Me reúno con Daniela Cohen una gélida tarde de marzo. Frente a un par de tés y con la música de David Bowie de fondo, Cohen, fotógrafa, programadora, técnica de igualdad de género y activista, desgrana su vida mientras tomo notas del camino vital que la ha llevado, junto a otras miles de personas judías de todo el mundo, a alzar su voz públicamente para exigir el fin del genocidio en Gaza y denunciar las mentiras y las atrocidades que Israel y el sionismo están cometiendo en su nombre.
Nacida en el conurbano del Gran Buenos Aires, en el seno de una familia laica de origen sefardí e italo polaca, Daniela asiste desde pequeña al modesto y pequeño colegio judío de su zona donde por las tardes estudia hebreo y las tradiciones judías, y los sábados participa en las excursiones y actividades que se organizan desde la escuela al estilo de los scouts. Daniela confiesa que desde que era pequeña se sintió extraña cuando le decían que tenía derecho a considerar suyo un país, Israel, que estaba al otro lado del mundo y donde no tenía ningún lazo familiar o sentimental que la uniera a él, aunque también reconoce que Israel gozaba de buena fama en Argentina, pues era respetado por los progresistas al servir de refugio a familias judías que huían de la dictadura de la Junta Militar o de los continuos desastres económicos, mientras que en secreto colaboraba con las dictaduras latinoamericanas, todo un éxito de la Hasbará, la propaganda sionista. De aquellos primeros años le vienen a la mente a Daniela recuerdos que, hoy en día, se muestran menos inocentes e inocuos de lo que parecían ser en un principio: en la escuela le enseñan canciones sobre su derecho a considerar Israel como algo propio o la animan a que en su nombre se plante un árbol en Israel, lo que la lleva a preguntarse, a los dieciocho años, en la tierra o en el hogar de qué familia palestina hay un árbol plantado en su nombre.
En la escuela le enseñan canciones sobre su derecho a considerar Israel como algo propio
Esta propaganda sionista de baja intensidad escalará cuando las actividades de los sábados pasan a manos de Betar, la organización sionista fascista y ultranacionalista fundada en 1923 por Zeev Jobotinsky, que sirve de inspiración a Netanyahu y que los sionistas de izquierdas y laboristas no han dudado en calificar como formada por “fascistas judíos”. Daniela tiene nueve años cuando Betar irrumpe en su vida y escucha, por primera vez, canciones en las que se incita a matar palestinos, aunque es importante señalar, como nos cuenta Daniela, que los sionistas suelen negar el nombre “palestinos” a los palestinos, borrando así su identidad y la propia existencia de Palestina como país, vinculándoles, además, directamente con el terrorismo. Daniela reconoce que, aunque se sentía extraña e incómoda, nunca dijo nada en su casa y que, además, su familia, que desconocía qué era Betar, confiaba, como la mayoría de las familias que envían a sus hijos e hijas a la escuela, a extraescolares o a campamentos, instintivamente en el colegio de su hija. Sin embargo a los diez u once años en un congreso sionista escucha cómo el resto de organizaciones llaman “nazis” a los miembros de Betar. Es muy difícil describir el impacto que supuso para la niña Daniela escuchar llamar nazis, el símbolo del mal absoluto, los responsables de la Shoah, a personas que, como ella, eran judías. La incomodidad no hizo más que aumentar cuando los miembros de Betar se niegan a ponerse en pie mientras suena el himno de Argentina alegando que la única patria que reconocen es Israel. Afortunadamente para Daniela el azar actuó para protegerla pues, en esa época, se reecuentra con una amiga que, al igual que ella, se siente también extraña e incómoda con la gente de Betar. Juntas son capaces de confrontar la propaganda que les tratan de inculcar, lo hacen con humor y sororidad y se refieren a Betar como “Betar champú” porque se dan cuenta de que les quieren lavar la cabeza. Quizás porque su familia no es religiosa, lo cierto es que Daniela se encontró con mejores herramientas para enfrentarse a la propaganda sionista de Betar, en un proceso de cuestionamiento espontáneo e ingenuo que se vio reforzado el día en el que la niña Daniela acudió con una kufiya -hay que recordar que en los años 90 las kufiyas eran una prenda vinculada a la moda más que a la política- que le arrancaron sin dar explicaciones. Las coordinadoras de la organización sionista también se muestran hostiles hacia las preguntas de la niña Daniela sobre cuestiones tan fundamentales como la paz, que suelen ser respondidas con un tajante “No negociamos con terroristas” o “No hay paz por tierra”. Daniela también es testigo de cómo varios compañeros reciben castigos físicos por parte de la gente de Betar. Es por esto que, con doce años, Daniela decide abandonar Betar, y con catorce les pide a sus padres que la matriculen en una escuela pública y laica. Es en ese momento, con catorce años, cuando se aleja del judaísmo; sin embargo, como ella misma reconocerá, una cosa es que ella dejara de identificarse como judía y otra, muy distinta, que el resto del mundo dejara de verla como tal. Con los años Daniela reconoce el impacto que supusieron en su vida los años en los que se vio sometida a la propaganda violenta y ultranacionalista de Betar, pues fue precisamente el sionismo lo que la alejó, durante un tiempo, de sus raíces y su identidad judía. A los dieciocho comienza a militar en el Partido Obrero y es entonces cuando ocurre algo que la marcará para siempre: de manera espontánea, “simbiótica” en sus propias palabras, su hermana, su madre y ella, deciden participar en una marcha a favor del pueblo palestino. Que su propia familia adoptara la causa palestina como causa propia fue muy importante para Daniela, pues no es extraño que para muchas personas judías defender a los palestinos acabe provocando un alejamiento con los seres queridos o, incluso, la ruptura con la familia o la exclusión social. No es, afortunamente, este el caso de Daniela que se ha sentido siempre acompañada y guiada por su familia que entendió, en ese momento, la importancia simbólica que tenía defender Palestina siendo judíos.






