentarse al enemigo, se había marchado meses antes a Cádiz, huyendo -o cansado- de las maquinaciones de otros junteros, de las de las autoridades nacionales y hasta parece que de las del propio Gaspar Melchor de Jovellanos.

Reclutamiento de tropas patriotas en el Campo San Francisco de Oviedo. Grabado de J. Cuevas.

Enseguida, la Junta Suprema de Asturias fue disuelta y se creo una nueva: la Junta de Armamento y Obervación. A su cargo se puso a otro noble: el general Pedro Caro Surenda, marqués de la Romana, que venía de luchar al lado de los ingleses en Dinamarca. Pero dio lo mismo. Nacida ya empozoñada de desavenencias, la Junta de Armamento y Observación no se enteró de la entrada de las tropas francesas hasta que éstas estaban a la vera del Nalón, improvisó para Oviedo una línea de defensa con cuatro sacos de arena y cuatro parapetos y llamó a defender, con una retórica de lo más heroica, la ciudad. Nadie hizo caso: de 6.000 habitantes quedaron 300. Consta apenas una pequeña resistencia: vecinos de Morcín y de Ribera de Arriba fueron a Oviedo, «recogieron fusiles y piedras de chispa de la casa de armas y las llevaron consigo». Las investigaciones en los archivos  parroquiales recuentan tres muertos a consecuencia de la ocupación en la parroquia de San Juan. Un eclesiástico -el canónigo Nava-, a caballo, con una escopeta, se lanzó por las calles contra los ocupantes y fue abatido. Ney se hizo con la ciudad y dio a sus tropas carta blanca para el saqueo. Cuando no había pasado ni un mes y habían arrasado con todo, se fueron.

Mapa de las incursiones francesas en Asturias.

Fue el primer saqueo. En enero de 1810 la saqueó de nuevo el general Bonet, que había entrado por el oriente. Esa vez Oviedo estuvo ocupado durante año y medio, bajo el hostigamiento incesante de las guerrillas y las alarmas asturianas. Entre noviembre de 1811 y enero de 1812 volvió a ser tomada, y, por cuarta vez, de mayo a junio de ese año.
Pero los saqueos no vinieron sólo de los franceses. En una carta a los marqueses de Santa Cruz escrita durante el verano de 1809, uno de los huidos de Oviedo, Juan Francisco de Aulestia, reparte culpas entre propios y extraños:

«Cuando ya marcharon los enemigos de la capital, me vine a ella y en las casas de V. E., mía y de otros muchos, se hallaron todos los muebles y efectos robados en la mayor parte y los que no hechos pedazos, inservibles. Sin dejar vidriera, cerradura, puerta ni ventana que no padeciese la misma suerte, y lo propio algunos tabiques y paredes, en lo cual me sobraron también los malos y desafectos paisanos, que en esta clase se distinguieron poco a los enemigos, con la diferencia de que éstos se tiraban a las plata, alhajas y ropas y los otros a todo esto y a los asientos y muebles, caminando de acuerdo los de las dos casas en destrozos y daños.»

Jovellanos retratado por Goya.

Luego cuenta de casas quemadas, de una marquesa a la que habían cogido en Olloniego con todo su equipaje de alhajas, dinero y ropas, «que pasaba de cuatrocientos mil reales»; de un carro con ajuar de cama que unos aldeanos de ideas diabólicas habían requisado a beneficio propio en la Barreda; de otro carro con ropa, requisado por asturianos en el camín de la Pola, y se lamenta de que ha tenido que dormir sin sábanas y no se ha podido cambiar de camisa. Para terminar, recuenta los muertos: «Si detallásemos el todo de lo ocurrido, sería una obra mayor que la del Aulense».

Al final, Oviedo quedó en pie y volvió a la vida. Cinco años después, cuando Napoleón entró en Moscú con un ejército de 600.000 hombres, 250.000 caballos y 30.000 carros , los rusos también abandonaron su capital, pero ellos la prendieron fuego y tres cuartas partes de Moscú desaparecieron convertidas en ceniza.

