Pasaron ya ocho décadas, pero todavía hay miles de historias esperando ser contadas sobre aquellos exiliados asturianos que fueron arrastrados por el torbellino de la Segunda Guerra Mundial. Hombres, mujeres niños y ancianos desgajados de la tierrina durante la Guerra Civil que acabaron combatiendo a los alemanes en Stalingrado, trabajando contra su voluntad para los nazis, volando con dinamita vías del tren en las afueras de París, tratando de sobrevivir en alguna ciudad del Midi o privados de libertad en cárceles o campos de internamiento repartidos por la geografía de la salvaje Europa fascista. En la sombra siguen incluso las vidas de algunos deportados a los campos de concentración del Reich, con diferencia el grupo más estudiado y también el único que recibe homenajes públicos en Asturias, pese a que ellos no son las únicas víctimas españolas del nazismo oficialmente reconocidas por Alemania.
Hace tres años presentamos en NORTES los nombres y biografías mínimas de siete deportados asturianos de los que no se tenía noticia hasta entonces.[1] De esa forma, la triste lista de prisioneros asturianos en los campos de concentración alemanes pasó de los 181 a los 188 que hoy tiene registrados el Instituto de la Memoria Democrática del Principado de Asturias y a los que se les honra con diferentes iniciativas, como la colocación de Stolpersteine (piedras de tropiezo) en sus localidades de origen.[2] A ese terrible elenco hemos de sumarle ahora dos nombres más, que hemos localizado en el Archivo Arolsen[3], el mayor centro de documentación sobre víctimas del nazismo dedicado también a difundir su historia con iniciativas como la exposición #stolenmemory, cuya versión en eo-naviego concebida por los alumnos del IES de Navia gira desde hace un año por el Occidente de Asturias y la Mariña de Lugo.[4]

Cuando en 2022 celebramos en el Memorial de Sachsenhausen un homenaje a Francisco Largo Caballero y a todos los prisioneros españoles en el campo, se tenía constancia de que cinco de ellos eran de origen asturiano.[5] Todos habían sobrevivido a la deportación salvo el franco-español Henri Sanson, natural de Arnao, quien murió no en Sachsenhausen sino en Mauthausen, donde fue transferido a comienzos de 1945. Ahora sabemos que por Sachsenhausen pasaron no cinco, sino siete asturianos, y que dos de ellos dejaron allí sus vidas. Se llamaban Agustín y Pedro Celso.
Españoles en el campo “modelo” de Sachsenhausen
Cuando en 1940 la Wehrmacht ocupó Francia, se encontraban en el país 140.000 refugiados de la Guerra Civil, de los que 40.000 eran mujeres y niños. Los nazis los llamaban “Rotspanier”, españoles rojos. Unos 3.000 de estos expatriados eran asturianos. Para el jefe de la policía del Reich, Reinhard Heydrich, era “gentuza antialemana infestada de comunistas”, a la que el régimen de Hitler iba a vigilar y reprimir con ayuda de sus aliados Franco y Pétain. La mayoría de republicanos serían forzados a trabajar para los alemanes en la construcción del Muro Atlántico en Francia y en las Islas el Canal de la Mancha, mientras 9.500 serían deportados al Reich. Casi uno de cada diez hombres españoles refugiados en Francia acabó en un campo de concentración en Alemania, lo que permite hablar de una deportación de carácter masivo.

