“Sí, sí, sí, Asturies Zapatista”

Se cumplen 30 años del levantamiento del EZLN en Chiapas, una insurrección contra el neoliberalismo que desató una ola internacional de solidaridad.

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Diego Díaz Alonso
Diego Díaz Alonso
Historiador y activista social. Escribió en La Nueva España, Les Noticies, Diagonal y Atlántica XXII. Colabora en El Salto y dirige Nortes.

“Cuantu conseyeru, cuantu petromochu/ cuantu dineru, cuantu gochu/ Non, non, non, apúntate a la llista/Sí, sí, sí, Asturies Zapatista” cantaban en 1995 Dixebra en la canción “Zapatista”, homenaje, velado o no, al legendario “Sandinista” de The Clash.

Que un grupo asturiano decidiera dedicar al zapatismo una de las canciones su álbum, e incluso uno de los personajes de su portada, no era ninguna excentricidad. El alzamiento zapatista, iniciado el uno de enero de 1994 para denunciar la entrada en vigor ese día del tratado de libre comercio Canadá, EEUU, México, daría la vuelta al mundo como la primera revuelta contra la globalización capitalista, y los ecos de la Primera Declaración de la Selva Lacandona llegarían a todos los rincones del planeta. También a Molleda, parroquia del concejo de Corvera en la que por entonces tenían su local de ensayo los integrantes de Dixebra.

Portada de “Apúntate a la llista” de Dixebra.

Hace ahora 30 años, cuando los zapatistas iniciaban su insurrección contra el Estado mexicano, empuñando por cierto la bandera nacional mexicana, además de la propia del Ejército Zapatista de Liberación Nacional, el mundo era otro, el neoliberalismo y los EEUU se habían alzado como vencedores indiscutibles de la guerra geopolítica y cultural contra el bloque socialista, las izquierdas y el movimiento obrero. Ni China, Irán, India o Rusia eran imaginables como competidores globales, y en el patio trasero latinoamericano reinaba la paz social tras dos décadas de dictaduras y gobiernos neoliberales, disciplinados aliados de los EEUU de Reagan y Bush. La sensación de triunfo era tan rotunda que incluso uno de los pensadores de moda en aquel momento, Francis Fukuyama, tuvo en 1992 la chulería de publicar “El fin de la historia”, un ensayo, devenido en best seller traducido a 20 lenguas, en el que se pronosticaba la imparable extensión de la democracia liberal a lo largo y ancho del planeta. El mundo, una vez terminada la Guerra Fría, se convertiría, según el politólogo norteamericano, en un lugar muy predecible y aburrido. Pocos libros han envejecido tan rápido y tan mal en la historia reciente.

Integrantes del EZLN. Foto: Wilkipedia.

En aquel contexto, el levantamiento del Ejercito Zapatista de Liberación Nacional, despertaría en toda la izquierda mundial, también en la asturiana, ilusiones, pasiones y entusiasmos desconocidos desde la revolución nicaragüense. En todo el mundo no tardarían en surgir comités y colectivos de apoyo a Chiapas, a menudo construidos sobre las redes que años antes habían organizado la solidaridad con el sandinismo, la última revolución de izquierdas victoriosa del siglo XX.

En todo el mundo no tardarían en surgir comités de apoyo a Chiapas, a menudo sobre las redes que años antes habían organizado la solidaridad con el sandinismo

Podemos resumir el levantamiento del EZLN como un fracaso militar y un éxito político. A la toma de San Cristobal de las Casas y otros municipios del estado de Chiapas, en el sur de México, siguió un fuerte despliegue del Ejército federal que frenó en seco el avance de unos guerrilleros voluntariosos, pero mal armados. Todo pudo haber acabado en una masacre de indígenas e izquierdistas, otra más en la historia de México, pero no fue así. La formidable ola de solidaridad nacional e internacional despertada por el alzamiento del EZLN impidió una carnicería en Chiapas y forzó al Gobierno mexicano a firmar en 1996 un acuerdo de paz por el que, grosso modo, los zapatistas abandonaban la guerra y a cambio lograban respeto para desarrollar su experimento socialista libertario en varios municipios autónomos de Chiapas.

Acto de la Plataforma Asturiana en Solidaridad con Chiapas.

En toda España surgirían colectivos de apoyo al zapatismo. Veteranos de los Comités de Solidaridad con América Latina surgidos en los 80 en apoyo a las revoluciones centroamericanas, y otras nuevas hornadas de activistas más jóvenes, confluirían en 1994 en la Plataforma Asturiana de Solidaridad con Chiapas.

El verano de 1996 casi 400 activistas españoles participaban Chiapas en el Primer Encuentro por Solidaridad y contra el Neoliberalismo, un gran congreso internacional que convertiría al EZLN en el nuevo gran referente mundial de las izquierdas que no habían perdido la esperanza en el socialismo.

Aquella “guerrilla postmoderna”, en palabras de Manuel Vázquez Montalbán, uno de los muchos intelectuales que viajó a Chipas para conocer de primera mano la experiencia zapatista, encajaba bien con una izquierda asturiana en la que el antimilitarismo había arraigado fuerte tras las campañas de insumisión al servicio militar. Después de las grandes movilizaciones contra la mili y el belicismo resultaba extraño el apoyo a un Ejército, excepto si este era uno tan sui géneris como el EZLN, y tenía un líder tan heterodoxo como el Subcomandante Marcos.

