Pedro Sánchez: Todos dicen I Love You

De la canción a la mentira, del musical al policesco, basta quizá una frase inoportuna, el desmentido de un ministro, Oscar Puente, un suponer,

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Víctor Guillot
Víctor Guillot
Víctor Guillot es periodista y adjunto a la dirección de Nortes. Ha trabajado en La Nueva España, Asturias 24, El Pueblo de Albacete y migijon.

Es un auténtico killer, pero desprende el fulgor sentimental de una rock star. A su paso se despierta una cosquilleante alegría. Un coro de mujeres canta I´m through with love mientras Pedro Sánchez camina con la misma soltura que Gene Kelly en un musical de Brodway por los pasillos de un hospital, con un poco de swing y una chispas en los ojos. A las puertas del HUCA, se había despertado cierto revuelo antes de que apareciera su figura por la puerta. Este lunes no solo paseaban los enfermos camino del cadalso. Por unos minutos, parecía que el mundo sonreía, incluidos los guardaespaldas que se acercaban a los periodistas para susurrarles “Everyone Says I Love You”. Pura fantasía.

Secuencia de “Everyone Says Love You” de Woody Allen.

Como en la maravillosa película de Woody Allen, alrededor de Sánchez parece sonar permanentemente una canción de Cole Porter de esas que tienen el mérito de salvarle a uno del suicidio el día más aburrido de su vida. El fulgor de Pedro Sánchez, fulgor de Gershwin, sólo compite con la grandeza del Hospital Central Universitario de Asturias (HUCA), pieza maestra de lo que significó el proyecto político del presidente asturiano, Vicente Álvarez Areces, conseguido durante el pulso político que mantuvo con José María Aznar, durante la larga negociación de las transferencias sanitarias prolongada hasta altas horas de la madrugada. Eran otros tiempos.

A su llegada, Pedro Sánchez fue recibido por un grupo de enfermeras que buscaba un beso, un selfi, un algo, quizá la cálida cercanía del presidente español, fulgor de rock star, auténtica encarnación del ficticio Jed Bartlet interpretado por Martin Sheen, que ha presidido nuestro corazón desde la Casa Blanca, misma magia y mismo flow, hasta lograr que las partículas de oxigeno tintineasen y lograran dibujar una ostentosa y etílica melodía en un lunes lluvioso y gris de abril. Alegría.

Sanitarios y pacientes en el HUCA, este lunes, antes de la comparecencia de Pedro Sánchez.

Just you, just me, se escuchaba cantar a sanitarios, pensionistas y jóvenes estudiantes que no lograban apartar su mirada del Presidente. Jefes de servicio, enfermeras, auxiliares y pacientes tarareaban al unísono The Man I Love, con la aterciopelada elegancia de Ella Fitzgerald al mediodía. Las tres plantas que acogen las consultas externas del HUCA se llenaron de pueblo expectante apoyado sobre las barandillas que los protegían del abismo, hasta que Pedro Sánchez anunció que venía a hacer patria, ampliando un cribado y reclamando para sí, la inversión del estado en sanidad. Todos ellos conformaron una magnífica expresión de lo que es este país, tan diverso como generoso, tan humilde y henchido de orgullo por un hospital, auténtica referencia nacional, que logró introducir a Asturias en la modernidad a través de la arquitectura funcional y la investigación sanitaria. La España de la sanidad pública, la de la marea blanca, congregada en un portentoso e improvisado hemiciclo futurista, se concentraba animosa ante la próxima declaración del Presidente del Gobierno.

Pedro Sánchez compareció con Adrián Barbón y una corte de directores en una puesta en escena tan controlada como las de Kennedy el día de su cumpleaños. Después de que ambos visitaran el centro de investigación neonatal del HUCA, el presidente Sánchez anunció la buena nueva de los cribados. Pero pensar que el Secretario General del PSOE acudió a Asturias para predicar por la sanidad pública o celebrar que la cartera de este servicio se ampliará de 7 a 11 enfermedades en el Sistema Público de Salud, es demasiado pensar. Lo podría haber dicho desde Madrid su Ministra y el efecto habría sido el mismo. Creer que aterrizó en Asturias para anunciar la ubicación de la próxima Agencia Estatal de Salud, era suponer mucho y también pecar de excesiva ingenuidad. Pero el presidente sí dijo algo interesante, escondido en la esquina de una frase aparentemente accesoria y circunstancial. Sánchez tuvo la picardía de afirmar que había tenido constancia de la demanda asturiana, “tras una reunión privada” con el presidente autonómico, Adrián Barbón.