Hubo españoles en todos los campos de concentración alemanes, destacando Mauthausen (7.250), Buchenwald (600), Dachau (600), Neuengamme (500), Ravensbrück (200), Sachsenhausen (200), y Flossenbürg (150). De todos ellos, los que acabaron en Sachsenhausen se cuentan entre los más desconocidos. La causa está en la destrucción masiva de documentación del campo que los SS llevaron a cabo días antes de la llegada del Ejército Rojo en abril de 1945 tratando así de borrar las pruebas de sus crímenes. Esto no solo dificulta la reconstrucción de la “intrahistoria” de Sachsenhausen, sino también la identificación de los prisioneros. De algunos no quedó ningún registro en absoluto, de otros se conoce apenas el nombre de pila o el apellido, de otros en fin no se sabe el país de origen o está erróneamente registrado. En el caso de Pedro Celso y Agustín, la documentación del campo apenas consigna nombre y primer apellido, fecha de nacimiento y de muerte, y nacionalidad.[6]
Casi uno de cada diez hombres españoles refugiados en Francia acabó en un campo de concentración e
Situado cuarenta kms. al norte de Berlín, el campo de concentración de Sachsenhausen fue inaugurado en julio de 1936, días antes del estallido de la Guerra Civil en España. Se concibió como un campo modelo, de ahí su peculiar construcción en forma de abanico que permitía el control visual de todas las instalaciones desde una torre principal de observación. En Sachsenhausen se formaba a guardias de las SS que luego se destinaban a otros campos de concentración y era el favorito de los nazis para mostrar a invitados extranjeros interesados en conocer de primera mano sus métodos de represión. Entre esos visitantes se cuenta una delegación de la policía española, que estuvo en Sachsenhausen en agosto de 1940 acompañada del embajador en Berlín, José Finat y Escrivá, conde de Mayalde.

En sus casi nueve años de existencia, Sachsenhausen significó el calvario para más de 200.000 personas: prisioneros de guerra polacos y soviéticos, opositores políticos tanto alemanes como de los países ocupados, judíos, gitanos, homosexuales, testigos de Jehová, clérigos católicos, “asociales”, así como varios miles de mujeres. En Sachsenhausen penaron decenas de políticos como exdiputados del Parlamento alemán, el hijo de Stalin Yákov Dzhugashvili, el líder nacionalista ucraniano Stepan Bandera o el expresidente de gobierno español Largo Caballero. Sometidos a trabajo esclavo, subalimentación y malos tratos, en algunos casos también ejecutados, unos 50.000 perdieron la vida.



El primer español documentado en Sachsenhausen entró en el campo en junio de 1941. No se conocen más ingresos de españoles hasta un año después, cuando entraron siete jóvenes emigrantes llegados a Alemania meses antes desde la España de Franco y que trabajaban en la fábrica de neumáticos Continental en Hanover. Por una trifulca con agentes de la Gestapo vestidos de civil que querían colarse en el autobús, fueron condenados a cuatro meses de “reeducación” en Sachsenhausen. Todos eran andaluces, menos Eladio Álvarez Antuña, nacido en La Felguera el 2 de octubre de 1924. Posiblemente él fue el primer asturiano que estuvo en Sachsenhausen. Pasado el periodo de “reeducación”, Eladio fue liberado días después de cumplir los 18 años y se reincorporó a su trabajo en Continental. La experiencia en el campo de concentración había sido sin embargo tan dura para él y sus compañeros que en cuanto pudieron, pasados los doce meses de contrato con la empresa, pusieron rumbo de vuelta a España.