Ismael Serrano en un concierto de la Plataforma.
Ana Andrés Ablanedo, María José González y Ana Calleja, en un acto de la Plataforma.

Javier Arjona, uno de los militantes más activos de la Plataforma Asturiana, procedente del movimiento de solidaridad con Nicaragua, recuerda “aquella efervescencia que se hizo eco del zapatismo chiapaneco con reuniones llenas en los locales de los curas en San Isidoro, el de Comisiones de la calle Asturias 19 y el Arcu La Vieya”. Serían años de intensa actividad propagandística: muralismo, exposiciones en la Universidad, charlas, paelladas zapatistas, proyecciones de películas y mesas en los mercados y los rastros para repartir información o recoger firmas.

Celebración en Oviedo/Uviéu del aniversario del levantamiento.
Ocupación del consulado de Xixón.
Encuentro con Díaz Merchán.

“Desde la Plataforma se enviaron cantidades significativas de dinero a Chiapas, y nunca hubo déficit en sus cuentas: todas las inversiones en camisetas, en libros de cuentos de la Selva, en pins zapatudos, fueron beneficiosas, así como las fiestas, las celebraciones, las chocolatadas zapatistas y las giras de visitantes, gracias a la buena gestión colectiva de los pequeños recursos” señala este minero jubilado y militante internacionalista.

Mural en apoyo al EZLN.
Mural en Llangréu.

En el movimiento de solidaridad coincidieron varias generaciones. Los que venían de la lucha antifranquista, los que se habían politizado más tarde, en los años 80 y primeros 90, en el referéndum de la OTAN, la guerra del Golfo o las huelgas generales contra la política económica de Felipe González, y una generación más joven, bisagra entre el zapatismo y el nuevo movimiento antiglobalización, que eclosionaría en 1999 en las protestas de Seattle, EEUU. Eduardo Romero, uno de aquellos jóvenes entonces, recuerda que aquella fue su primera militancia. Recién llegado a la Universidad de Oviedo/Uviéu, tomó contacto con la plataforma en las aulas, a raíz de unas jornadas tituladas “¿México lindo?”. Aquello le impactó tanto que en el verano de 1996 viajó a Chiapas en una delegación de apoyo a los municipios zapatistas. Romero explica que se llevaría muchos de los aprendizajes del zapatismo a su militancia en el movimiento estudiantil, donde organizarían en el curso 1999/2000 una consulta popular vagamente inspirada en la Consulta por la Paz y la Democracia del EZLN en 1995. Visto desde hoy cree que hubo mucho de “idealización” y “fetichización” del zapatismo, pero también de innovación política y ruptura estética. “El zapatismo tuvo la capacidad de combinar lo mejor de la tradición de la izquierda clásica con las aportaciones del indigenismo” explica el autor de “¿Cómo va a ser la montaña un dios?”, para el que se trataba de un discurso “muy novedoso y sugerente”, con un componente poético que también resultaba rompedor con respecto a la prosa gris de la comunicación y la literatura de izquierdas. Eslóganes como “Para todos todo” o “Mandar obedeciendo” se convirtieron en esos años en consignas de una izquierda política y social que renovaba su lenguaje tras la caída del Muro de Berlín, la disolución de la URSS y la crisis de los partidos comunistas. Algunas de las organizaciones continuadoras de esta tradición estarían precisamente muy activas en el movimiento de solidaridad con Chiapas y el EZLN.

Manifestación frente al consulado de México en Xixón.
Concentración frente a Presidencia de Gobierno.

La plataforma, apunta Arjona, atravesó por distintas fases. En sus mejores momentos llegó a editar su propia revista, Tierra y Libertad, se entrevistó con el arzobispo Gabino Díaz Merchán para pedir su apoyo a la mediación internacional, organizó conciertos en el Teatro Jovellanos, el Campoamor y el Nuevo Teatro de La Felguera, así como manifestaciones de apoyo, como cuando se ocupó el consulado de México en Xixón para protestar por la matanza de Acteal, en la que 45 indígenas tzotiles perdieron la vida a manos de paramilitares.

Progresivamente el interés por Chiapas fue decayendo en las izquierdas mundiales, y también asturianas. Mantenerse 30 años en la agenda internacional no es fácil. El zapatismo, encerrado en sus municipios, realizó varios intentos por escapar del gueto y volver al centro del escenario. En algunos casos lo consiguió. En otros no. Mientras tanto aparecieron nuevos focos, más masivos, de desafío al neoliberalismo en Latinoamérica con la ola progresista iniciada con las victorias de Chávez en Venezuela (1999) y Lula en Brasil (2002). La crisis de 2008 produciría importantes movimientos de impugnación del neoliberalismo también en los estados del capitalismo central. En España, Grecia y otros países los movimientos tendrían su traslación en las urnas. El comunitarismo zapatista, el “cambiar el mundo sin tomar el poder”, como lo resumiría John Holloway, perdía atractivo frente al renovado interés de las izquierdas por la política institucional, los procesos electorales y la participación en los gobiernos. La gira internacional zapatista de 2021 pasó por Asturies, pero con buena parte de la militancia más interesada entonces en “tomar el poder para cambiar el mundo”.

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