Resulta curioso que el texto que Íñigo Errejón y Marta Lois han elaborado para la ponencia política que apuntalará el proyecto de Sumar no contenga ni una sola vez la palabra “izquierda”. Se trata de una apuesta por la transversalidad, afirmaba este jueves Eldiario.es. Todavía no tengo muy claro si hace falta citar expresamente la palabra izquierda en la ponencia política de un partido de izquierdas, aunque de momento me basta simplemente con que se apliquen políticas de izquierdas. ¿Es necesario nombrar la rosa para que exista? Estoy seguro de que Enrique del Teso tiene una respuesta sencilla y lógica para esta pregunta. De momento, me conformo con que la naturaleza propia de Sumar predetermine antes de su propia escritura la existencia de una izquierda con un programa de izquierdas que encaje con su socio de gobierno y su programa de izquierdas.
Con Bob Pop recién aterrizado en Asturias para participar este viernes en la Caja de Resistencia de Mieres con su monólogo “Los días ajenos”, no sólo nos dedicamos a hablar de la izquierda sino que nos atrevemos a añadirle calificativos. Jugar a las palabras es también pensar en política, es también vivir y arriesgar.

La izquierda Barbie es, claro que sí, una izquierda de masas, quizá poco dada a las estructuras orgánicas de los partidos que se anclaron en el pasado, partidos clásicos que remiten también una izquierda trágica, metálica y bastante inquisitorial, una izquierda Oppenheimer. La izquierda Barbie, en cambio, es una izquierda etérea, ligera, perfumada, actualísima, coqueta y, en ocasiones, desvergonzada, una izquierda que se ríe de sí misma para que la gravedad de la melancolía no consiga arrastrarla a otra nueva derrota, derrota que, por cierto, siempre se parece a sí misma y siempre termina en un mismo lugar: la irrelevancia.

La película Barbie, dirigida por Greta Gerwig, ha resignificado a la muñeca cincuentona producida por Mattel que llegó a ser la expresión de un capitalismo heteropatriarcal y la máxima fetichización del “american way of life”. El otro gran icono de la fábrica de muñecos fue He-Man, estereotipo de la masculinidad que venía acompañado de un cómic, un relato, que se anticipaba a la imaginación de los niños. Al final, triunfó Barbie.
Pedro Sánchez también ha comprendido lo que es la izquierda Barbie porque él mismo ha fraguado junto a Yolanda Díaz este nuevo concepto. El presidente del Gobierno lo volvía a demostrar esta semana, a propósito de “Zorra”, la canción que ha ganado el Festival de Benidorm y representará a los españoles en el Festival de Eurovisión, cuando afirmó durante la entrevista con Ferreras, en Al rojo vivo, que “el feminismo, además de justo, es divertido”. No obstante, Pedro Sánchez ha sabido ecualizar el discurso, dotándolo de más nervio, más volumen y cargado de más sarcasmo (ahí tiene a su artillero Puente) ante una derecha tan incolora, inflamable y tóxica como el metanol.

“Zorra” de Nebulossa o Barbie, buscan resignificar una etiqueta machirula. Eso no quiere decir que la palabra “zorra” deje de ser una manera de descalificar a una mujer por su estilo, por sus hábitos o su autonomía, pero el revés de las palabras puede llegar a decirnos otras muchas cosas, incluso todas las contrarias. Ahí es donde opera la fuerza política, social y cultural que han ido acumulando a lo largo de la historia las mujeres. Y ahí, por supuesto, opera la fuerza del lenguaje a través de la analogía y la metáfora. De pronto, a través de un concurso y una canción, la palabra “zorra” nos entrega una mujer empoderada, fuerte o vulnerable, en cualquier caso, emancipada. En ese sentido, no tenemos ningún problema en confesar que todas nosotras somos bastante zorras. Y cada cual lo entienda como quiera.

