Yendo el pasado fin de semana a la desembocadura del Guadalhorce a ver aves, mi amigo Isidro me puso una canción en el coche y me preguntó que si me sonaba de algo. No daba crédito: la narcótica voz de Christina Rosenvinge cantando a Safo. Era el Poema de la pasión, de su disco, recién publicado, Los versos sáficos. El camino hasta el Guadalhorce desde el centro de Málaga es muy corto y al llegar no sabíamos a qué pasión atender, a la de bajar del coche y correr a ver alcatraces, o a la de quedarnos tratando de adivinar a qué fragmento correspondía cada canción. Al llegar, el disco no había acabado, pero de momento habíamos acertado todas, es cierto que sin mérito alguno para filólogos clásicos amantes de la lírica griega arcaica.
La joya del volumen es Poema de la pasión. Se basa en el poema número 31 de Safo, una composición que trata del deseo femenino y sus síntomas físicos. Que hablar del deseo femenino no es fácil lo sabemos, que se lo cuenten a la anterior cúpula de Igualdad (por cierto: gracias por todo, anterior cúpula de Igualdad, y suerte en lo que venga). Safo lo hizo en el siglo VI a. C. En Poema de la pasión Christina Rosenvinge da vida, vida esplendorosa, a unos versos sáficos que habían sido maltratados por los traductores e intérpretes hasta límites, apetece decir, casi delictivos.
Resumen para quien no conozca el poema de Safo: lo que se llama Fragmento n. 31 es uno de los pocos poemas relativamente extensos que conservamos de Safo. Lo conocemos no por haberlo recuperado de un papiro hecho papilla, sino porque un crítico literario del siglo I d.C., al que solemos referirnos como Pseudo-Longino, lo recogió en su tratado Sobre lo sublime. Ahí alababa el arte de Safo, que supo reunir, decía el crítico, todos los síntomas físicos del amor en un solo poema. A continuación, citaba la composición en cuestión. No podemos decir que no nos diera contexto. ¿Cuáles eran esos síntomas?, ¿qué decía Safo que sentía ante la vista de la mujer amada? Lo siguiente: el corazón le salta en el pecho, no puede hablar porque la lengua se le quiebra, le corre fuego bajo la piel, los ojos no ven, los oídos le zumban, el sudor se extiende por la piel y… Dejémoslo ahí de momento porque el final, el “síntoma” final ha dado mucho que escribir y hay que preparar el cuerpo antes de llegar.
En la canción de Rosenvinge escuchamos estos versos, elaborados a partir de Safo: (…) Es verte y se me escapa de un salto el corazón. Mi lengua pierde el habla y sin fuerzas mi razón. (…) Mi piel esconde un río que abrasa mi interior, me zumban los oídos, se nubla mi visión. Tiemblo, estoy cubierta por gotas de sudor, más húmeda y más fresca que la hierba en su esplendor.
Aunque quien transmitió el poema de Safo nos dijo claramente que la poeta estaba describiendo aquí los síntomas del deseo, el poema fue interpretado sobre todo como un ataque de celos, o incluso de ansiedad. Lo que leemos es, dicen, han dicho, muchos expertos, la descripción de “un cuadro patológico” (si hay algún filólogo clásico en la sala sabrá de qué hablo) y no cómo la visión de la mujer amada afecta a quien la contempla.

¿Cómo explicamos semejante abismo entre lo que la crítica ha creído ver en el poema de Safo y la maravillosa canción de Christina Rosenvinge? Al menos hay dos razones tras ese abismo (en este caso explicar no significa justificar y mucho menos perdonar). Una es que al principio del poema de Safo (y de la canción de Rosenvinge) aparece un hombre. Una figura prescindible, lo siento, un mero recurso para comenzar a cantar las maravillas de la mujer amada: ese hombre es un dios, o eso le parece a Safo, simplemente porque tiene la suerte de sentarse al lado de Ella y escuchar su voz, su narcótica voz dice Rosenvinge. Pero la crítica ya tenía a un hombre, ya tenía al príncipe de la casa y podía hacer que todo girara en torno a él: Safo está celosa de ese ser random. La segunda razón, estrechamente ligada a la anterior, es la historia de un atentado contra la filología y los diccionarios. ¿Qué dice Safo al final del poema, donde Rosenvinge dice que está “más húmeda y más fresca que la hierba en su esplendor”? Lo mismo. En cambio, ¿qué dicen las traducciones de Safo? Que está “más pálida”, “más verde”, “más amarilla” que la hierba: ¡claro, está celosa del Hombre ese!
Pero hagámosle un poco de caso a ese crítico del siglo I d.C. que transmitió el poema de Safo y que decía que en él se hablaba de los síntomas del amor. Imagine la lectora que una mujer le dice que, al verla, le zumban los oídos, se le nubla la vista, el fuego recorre su piel… y que se ha puesto de color verde. Yo no sabría qué hacer. Si dijera que se ha puesto amarilla podría pensar que es ictericia, no sé de medicina, pero eso me suena. Lo del color verde me descolocaría. Y quiero pensar que a las demás les pasaría igual. En cambio, si te dicen lo que dice la canción de Rosenvinge, que es lo que dice Safo, sabes que eso es un SÍ (sí, Cayetana AT, eso es un sí, no hace falta ir al notario), una de las muchas formas de decir SÍ.
Tantas patadas al diccionario y a la tradición sáfica para no hablar del deseo femenino, para decir que la protagonista del poema estaba celosa, no excitada. Lo que dijera el autor de Lo sublime, que nos transmitió el poema, daba igual. ¿De verdad podía ser un síntoma del amor ponerse de color verde o amarillo? Claro que no, pero es que la idea que había que imponer era que estábamos ante un ataque de celos, de ansiedad, y no de deseo. El final del poema ya no sería el ‘final’ de los síntomas del deseo, ya no se sería un cuerpo al límite del orgasmo, sino un cuerpo enfermo de celos y frustración.
Hace años publiqué un par de trabajos sobre la traducción de este poema de Safo, defendiendo la lectura “húmeda” para ese verso final (hay razones filológicas de peso para defenderlo así, aunque este no es el sitio adecuado para exponerlas). Es la única lectura que tiene sentido. No conseguí que lo aceptaran en revistas de impacto (si alguien de la academia lee esto sabrá que hablo de uno de los círculos del infierno, el que ocupan los encargados de elaborar listas de revistas Q1, Q2…), pero igualmente lo publiqué y si todavía es difícil, pero no imposible, encontrar alguna traducción, en la lengua que sea, que no censure el deseo femenino (¡incluso Anne Carson traduce “greener than grass”!), la canción de Christina Rosenvinge seguramente hará el trabajo que la tradición clásica no ha conseguido hacer. El disco nos ha devuelto el deseo de Safo en todo su esplendor. Por mi parte, le deseo a Rosenvinge no ya un Grammy, sino el Premio Princesa de Asturias de las Artes, las Letras, o incluso la Concordia.



