Adrián Barbón y Pedro Sánchez. A la derecha, Delia Losa, delegada del Gobierno en Asturias. Foto de Víctor Guillot.

El musical es un género cinematográfico coral que se nutre tanto de la tensión romántica de los personajes protagonistas que construyen la trama como de las canciones y los bailes que lo nutren. Unos y otros se sintetizan en una amalgama de imágenes y ritmos fulgurantes que convierten el cine en lo más parecido a una ópera o un delirio onírico regido por el principio de suspensión de la realidad. Sin embargo, el musical, como el western o el cine negro, sólo adquieren verdadera dimensión cuando la imagen logra entregar un significado que se acopla a todo lo que está sucediendo fuera de la pantalla. El musical solo tiene sentido cuando aterriza en la realidad.

“Pedro Sánchez, el musical” necesita, por tanto, un contexto. El suyo se explica con la letra de una gran canción: “Es tan ambicioso que hasta cose, pero no lo olviden, amigos, eso es lo que obtiene por hacer ruido”, le cantaban los pacientes de un hospital a Edwar Norton en Todos dicen I love you, después de que Drew Barrimore se tragase accidentalmente su anillo de pedida. Makin´ Whoopee es una canción de Walter Donaldson escrita a finales de los años 20 del pasado siglo, pero ilustra la relación política e institucional que existe entre Sánchez y Barbón, una conexión que con el tiempo se ha ido deteriorando hasta hoy, después de hacer tanto ruido. Asturias lo primero. Después de tanto ruido, parece que alguien se ha tragado un anillo. Quizá sea una buena metáfora que anticipa una separación. O no. Ya lo veremos. En cualquier caso, aunque el HUCA pueda ser un maravilloso escenario, con el encanto de una peli de Stanley Donnen, donde las enfermeras y los enfermeros cantan y flotan y los periodistas toman nota con feliz soltura de las palabras del Presidente, como en los buenos musicales, la puesta en escena siempre es artificial, como un Nueva York de cartón piedra o París de estudio tan falso como un duro de cuatro pesetas.

El principio de realidad impone definir el contexto a la puesta en escena. Del contexto no se escapa ninguna película, ni siquiera un musical. En la comparecencia de Pedro Sánchez y Adrián Barbón se sentía cierta gravedad. El peso de una mentira pronunciada y arrastrada desde hace dos meses que nos permite viajar de un género a otro, de una comedia romántica a un thriller político. De la canción a la mentira, del musical al policesco, basta quizá una frase inoportuna, el desmentido de un ministro, Oscar Puente, un suponer, dispuesto a decir la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad, sobre el vial de Jove y el fracaso de una infraestructura que encuentra su causa en la falta de pericia de una alcaldesa y de un consejero que no supieron gestionar las expectativas creadas en una ciudad.

Groucho Marx

El viaje de Pedro Sánchez estuvo más vinculado a la gestión política del gobierno de Asturias que a la política sanitaria, al peligroso discurso trumpista de Adrián Barbón de los últimos meses que a su compromiso con la sanidad pública, a la posición que tendrá la FSA ante el inminente anuncio por parte del PSOE de su próximo congreso federal que a la verdadera voluntad de templar gaitas. Aún quedan unas elecciones vascas, unas elecciones catalanas y, quien sabe, si a este paso, llegaremos vivos a las elecciones europeas. De manera que un servidor, tras la comparecencia, también se fue como Groucho Marx, aquel Profesor Quincy Adams Wagstaff, subido a una nube tan esponjosa como el delirio, feliz y contento de haber estado ahí, tarareando entre médicos y tullidos, Everyone Says I Love You.

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