Con veintidós años, y gracias a su trabajo en un hostal, Daniela entra en contacto con israelíes por primera vez pues, a pesar de la propaganda sionista, hasta ese momento nunca había conocido a nadie que viviera en Israel. Y, pese a que en un principio se jura que nunca va a poner un pie en Israel, a todos los jóvenes judíos menores de veintisiete años el país les regala un viaje gratis de diez días, un programa que recibe el simbólico nombre de Derecho de Nacimiento, y al final sí que se decide y acepta el viaje para así poder hacer un documental que denuncie la propaganda sionista, e incluso intenta visitar los territorios palestinos. Daniela tiene que ponerse a trabajar en Israel, pues ha viajado sin dinero; durante todo el tiempo que pasa allí, solo tiene un pensamiento: irse del país. Israel es, para ella, un lugar en el que se siente incómoda y en el que es imposible escapar de la propaganda sionista pues, al fin y al cabo, la mera existencia de Israel es el resultado final del proyecto político e ideológico sionista, por lo que hasta la ciudadanía más progresista y los activistas pacifistas no parecen ser capaces de desprenderse de las mentiras sionistas que les hacen creer que tienen derecho divino a habitar esa tierra. Otra cosa que Daniela constata con pena es que los israelíes apenas tienen contacto con los palestinos, a quienes han deshumanizado y reducido a la condición de terroristas. Esto no quiere decir que no haya personas en el país que no busquen la paz o que no se muestren empáticas ante el sufrimiento del pueblo palestino, pero para Daniela la solución nunca podrá alcanzarse hasta que no se deshagan de las mentiras y la propaganda sionista que ha infectado sus vidas.





Daniela Cohen es, hoy en día, una mujer adulta, inteligente, sensible y serena que ha viajado por el mundo y que ha hecho todo lo que está en su mano para buscar información de primera mano. Su llegada a España le ha permitido, además, relacionarse y establecer lazos con otros judíos antisionistas. Y, así como el sionismo la alejó del judaismo, ha sido el antisionismo y la causa palestina los que la han reconciliado con su identidad como judía laica.

Este camino vital ha ayudado a Daniela a desprenderse, ella también, de muchas de las ideas preconcebidas que quisieron hacerle creer que eran naturales y normales y que no eran más que el fruto de “ese monstruo de mentiras” que es el sionismo. Daniela Cohen, que se declaró antisionista a los dieciocho años, en su vida adulta se ha dado de bruces, en más de una ocasión, con alguno de los bulos que le inculcaron en la infancia, algunos tan absurdos como hacerles creer a los niños de su escuela que existían cantos y bailes tradiciones israelíes cuando en realidad -esto los supo con veintidós años- eran las canciones que Israel había presentado a Eurovisión, concurso prácticamente desconocido para los argentinos. Pero otras mentiras son mucho más poderosas, sobre todo por su poder simbólico, pues el sionismo ha borrado de un plumazo la realidad de la comunidad judía, ocultando su diversidad, su música, sus tradiciones y el yiddish, para sustituirla por un sucedáneo uniforme que intenta trazar sus orígenes en Israel, obviando que los judíos se asentaron e influyeron en la cultura europea y africana a lo largo de los siglos. El sionismo, además, pretende también adueñarse de la Shoah, aprovechándose de la memoria de las víctimas del genocidio y del sufrimiento de los millones de desplazados y refugiados judíos, por lo que también se ha nutrido y crecido a costa de la mala conciencia europea, hasta el punto de que los gobernantes de Europa, a pesar de la presión popular, siguen prácticamente mudos ante el genocidio que Israel está cometiendo en Gaza.
Para Daniela, que pertenece a la Red Judía Antisionista Internacional, su militancia contra el sionismo es una obligación moral y política pues, como ella misma afirma, reformulando las palabras de la filósofa Hannah Arendt que defendía que si te atacan como judía tienes que defenderte como judía, lo importante en estos tiempos es que “cuando atacan a una persona en nombre del judaísmo, tu obligación es defenderlos como judía “.



























