Esperando a Rodrigo García

El dramaturgo y director presenta en el Niemeyer "Cristo está en Tinder", un espectáculo sobre sexo, amor y algoritmo.

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Diego Díaz Alonso
Diego Díaz Alonso
Historiador y activista social. Escribió en La Nueva España, Les Noticies, Diagonal y Atlántica XXII. Colabora en El Salto y dirige Nortes.

Nacido en 1964 en Buenos Aires, hijo de dos emigrantes gallegos, Rodrigo García es uno de los grandes renovadores del teatro español y uno de sus autores más representados fuera de nuestras fronteras.

Vivió su infancia y adolescencia en un barrio proletario, chabolista, durante la dictadura militar de Videla, y según su propia confesión, fueron el cine, la literatura y el teatro lo que le salvaron de convertirse en un delincuente juvenil o un adicto al pegamento. Llegó a España, el país en el que ha desarrollado la mayor parte de su carrera, en 1986, en plena movida madrileña, para trabajar en publicidad al mismo tiempo que trataba de abrirse un hueco en la escena independiente teatral, todavía muy reducida en aquel momento.

A finales de los 80 funda el grupo La Carnicería, homenaje a la profesión de sus padres, pero no será hasta los años 2.000 cuando su carrera teatral termine de despuntar, tanto a nivel nacional como internacional. Es ya en el siglo XXI cuando su lenguaje innovador, poético, violento y sarcástico genere un interés más allá del underground, un interés que le permite escalar hacia montajes más ambiciosos: de las pequeñas salas independientes a los grandes teatros públicos, que paulatinamente se van atreviendo a programar a un autor arriesgado, y con gusto por incomodar al público. “Soy como Walt Disney, solo que a la Cenicienta le meto un vibrador” es una de las muchas frases en las que trata de restar importancia a lo experimental o complejo de su obra.

“Conocer gente, comer mierda”
“Compré una pala en Ikea para cavar mi tumba”
“Arrojad mis cenizas sobre Mickey”.

Siempre ha lamentado que su obra haya tenido durante mucho tiempo más repercusión internacional que nacional: “habría cambiado tantos años de Avignon, Paris, Berlín, Tokio o Bruselas por una sala donde en el bar de enfrente sirven callos. Mi reino por un pincho de tortilla”. En 2014, con España sumida en la crisis y los recortes de Mariano Rajoy, marcha a Francia a dirigir el Centro Dramático Nacional de Montpellier, donde da un giro de 180 grados a esta institución. Bajo su dirección este teatro público se aleja de cierta tradicionalismo para transformarse en un centro de creación y exhibición pluridisciplinar con un departamento de creación de arte digital, festivales de spoken word, y un área de investigación sobre género y sexualidad. La experiencia dura cuatro años, hasta 2018, cuando decide no renovar y regresa a la aldea del Oriente asturiano en la que tiene desde hace casi 20 años su casa. “Claro que mi mercado laboral está fuera, pero puedo trabajar desde casa y eso para mí no tiene precio” declaraba a El Confidencial a propósito de una decisión que sorprendió a muchos.

Rodrigo García.

Este viernes presenta en el Centro Niemeyer su última obra “Cristo está Tinder”, un espectáculo en el que regresa a la costumbre de poner títulos tan contundentes como “Conocer gente, comer mierda”, “Esto es así y a mí no me jodáis”, “Prefiero que me quite el sueño Goya a que lo haga cualquier hijo de puta”, “Compré una pala en IKEA para cavar mi tumba”, “Haberos quedado en casa, capullos” o “Protegedme de lo que deseo”. Títulos que son toda una declaración de intenciones para espectadores a los que les vaya la marcha.

“Cristo está en Tínder”.

En “Cristo está en Tinder” García vuelve a hablar de sexo y amor, está vez con el filtro de las nuevas tecnologías. Sobre la aplicación de citas que ha revolucionado el mundo de las relaciones García ha declarado que “se trata de una forma diferente de seducción previa al apareamiento, una seducción digital sin el menor romanticismo, cosa muy positiva”. “Me gusta ser espectador de una sociedad que normaliza conductas descarnadas” explicaba al suplemento cultural de El Español sobre su punto de vista con respecto a las redes sociales y las nuevas tecnologías aplicadas al sexo y el amor.

Desde hace años dialoga con la contradicción de ser un “maldito” al que la vida ha tratado bien hasta el punto de convertir su transgresión en un producto más del mercado cultural. Este viernes sobre las tablas del Niemeyer podremos ver en qué punto de ese complejo diálogo está ahora la obra y la persona de Rodrigo García.

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