“Me llamo John Ford y hago películas del Oeste”. Tan lapidaria como la famosa cita del director de “Centauros del Desierto”, el finlandés Aki Kaurismaki proclamó hace años otra de esas autodefiniciones que hacen historia: “Soy borracho, soy rocker, soy comunista”.
Nacido en Orimattila, en el sur del país, en 1957, Aki fue durante años el hermano pequeño del cineasta Mika, para el que trabajó como ayudante de dirección. Como director debutó en 1983 con una adaptación de “Crimen y Castigo” de Dostoievski ambientada en el Helsinki contemporáneo. Temeroso de que aquella fuera su primera y última película, el cineasta optó por ir a lo grande y versionear el clásico de la literatura rusa y mundial. A pesar de sus temores la película funcionó moderadamente bien y le dio la oportunidad de un segundo largometraje en 1985, “Calamari Union”. Comenzaba así una fecunda carrera que le ha llevado a ser uno de los cineastas europeos más premiados y aclamados de los últimos 40 años.

Kaurismaki se caracteriza por películas cortas, con pocos diálogos y una ambientación en un presente muy atemporal. Su cine es frío y sentimental a la vez, cómico y dramático, lleno de tics y señas de identidad que le han convertido en uno de los cineastas internacionales más reconocibles e imitados.
Discípulo de Bresson y amigo de Jim Jarmusch, escribe sus guiones en una semana, vive en Portugal en invierno y en Finlandia en verano, se declara fan incondicional de la serie española “Cuéntame”, y regenta un cine y bar en una antigua fábrica en su país.

El 7 de abril, a las 20:00 horas, se proyectará en el Niemeyer la “La chica de la fábrica de cerillas”, a la que seguirá en mayo, “Nubes pasajeras”, y en junio, “El hombre sin pasado”.
El trimestre de cine del centro cultural avilesino también incluye la proyección de “El rapto”, del veterano director italiano Marco Bellocchio (4 de abril), o “Las cuatro hijas”, de Kaouther Ben Hania (25 de abril), entre otras.






