El mariscal Ney en Rusia. Obra de Adolphe Yvon de 1856.

En cuanto a Ney, Michel Ney, mariscal del ejército francés, duque de Elchingen, príncipe de la Moscova, el Pelirrojo, el Roxiu, el Saqueador de Oviedo, se trata de uno de los grandes personajes de las guerras napoleónicas. Ney era sobre todo un inmenso soldado. Había nacido en 1769, el mismo año que Napoleón. Era hijo de un tonelero, y medio alemán por parte de madre. Se unió al ejército cuando estalló la Revolución Francesa y en menos de diez años era general. Cuando Napoleón le nombró mariscal tenía 35 años. Era fiero y valiente. Nada le detenía. Pero como estratega le perdía el ardor, se lanzaba a la carga sin medir las consecuencias y la pifió en batallas decisivas (en Waterloo, sobre todo). Era además de natural rebelde y, excepto a Napoleón, no obedecía a nadie. Su mejor momento fue en la campaña de Rusia: encargado por Napoleón de cubrir la retaguardia durante la retirada, Ney resiste durante cuarenta días todas las embestidas de los cosacos, defiende en el río Beresina, junto con una docena de soldados, un puente crucial para la huida del ejército. Al saber de la hazaña, Napoleón, que ya daba a Ney por muerto, le proclama «valiente entre valientes».

‘Napoleón cruzando los Alpes’. 1801-1802. Óleo sobre lienzo. 232 x 271 cm (91,3 x 106,7 in). Pintura de Jaquess- Louis David. Museo de Historia de Francia, Versalles, Francia.

Ney fue el último soldado de la Grande Armée en abandonar el suelo ruso. Pero después de la derrota de Leipzig, fue de los que forzaron a Napoleón a abdicar. Luis XVIII le ratificó en sus cargos, y cuando Napoleón se escapó de la isla de Elba y puso camino a París, Ney recibió órdenes para que saliese al paso del huido y le apresase. Ney le prometió al rey que le traería a Napoleón metido en una jaula, pero cuando se encontraron al fin en campo abierto, en el medio de la Borgoña, bastaron una carta y cuatro palabras de Napoleón para que Ney se pasase, entre las aclamaciones de su ejército, a las filas de su antiguo jefe.

Ney no tuvo una segunda oportunidad. Tras la debacle de Waterloo se refugió en el suroeste de Francia. Allí los realistas le prendieron, le devolvieron a París, le juzgaron, le condenaron por traición y le fusilaron. Él mismo dio al pelotón la orden de hacer fuego. Desde el momento en que se anunció la ejecución del que era tenido unánimemente por un héroe nacional, Francia se sumió en la tristeza. Se cuenta que hasta el mismo rey Borbón especuló con propiciar su fuga. Pronto surgió una leyenda: a Ney, el día que le iban a fusilar, no le fusilaron. Sea por sus vínculos con la masonería o por consideración militar, se le suplantó en el fusilamiento y se le ayudó a huir a Estados Unidos con una identidad falsa. Ney se convirtió en Peter Suart y se radicó en una villa de Carolina del Norte (Cleveland) como un adusto, lacónico y respetado maestro de escuela. Pero a veces bebía de más y se le escapaban confidencias sobre su auténtica identidad: relataba con exactitud las batallas en las que había luchado, mostraba sus cicatrices y ostentaba un orgullo de viejo húsar. Su círculo en Cleveland sospechó la verdad, pero se conjuró para proteger al insigne vecino. Murió el 15 de noviembre de 1846, con 77 años. Entre sus cosas se encontró un carpeta con poemas que nunca había mostrado a nadie. La caligrafía fue peritada. Se certificó que era la de Ney. Uno de los poemas comenzaba: “Aunque fui bravo entre los bravos, mi pluma y mi bastón se fueron…”.

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