No sería imposible que el mismo 25 de enero de 1943 en que inició su viaje de vuelta a España, Eladio Álvarez Antuña viera pasar en la estación de Hanover un convoy con vagones de ganado que se dirigía hacia el este y cuyo cargamento no eran vacas ni caballos sino hombres. Se trataba del primer gran transporte de deportados desde Francia al campo de concentración de Sachsenhausen. En aquel tren iba uno de nuestros protagonistas.
Agustín Menéndez Fernández
El primer asturiano que perdería la vida en el campo de concentración de Sachsenhausen había venido al mundo el 6 de marzo de 1902 en Cardo, parroquia del concejo de Gozón a medio camino entre Luanco y Avilés. Su padre, Manuel, era natural de Piedeloro (Carreño) y su madre, Concepción, de Nembro (Gozón). Todos sus abuelos eran gozoniegos, por parte paterna de Cardo, por parte materna de Nembro y Mazaneda. Cuando Agustín nació, Cardo contaba con unos 400 habitantes, dedicados casi todos a las labores del campo, como era el caso de su familia. De la infancia y juventud de Agustín nada conocemos por ahora. Sabemos sí que combatió en la Guerra Civil y pasó los Pirineos camino del exilio a comienzos de 1939.
Agustín se instaló en Burdeos, probablemente ya antes de la ocupación alemana de la ciudad y encontró trabajo en alguna empresa local. A partir de 1941 varios miles de refugiados españoles serían enviados desde la Francia “libre” de Vichy a la capital de la Gironda, la mayoría contra su voluntad, para trabajar en las obras de la base submarina alemana. Burdeos se convirtió así junto a Toulouse en capital del exilio español en Francia y por tanto en uno de los focos de oposición a los alemanes. Agustín tuvo una participación aún por aclarar en la Resistencia y acabó bajo el radar de la policía, que lo detuvo “por actividades comunistas” el 14 de noviembre de 1942, probablemente en su domicilio, el nº 20 de la rue Louis de Foix; curiosamente la misma calle donde hoy se encuentra la sede central de Anonymes, Justes et Persécutés durant la période nazie (AJPN), una de las principales asociaciones francesas dedicadas a la difusión de la historia de las víctimas del Tercer Reich.[7]
Enviado en diciembre desde la cárcel del Fort du Hâ en Burdeos al campo de tránsito de Compiègne, al norte de París, Agustín fue deportado a Alemania el 24 de enero de 1943 junto a 1465 hombres y 230 mujeres. Más de cincuenta eran españoles, entre ellos cuatro asturianos: el avilesino Manuel Vázquez Villa, el ovetense Manuel García Vega, el gijonés Isidro Álvarez Martínez, y nuestro gozoniego Agustín Menéndez Fernández. El 25 de enero el transporte de hombres llegó a Sachsenhausen, mientras el de mujeres continuó viaje a Auschwitz. Destinado a la barraca 40 de Sachsenhausen, Agustín recibió el número de prisionero 58647 del campo.


