Agitación y propaganda en Gijón: de lo sublime y lo ridículo

El marketing es terriblemente caro y la política no tiene precio,

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Víctor Guillot
Víctor Guillot
Víctor Guillot es periodista y adjunto a la dirección de Nortes. Ha trabajado en La Nueva España, Asturias 24, El Pueblo de Albacete y migijon.

Es difícil, por no decir imposible, que lo sublime encierre lo ridículo o que lo ridículo incluya lo sublime. Y cualquier intento por acercar estos dos adjetivos a un mismo hecho es tan solo una manipulación del discurso que sólo trata de enmascarar un fracaso. Un mundial es caro, ser mundial no tiene precio, reza la última acción de marketing del Ayuntamiento de Gijón, en un intento vacuo por justificar un fracaso. Un adjetivo desplaza necesariamente a su contrario en cualquier frase que busque cierta coherencia semántica. Lo sublime no puede cohabitar con lo ridículo. Ni siquiera en la ficción, lo sublime y lo ridículo admiten una reconciliación. No es posible que convivan en una misma frase. No se puede ser un Ayuntamiento mundial sin un mundial. La resignación es lo que realmente parece ocultar el mupi de la discordia. Lo hemos visto este viernes en Gijón, cuando amanecieron con el mensaje oficial del Ayuntamiento y se nos comunicaba lacónicamente que no gozaremos del sueño húmedo de un Campeonato de Fútbol. Pero siempre nos quedará París como premio de consolación: no dejaremos nunca de ser mundiales y eso no tiene precio.

La maquinaria de agitación y propaganda del Ayuntamiento, lejos de ocultar un fracaso, lo ha realzado descargando una idea de éxito en el conjunto de los ciudadanos que ni siquiera llegaron a acariciar; ha pretendido, a su vez, convertir en virtud una debilidad, rellenando el agujero que deja en la autoestima herida del gobierno un mensaje que expresa con esa sorna grandonista que los gijoneses mantendrán intacta su fama mundial. Las expectativas insatisfechas por el campeonato y el Sporting han hecho mella en el equipo de gobierno (excusatio non petita, acusatio manifesta), aunque el daño parece estar bastante más alejado del orgullo que tienen los gijoneses de sí mismos, acostumbrados a la derrota y a continuar cargando sobre los hombros sus anhelos y vicisitudes, deambulando y trajinando cada día por las calles de la ciudad sin que un nuevo estadio ni otro campeonato les quite el sueño.

Chaplin, en El Gran Dictador.

Hay que ser sublime sin interrupción, afirmaba Baudelaire. No se puede ser sublime sin interrupción, respondía Umbral en alguno de sus libros. Lo sublime consiste en alcanzar el triunfo universal, el estado virtuoso sobre algo o sobre alguien, a la par que lo ridículo nos provoca una risa desordenada fruto de un accidente o una catástrofe hijos de la torpeza y el caos. El slapstic, el género que hizo de la torpeza una obra de arte, triunfó a comienzos del siglo pasado con Buster Keaton o Chaplin. El mupi del Ayuntamiento de Gijón, lejos de devolvernos el sentido sublime de la vida, nos invita a retornar a la ridícula realidad que suele ser despiadadamente más vulgar.

En este siglo XXI de andar por casa, hemos heredado ejemplos del cómic del siglo pasado que trataban de encerrar esa dualidad en un mismo personaje. La comicidad de Clark Kent y el heroísmo de Superman, la aventura púber de Spiderman y la torpeza adolescente de Peter Parker, la temeridad de Indiana y el desbarajuste familiar en la vida universitaria del profesor Jones. La literatura y el cine nos han ofrecido infinitud de ejemplos que han articulado con precisa comicidad este binomio que va de lo sublime a lo ridículo. En esas se encuentra el gobierno de Carmen Moriyón, que busca un horizonte épico con el anuncio de proyectos, planes y acuerdos en connivencia con el gobierno de Adrián Barbón y el resultado desastroso, cómico, paranoico y, en ocasiones, fatalista y espantoso, que retorna a la realidad cuando el espejismo se diluye. Gijón se ha convertido en un meme repetido constantemente en las redes sociales que abunda entre aquello que se compra en la web de Ali Xpress y aquello que llega realmente a nuestra casa.

Sean Connery e Indiana Jones en la tercera entrega del héroe: La última cruzada.

De esta guisa, con anuncios que confirman que los gijoneses no tendremos mundial porque sale caro, con la confirmación oficial de que somos mundiales y eso no tiene precio, se produce la constante profecía autocumplida desde hace más de veinte años. La obsesión con el fracaso del Plan de Vías que sale caro, el Víal de Jove que tampoco llega porque nos sale muy caro, el Plan de Natahoyo, que es carísimo y se hará rogar, y otros tantos proyectos anunciados, produce tanta desconfianza y paranoia entre los concejales de Foro y PP que nos llevan, inevitablemente, a un destino fatal desbordado por la propaganda que anula la única herramienta que puede garantizar el éxito de cada uno de ellos: la política, eso que alguna vez significó el discurso pragmático que buscaba y practicaba el consenso con los partidos de la oposición para alcanzar una meta; sin lugar a dudas, la mejor y más efectiva propaganda que siempre ha existido y que hoy parece arrinconada en alguna esquina del Ayuntamiento de Gijón es la política, pero eso, querido lector, parece que es terriblemente caro, aunque algunos creamos que no tiene precio, ay.

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