La izquierda Barbie, frente a la derecha metanol, ha logrado emancipar el discurso político de gays, lesbianas y transexuales. A las mujeres, a los discapacitados, a quienes expresan su masculinidad en los términos que les de la gana, a todos aquellos que han vivido o, mejor dicho, sobrevivido, en los márgenes que la ortodoxia heteropatriarcal les ha permitido. El nuevo ciclo político carga consigo nuevas etiquetas. Maricones y bolleras, zorras y tullidos han conquistado con su risa espacios desde la marginalidad que les fue otorgada y hoy ocupan la centralidad del discurso político en el Congreso de los Diputados o en el Festival de Eurovisión a base de conquistar hectáreas del lenguaje.
Lo que más me fascina de Bob Pop es su magnética capacidad para desbordar la realidad con el lenguaje
A mi juicio, uno de los máximos exponentes de la izquierda Barbie es Bob Pop, un inteligentísimo y audaz intérprete del presente que, desde su discapacidad y desde su homosexualidad, ha abierto las ventanas de la radio y de la televisión para que en nuestras casas entrase aire fresco y mucha conciencia de clase obrera. El nuevo ciclo político no se comprende sólo con los análisis de Iván Redondo o Jaime Miquel por muy acertados que sean. Se hace necesario un demiurgo que aglutine una reflexión heterodoxa, liberal y perfectamente armada con su conciencia trabajadora desde la clase y desde la calle. Lo que más me fascina de Bob Pop es su magnética capacidad para desbordar la realidad con el lenguaje. Cuando la inteligencia se funde con la vulnerabilidad, la palabra se hace sexy y se hace también revolucionaria. Las cosas, de pronto, adquieren otro cariz, se transforman.
La izquierda Barbie ha conseguido que las minorías se gestionen a si mismas y desde otros órdenes institucionales de otra manera, partiendo de una fuerza insólita que permite transformar el significado de las palabras y que éstas, a su vez, logren cambiar la realidad. Se llama democracia. Se llama igualdad. Se llama solidaridad. La resignificación del diccionario tiene algo de acto revolucionario: “Nos hemos apropiado de un espacio que creaban los demás para nosotros y lo que estamos haciendo ahora es cargar con las etiquetas que ellos crearon para llevarlas a cualquier lugar”, cuenta Bob. Al lugar donde nos hagan sentir cohesionadamente más libres, socialmente más felices.

La risa es un acto de pragmatismo. La risa son también los hechos. Bob Pop dibuja permanentemente una sonrisa en nuestro rostro todos los lunes en la cadena Ser. Los hechos cotidianos de nuestra vida terminan convertidos en insólitos momentos que brillan como el plástico rosa de una muñeca en cuanto pasan a formar parte de una de sus listas. La risa es el resultado de una ironía, y la ironía es un arma poderosa capaz de romper la “fachosfera”. La mayor debilidad de la derecha española quizá sea su obtusa literalidad del sentido de las palabras. Esta grieta en su manera de comprender el discurso político les impide ver más allá de la superficie de las cosas y les permite impedir que los demás la vean. Y he ahí uno de los graves problemas que explica a nuestra derecha. “Su burbuja es muy fácil. Consiste en que las cosas deban girar de tal manera que los dueños sigan siendo los mismos”. El logos, llevado a su extrema literalidad, es como tratar de ver la bastedad del universo o del quark con una lente opaca que impidiera a cualquiera comprender lo compleja que es, en sí misma, la realidad.
“Desde lugares muy oscuros, es muy difícil mantener la risa y mantenerla en todo momento”, reconoce Bob. Frente a la agilidad y presteza de Barbie, la gravedad del átomo, esa minutísima parte de verdad y realidad que nos mantiene pegados a la tierra y nos inquieta. “Zorra” es una canción que está muy bien, “pero quizá debíamos habernos negado a participar en un festival que no ha expulsado a Israel después de haber cometido un genocidio”. Ay,



























