En junio de 1936 el Frente Popular francés concedió a los trabajadores asalariados quince días de vacaciones pagadas. Las exclusivas playas de la Costa Azul se llenaron aquel verano por primera vez de familias obreras, en lo que en todos los libros de historia se señala como el inicio de la era del turismo de masas.
La larga marcha de la clase trabajadora hacia las vacaciones había comenzado no obstante algunos años antes. Tanto en la Unión Soviética, como en los países fascistas y las democracias liberales, se habían venido impulsando por diferentes vías y a través de múltiples iniciativas, lo que comenzaba a conocerse como “turismo social”, es decir, la popularización de lo que hasta entonces había sido una actividad reservada a las clases medias y la burguesía. En algunos casos este turismo social era impulsado por el Estado, en otros por las organizaciones del movimiento obrero, a través de campamentos y colonias de verano. Tras la Segunda Guerra Mundial, con la construcción del Estado del Bienestar, el turismo social se expandiría, alcanzado a millones de personas en toda Europa Occidental.
El fenómeno también va a llegar a España, pero con retraso. No será hasta 1954 cuando la Obra Sindical de Educación y Descanso, fundada en 1939 por los sindicatos franquistas, al término de la Guerra Civil, inaugure la Ciudad Residencial de Perlora, la primera gran colonia vacacional del Estado, a la que seguirán unos años después las de Tarragona (1957) y Marbella (1962).

Perlora, pionera del turismo social en España
Durante medio siglo la Ciudad Residencial de Perlora ofreció la oportunidad de unas vacaciones asequibles a cientos de miles de personas y familias obreras de toda España. Todavía a principios del siglo XXI el alojamiento en temporada alta y con pensión completa costaba poco más de 30 euros. Cerrada desde 2002, tras una larga batalla sindical por impedirlo, el complejo vacacional, presente en el listado de la Fundación Docomomo Ibérico por su valor arquitectónico, se ha convertido en lugar de paseo y barbacoas en los meses de verano, y santuario del “turismo friki”, a la espera de un nuevo plan que recupere un conjunto que se está degradando por dos décadas de falta de actividad.


En Perlora, una de las parroquias del concejo asturiano de Carreño, recuerdan con nostalgia los buenos tiempos de la ciudad de vacaciones, cuando daba empleo y animación al pueblo, sobre todo entre la primavera y el otoño, los meses fuertes del complejo turístico. “Aquí mucha gente vio por primera vez la mar”, explica César Quintanilla que entró a trabajar en Perlora en febrero de 1974, con 19 años, primero como camarero y luego como recepcionista de la Ciudad de Vacaciones. De aquellos años recuerda el impacto que producía la visión del Cantábrico en el llamado “turno de labradores”, gentes del campo, de Castilla, León y la España interior, que en Perlora pudieron disfrutar por primera vez de unas vacaciones a orillas del mar. César explica que de aquellos veranos en Perlora también salieron muchas amistades y parejas, tanto entre veraneantes, como trabajadores y lugareños.
“Aquí mucha gente vio por primera vez la mar”
Los arquitectos Francisco y Fernando Somolinos, Miguel Díaz Negrete, Fernando Cabanillas y Julio Galán fueron algunos de los que trabajaron en el diseño de una ciudad vacacional con 174 chalets, hotel, comedor, sala de baile, teatro, parque infantil, campos deportivos, dos playas y hasta iglesia. Un complejo peculiar con una arquitectura moderna, a medio camino entre chalets salidos de una película de Hollywood y otras revisiones kitsch de la tradición asturiana, como los icónicos edificios-hórreo.
Decadencia, resistencia y cierre
Con el final de la dictadura y el cierre de los sindicatos franquistas, la Ciudad Vacacional atraviesa un periodo de cambios hasta que finalmente es transferida en 1982 por el Estado a la recién constituida Comunidad Autónoma del Principado Asturias. José Puente, antiguo sindicalista de la Ciudad Vacacional, considera que fue entonces cuando empezó la decadencia del lugar, si bien aguantó todavía 20 años “gracias a la resistencia sindical”.

Todavía en los años de gestión autonómica el complejo albergo nuevos usos como acoger a familias bosnias refugiadas, durante la Guerra de Yugoslvia, o a un grupo de trabajadores chinos que vinieron a trabajar en la antigua ENSIDESA. También sirvió de manera frecuente para reuniones y cursos de organizaciones y empresas.
En Perlora llegaron a trabajar 200 personas. Era una de las mayores industrias de Carreño. Todavía en el año de su cierre, 2006, brindó alojamiento a más de 90.000 visitantes. Puente crítica que desde el Principado se dejara caer una empresa pública que no daba beneficios económicos pero sí sociales.
A pesar de los planes de los sucesivos gobiernos asturianos para atraer a inversores privados que se hicieran cargo de la Ciudad Vacacional, ninguno llegó a prosperar. El último, un resort de lujo con la firma del empresario Pelayo Cortina Koplowitz, no pasó de los titulares de prensa y las infografías.



Desde su cierre los edificios se han ido deteriorando, y algunos presentan un estado cercano a la ruina. La inversión pública de más de 2,5 millones de euros en los últimos 10 años ha logrado amortiguar los peores efectos del paso del tiempo, y que la mayoría sigan siendo en todo caso recuperables. No obstante, en la pasada legislatura se llegaron a valorar demoliciones generalizadas. Esa posibilidad parece ahora alejarse con los cambios políticos en Principado y Ayuntamiento. A principios de este mes Ángel García, alcalde de Carreño, hacía entrega a Laura López, directora general de Urbanismo del Principado de Asturies, del documento que recoge la propuesta municipal para recuperar la histórica ciudad vacacional. El Gobierno asturiano tendrá ahora tiempo para discutirlo y hacer luego sus propuestas al Ayuntamiento, que en buena medida definirá las reglas del proceso desde sus competencias urbanísticas.
“Las claves que nos marcamos son ser más exigentes en cuanto a la protección del modelo de ciudad jardín y en cuanto a la apertura de usos, teniendo en cuenta que el modelo principal para Carreño es el turístico, pero somos conscientes de que los modelos de desarrollo de hoy requieren de otros usos, y abrimos ese abanico en el aspecto comercial, dotacional, turístico, residencial, geriátrico… Todos los modelos que pueden tener encaje para un futuro desarrollo” señala García, de IU, que gobierna desde las pasadas elecciones en coalición con Somos Carreño.
Desde la Asociación Vecinal Río Espasa, que lleva años peleando por la recuperación de la Ciudad Vacacional, su presidenta, Merche García, consideran positiva cualquier iniciativa que recupere los edificios, pero sin privatizar ni blindar el acceso al espacio, manteniendo el uso público de esta península a orillas del Mar Cantábrico: “Queremos seguir viniendo aquí”
Alberto Fidalgo, concejal de Urbanismo, de Somos, apunta que no será hasta 2025 cuando se podrá empezar a hablar de proyectos definitivos, y apunta que una de las prioridades del gobierno municipal será “preservar un conjunto de un valor arquitectónico indiscutible”. Aunque los usos serán diversos, avanza la vocación “turística y pública” del gobierno local.
En un país en el que según los datos de la Encuesta de Condiciones de Vida del Instituto Nacional de Estadística, en 2022 el 35,5% de la población no pudo irse de vacaciones ni una semana, quizá Perlora pueda volver a recuperar esa función de turismo social con la que fue diseñada hace ahora 70 años.



























