Este miércoles, desde la butaca de un cine, los ojos de quien escribe esta reflexión se conmovieron inesperadamente con dos escenas de Un amor, de Isabel Coixet. Y no fue con la denuncia cruda de la vulnerabilidad y la violencia que sufren las mujeres todos los días en todas partes, también en espacios seguros y en el campo, una hostil realidad para casi la mitad de la población, como demuestran los datos recopilados por la ONU. No. Fue con Flor, la perrita ganadora de los Guauoya, los “Gaudí de los perros”, que interpreta a Sieso con la que Nat, la protagonista de esta historia de terror rural, encuentra EL AMOR, así, en mayúsculas.
Llorar o no llorar, más que una pregunta, deberíamos averiguar si podría ser la respuesta.
O al menos una de ellas. Hay lágrimas basales, emocionales y reflejas, apunta la
comunidad científica. Sin embargo, esta película lagrimal está compuesta por algo más
que capas mucosas, acuosas o lipídicas. En este océano de protección nadan también
unos diminutos pececitos que caen de puro agotamiento. A veces, la emoción nos saquea
en versión disléxica ante algo precioso y enternecedor. O nos asfixia con algo terrorífico
y cruel.

Precioso como un perrito, Hachiko, por ejemplo, esperando día tras día a que el tren le
devuelva al amor de su vida, interpretado por Richard Gere. O Sieso y la ternura por fin
encontrada gracias al personaje al que da vida Laia Costa en Un Amor. O WALL·E
tocándose las manitas conmovido por la película que ve antes de guardarse él solito en
una estantería, sacar la mano robótica, pero inocente e infantil, y así impulsarse en un
balanceo que le ayuda a quedarse dormidito cada solitaria noche (porque el grillo no
habla). Precioso como encontrar unas cartas de hace 20 años. Enternecedor como
cuando alguien te abraza y más si son tus sobris, tu abuela o tu madre.
Terrorífico como ser testigo de lo que nos cuenta a mordiscos inmisericordes Un padre―ya sea en versión cinematográfica, con Anthony Hopkins, ya sea en versión teatral, con
Josep María Pou―, que te encoge el corazón hasta hacerlo trizas, especialmente cuando
has conocido a alguien con alzhéimer o demencia senil. Aterrador como unos ojos que
miran a su hija sin reconocerla, que pierden poco a poco quiénes eran, alejándose del
mundo sin poder detener la avalancha de esa Nada que todo lo devoraba en La historia
interminable, hasta que desaparecen las caras, incluso, como literalmente nos mostraba
Paco Roca en su extraordinario y sobrecogedor Arrugas.
A veces, las lágrimas caen de rabia, de tristeza o por pura autodefensa. Hay quienes
pontifican que llorar es de débiles. Ni caso, siempre existirán gilipollas y gente con el
corazón lleno de barro seco y negrura en sus ojos. Llorar es lo contrario.

Por el bien de la gente que nos rodea, nos duchamos, nos cambiamos de ropa, llevamos
el pelo limpio. Son rituales que nos hacen sentir bien. Igual que tener la casa sin grietas,
cucarachas o humedades. Tener refugio nos reconforta, nos pone de buen humor,
aumenta nuestra autoestima y dilata (perdón, es que estaba ahí, la tuitera que la autora
lleva dentro no podía no hacer el chistecito) nuestras ganas de follar y besar.
Quienes viven en infraviviendas, en un agujero infecto de 6 metros cuadrados con el baño
fuera de la vivienda ―como el trastero en alquiler que se hizo viral hace unos días en X,
a la que llamamos ‘TwitteX’ para que todo el mundo entienda que no nos referimos a un
portal porno, sino a la red social más amada y odiada a la vez por quienes no filtran, ni
activan campanitas o crean listas― o más comunmente con la taza del retrete tocando la
almohada como muy bien se describe desde un cuarto izquierda de La Ciudad de las Talas
y Los Juegos del Hambre Residenciales.
No hay elección ahí. Ni libertad. Por ser lo más barato que es posible encontrar en las
principales urbes (neoparques de atracciones) de esta nuestra España, con Barcelona,
Palma de Mallorca, Valencia, Málaga y Madrid a la cabeza de las ciudades en las que se
destina más sueldo a comprar o alquilar una vivienda; para evitar sentir el fracaso de
tener que volver con los padres por una mala racha o no tener más remedio que convivir
con desconocidos debido a que abundan sueldos de mierda y jornadas laborales
completas partidas que no dejan tiempo para encontrar un segundo trabajo, conciliar,
descansar o simplemente vivir; un contrato unilateral que va desvalijando por el camino
nuestra autoestima y nuestro anhelo de abrazar y buscar mimitos. Que sabotea incluso
la ternura y las ganas de vivir de quienes se conforman con llegar a fin de mes y cotizar
lo necesario para poder tener algún día una pensión digna por jubilación.

Y todo ello mientras los presidentes de los bancos ganan más de un millón de euros al
mes por «tocarse el mayuelu», en palabras de la tuitera @ensulfitos, porque eso es
precisamente lo que hacen al tiempo que escupen lecciones de meritocracia y esfuerzo a
quienes se levantan a las cinco de la mañana y regresan a casa a las diez de la noche, en
metro, en autobús, reventados y sin restos del brillo que tuvieron una vez en los ojos,
preguntándose cuándo podrán dejar de tener miedo.
A veces es necesario decir «Tocarse el mayuelu» y llorar cuando el cuerpo necesita una
ducha, para poder respirar sin ataques de ansiedad. Porque las lágrimas protegen, no son
de débiles, sino de supervivientes.
Hay que vivir, cantaba Joan Baptista Humet. Y acariciando a un gatete callejero miedoso
al que quien escribe estas líneas ha dado en llamar Sir Gandalf el Gris, ha llegado la hora
de que cantemos más a menundo Hay que llorar, puesto que hay más preguntas que
respuestas en este mundo, sí, y duelen, por supuesto; pero a veces también descubrimos
certezas, como que la ternura está llena de las lágrimas que dejamos salir.
Llorar o no llorar. Con Un amor es sufrir, enormemente, pero también llorar con la
ternura que siempre encuentras en la vida. Ya sea con un abrazo, ya sea con un animalito
llamado Sieso. Así es como sobrevivimos. Y vivimos. Porque la vida es un palíndromo,
«pero esa es otra historia y debe ser contada en otra ocasión»






