En los días siguientes Agustín fue asignado a uno de los más de cien comandos dependientes de Sachsenhausen que nutrían de mano de obra esclava a diferentes empresas de Brandemburgo y Berlín. Su destino fue Heinkel, una de las mayores fábricas de aviones del Reich. Entre sus productos estrella para la Luftwaffe estaba el Heinkel He 111, un bombardero bimotor empleado por la Legión Condor en la guerra de España. Trágica ironía de la historia, Agustín acabó fabricando réplicas de los aviones que habían arrasado Asturias en 1937, segando vidas y destruyendo patrimonio como el edificio del Ayuntamiento de Avilés, que extrañamente hasta hoy no ha reclamado una indemnización, ni siquiera una compensación simbólica a Alemania.[8]
Cada día Agustín y sus compañeros caminaban desde el campo de concentración hasta la fábrica, atravesando el centro del pueblo de Oranienburg ante la total indiferencia de la población. En la Heinkel, las condiciones de trabajo de los deportados eran extremas, como recordaría el catalán Felipe Noguerol: “Entre los 8.000 prisioneros empleados en ella 41 éramos españoles. Se trabajaba día y noche y el ritmo de producción era agotador. Esto, añadido a la pésima comida que nos daban y a los malos tratos recibidos, sin olvidar las epidemias que se declararon, sobre todo el tifus y la disentería, provocaría una gran cantidad de muertes”.
No sabemos si Agustín sufrió un accidente, se contagió de alguna enfermedad, fue torturado por cualquier motivo o sencillamente se fue apagando por el sobreesfuerzo y la escasa alimentación. Como fuere, el 15 de abril de 1943, un día después de que los españoles de Sachsenhausen celebrasen en absoluto secreto el día de la República, nuestro paisano fue ingresado en la enfermería del campo. Si los médicos realizaron con él algún experimento como era común en Sachsenhausen, nunca lo sabremos. Lo único cierto es que a los pocos días, el 24 de abril de 1943, Agustín Menéndez Fernández dio el último aliento. Su cuerpo sería incinerado en una zona apartada del campo, la cínicamente denominada Estación Z, donde había cuatro hornos crematorios, una cámara de gas y un espacio para las ejecuciones. Allí mismo, en aquel espacio limpio de cualquier resto de humanidad, fueron depositadas sus cenizas junto a las de otros miles de deportados.
Pedro Celso Hevia Rodríguez
El día en que Agustín murió en Sachsenhausen, Pedro Celso se encontraba muy lejos de allí, posiblemente en Asturias, tal vez en Madrid. Tenía por entonces 26 años, pero ya había vivido demasiadas experiencias duras, traumáticas. Quizás pensó que emigrar a Alemania para trabajar en alguna fábrica traería paz a su espíritu además de alivio a su economía. Con su historial, lo último que podía imaginar Pedro Celso era que en el Reich le esperaría la cárcel y el campo de concentración. Perdida la partida con el destino, el asturiano acabaría convertido en una de las víctimas españolas del nazismo más atípicas e improbables.
Fueron muchos los antiguos soldados republicanos que se alistaron para para combatir en Rusia no por convicción política sino por necesidad económica
Pedro Celso Hevia Rodríguez había nacido en Felechosa de Aller, el 5 de febrero de 1917. Su padre, Jesús, era herrero y su madre, Generosa, se ocupaba de las labores domésticas, abundantes en una casa con siete niños. Entre los descendientes de aquella gran familia seguro quedan memorias de Pedro Celso que nos ayuden a reconstruir su infancia y juventud. Por ahora sabemos apenas que siguió el oficio de su padre y que al iniciarse la Guerra Civil, cuando tenía 19 años, militaba en organizaciones de izquierda. Sin esperar a ser movilizado por las autoridades republicanas, Pedro Celso se alistó en el Ejército Popular y combatió a los insurgentes, sin que por ahora sepamos en qué frentes.
Dónde se encontraba al final de la Guerra Civil, qué consecuencias tuvo para él haber tomado las armas contra los nacionales, cuántos de sus hermanos y hermanas murieron o fueron represaliados, todo ello permanece por ahora en la sombra. En la documentación consultada solo reemerge Pedro Celso a finales de junio de 1941, reconvertido en apariencia en un fervoroso franquista, en un voluntario de la División Azul. La contradicción no es necesariamente tal. Fueron muchos los antiguos soldados republicanos que se alistaron para para combatir en Rusia no por convicción política sino por necesidad económica, para aliviar la situación de algún familiar preso o sencillamente empujados por el espíritu de aventura.

El Pedro Celso soldado de 250º División de la Wehrmacht merece un estudio específico, como lo merecen también los centenares de asturianos que voluntariamente combatieron al Ejército Rojo en Rusia, y de los que apenas existen investigaciones. Baste aquí señalar que nuestro allerano sirvió en el regimiento de infantería nº 262 al mando del coronel Pimentel, que estuvo destacado en la zona de Grigorovo, donde existe un cementerio de soldados españoles (cuyos restos están siendo repatriados por el gobierno en los últimos años)[9], que fue ingresado en diversos hospitales de campaña y que probablemente fue licenciado y regresó a España en otoño de 1942.

De vuelta a Felechosa, Pedro Celso no parece que encontrase su lugar y, como hicieron no pocos de sus antiguos camaradas de la División Azul, decidió regresar a Alemania, ahora como trabajador. Entre 1941 y 1943, fueron más de diez mil los jóvenes que emigraron al Reich en el ámbito de un acuerdo bilateral entre España y Alemania. Por decisión del régimen, la contratación se hacía solo en determinadas provincias, entre las que no estaba Asturias. Es posible que por ello Pedro Celso se instalara temporalmente en Madrid, desde donde partiría a Alemania con un contrato bajo el brazo a comienzos de junio de 1943.

Su destino era una planta química de la IG Farben en Bitterfeld, en la que no iba a estar sin embargo mucho tiempo. Como nacionales de un país amigo de la Alemania nazi, los productores españoles podían tomarse algunas libertades absolutamente vetadas a trabajadores de otras nacionalidades, como por ejemplo dejar la empresa y cambiar de ciudad. Eso es lo que hizo Pedro Celso, que en agosto de 1943 se marchó a la francesa de la IG Farben en Bitterfeld y se mudó a Leipzig. Allí se empleó en una fábrica de ascensores y encontró alojamiento en una residencia de la DAF (el sindicato vertical de la Alemania nazi) en la Hitler-Strasse, la actual Karl-Liebknecht-Strasse.[10]
Aprovechando los precios desorbitados de algunos productos racionados en Alemania como el café, los licores, el tabaco o el chocolate, muchos emigrantes traían de España sus maletas cargadas de estos productos y los vendían a colegas y vecinos de la zona donde vivían. Los que tenían suerte, podían hacer pequeñas fortunas. Pedro Celso no la tuvo. Acusado de traficar en el mercado negro, fue detenido por la policía en noviembre de 1943. Si trató de hacer valer sus galones como exsoldado de la Wehrmacht que había jurado fidelidad al Führer y se había batido por el Reich en las estepas rusas, no le sirvió de nada. Para el asturiano, aquel iba a ser el comienzo del fin.
Tras varios meses en los calabozos de la policía, Pedro Celso pasó a la prisión de Leipzig, desde donde en junio de 1944 fue enviado a un campo de reeducación en la cercana Spergau. Los Arbeitserziehungslager (AEL) dependían no de las SS sino de la Gestapo y en ellos se encerraba por algunas semanas o meses a trabajadores extranjeros que habían cometido cualquier pequeña falta o que no rendían como se esperaba de ellos. Las condiciones de vida y de trabajo en estos campos eran penosas. A finales de julio de 1944, un bombardeo aliado destruyó por completo el AEL de Spergau y los presos fueron enviados a la cercana ciudad de Schkopau. Por motivos que algún día tal vez lleguemos a conocer, Pedro Celso permaneció allí solo unas semanas y fue transferido entonces al campo de concentración de Sachsenhausen.

Por su número de prisionero, el 104504, sabemos que nuestro protagonista ingresó en Sachsenhausen en septiembre de 1944, pero al haber desaparecido los registros de entrada de esos meses no es posible concretar el día. Muy posiblemente el allerano llegó a Sachsenhausen con la salud seriamente quebrantada y no pudo soportar la dureza del campo más que unos días. El 5 de octubre de 1944, por motivos que la documentación no desvela, Pedro Celso Hevia Rodríguez dejó de existir.
Pedro Celso y Agustín, unidos en el recuerdo
Hace veinte años, durante unas obras de acondicionamiento en el memorial de Sachsenhausen, los operarios encontraron bajo un gran suelo de hormigón una capa de hasta metro y medio de espesor de cenizas. Eran los restos de decenas de miles de prisioneros fallecidos en el campo e incinerados en la Estación Z. Retiradas con cuidado, las cenizas fueron introducidas en 150 grande urnas que fueron luego enterradas en el centro del memorial y señaladas con un monumento.
A la ceremonia de inauguración en 2005 acudieron supervivientes del campo y familiares de los que allí habían perdido la vida. Entre ellos no se encontraban ni los de Pedro Celso y ni los de Agustín, quienes a ciencia cierta nunca tuvieron conocimiento de que habían dado su último aliento en aquel lejano paraje alemán.
[1] https://www.nortes.me/2021/02/19/novedades-sobre-los-asturianos-en-los-campos-de-concentracion-de-la-alemania-nazi/
[2] https://www.nortes.me/2023/11/19/188-piedras-de-la-memoria-recordaran-a-los-asturianos-deportados-a-los-campos-nazis/
[3] https://arolsen-archives.org/
[4] https://www.lne.es/occidente/2023/03/31/exposicion-stolen-memory-navia-85426045.html
[5] https://fflc.ugt.org/recuerdo-largo-caballero-en-el-campo-de-concentracion-nazi-donde-estuvo-preso
[6] https://banc.memoria.gencat.cat/ca/results/deportats/4200 https://banc.memoria.gencat.cat/ca/results/deportats/9306
[7] http://www.ajpn.org/
[8] https://www.nortes.me/2022/02/02/cuando-asturies-fue-bombardeada-por-los-nazis/
[9] https://www.elconfidencialdigital.com/articulo/defensa/desbloqueada-repatriacion-espanoles-division-azul-muertos-rusia/20200817185729155362.html
[10] https://www.zwangsarbeit-in-leipzig.de/karte?tx_zilmap_pi1%5Baction%5D=search&tx_zilmap_pi1%5Bcontroller%5D=ZilMap&tx_zilmap_pi1%5Bsearchuid%5D=4&type=776776



























