Bandera, Ejército y patrioteros tragasímbolos

Cada bandera en el balcón y cada acto de honra a la bandera solo pregonan la necesidad de defender a España de los españoles y de excluir a españoles de España.

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Enrique Del Teso
Enrique Del Teso
Es filólogo y profesor de la Universidad de Oviedo/Uviéu. Su último libro es "La propaganda de ultraderecha y cómo tratar con ella" (Trea, 2022).

Qué podría tener nadie contra la bandera que simboliza su país, qué alergia puede provocar juntar en la retina el rojo y el amarillo. Qué antipatía puede suscitar el ejército. No hay sociedad viable sin un cuerpo armado. Sí, la paz es un valor superior a la guerra y el ejército tiene más que ver con la guerra que con la paz. Pero tampoco nos gusta la enfermedad y no por eso vamos a poner mala cara a los cirujanos. Y hay que ser justos, un montón de gente despreocupada asiste sin ideología a todos estos izados de bandera y despliegue militar como se asiste a los fuegos artificiales y espectáculos efectistas. Y van a ver la llegada del Rey como se va a ver a Meryl Streep, por la fascinación del famoseo. Pero es evidente que estos días los fachas nadan en sus babas henchidos de patria y los progres tienen como pulgas. La alcaldesa Moriyón dice que esto está por encima de ideologías. Llenó la ciudad de toros, misas y banderas, todo sin ideología. Estuvo en la plaza de Colón contra Sánchez, pero era por España, no por ideología. Y censuró la actuación de Albert Plá, pero fue porque le daba asco ser español, no por ideología: era un español sin orgullo de ser español, vaya.

No es fácil vender los propósitos de las derechas europeas. Ya predican sin ambages que la justicia social es un horror y que la libertad está en la injusticia. Milei lo vociferó más alto pero no más claro de como ya lo había dicho Ayuso y otros bocazas. Pero no es fácil razonar por qué debe haber cada vez más riqueza donde ya hay riqueza y por qué a quienes tienen menos hay que quitarles el resuello. No es fácil argumentar por qué los ricos deben dejar de pagar impuestos y la gente se tiene que quedar sin médico, con los colegios desnutridos y con una perspectiva de pobreza en la vejez. Ni es fácil convencer a la mayoría de que están mejor sin derechos, sin vivienda y con sueldos raquíticos y que lo que importa es que las oligarquías ricas sean más ricas. Así que las derechas no intentan razonar nada de esto. Quieren que votemos, no quieren golpes militares. Pero quieren que votemos como salimos de un local cuando estalla un incendio: masificados, con urgencia, asustados, con la conducta movida por los hígados y no por la cabeza. Quieren emociones negativas, miedo y odio, no razonamientos (no pueden; no se puede razonar para la mayoría lo que pretenden). Lo consiguen solo en parte con tácticas de propaganda nuevas destinadas a que los humildes odien a otros humildes y sientan privilegiados a quienes no tengan sus problemas (nunca a los ricos). Los derechos viven en los servicios públicos y quieren que odiemos a sus profesionales y los percibamos como «subvencionados». Pero estas tácticas nuevas de la ultraderecha y derecha asimilada conviven con otras tácticas de toda la vida.

Toda la vida las derechas quisieron asociar su ideología y propósitos con los símbolos compartidos, para que enfrentarse a su ideología e intereses sea quedar fuera de lo compartido, de la nación. Sobreactúan los símbolos con un fanatismo, una compulsión y un histrionismo tal que es difícil acompañarlos. Así hilan su discurso para dejar fuera de lo común a quienes rechacen sus chaladuras patrioteras. Estimulan un discurso sectario y excluyente con los elementos comunes, para que el rechazo a la injusticia social que predican se viva como un rechazo a la patria o una vergüenza de España. La bandera no tiene nada de malo ni de raro. Es normal simbolizar una agrupación tan notable como es un país en unos colores. Pero el propósito natural del patriotismo inflamado no es el cariño por lo común. El propósito del patriotismo sobreactuado es la caza de antipatriotas. La bandera se pone en los balcones como señal de odio a españoles. Por supuesto, nadie dice agredir a nadie. Todo agresor dice defenderse. No olviden que Putin dice invadir Ucrania en defensa propia. El fanatismo nacionalista y la exaltación enloquecida de los símbolos pretende que la gente concentre en su identidad nacional, racial y hasta de orientación sexual todos los resortes de su conducta, quieren que luche por España y no por sus derechos, por su jubilación y por un sistema fiscal que le garantice sanidad, educación y servicios públicos. Razonar no pueden, pero pueden poner la emoción y los resortes de conducta en una identidad falsamente amenazada. Nadie amenaza a los españoles por ser españoles. Ningún izado de bandera defiende ninguna patria. La jura de bandera civil intensifica la alucinación simbólica que hace vivir a la gente lo que no ocurre. Cada bandera en el balcón y cada acto de honra a la bandera solo pregonan la necesidad de defender a España de los españoles y de excluir a españoles de España. Abundan estos días expresiones como «españoles de bien» o «enemigos interiores»; etiquetas de exclusión y enfrentamiento. Es más barato eso que vender la injusticia social que deprime a la mayoría.

Acto de Vox celebrado el pasado 18 de mayo.

El ejército es una institución normal. No sé por qué se dice solo de los militares que su función es servir a España. ¿No es eso lo que hace el personal médico, de bibliotecas, de la enseñanza, de la administración? Los militares son unos subvencionados que prestan un servicio colectivo como los demás «subvencionados». Pero el ejército es algo especial. El servicio que prestan se realiza en situaciones límite de calamidad, desastres, alteraciones o guerra. En las situaciones de excepción en que actúan, la organización colectiva se altera radicalmente. Las condiciones de jerarquía, de subordinación de toda la actividad al elemento amenazante o desastroso quiebran el ordenamiento social ordinario. Todas las legislaciones tienen en cuenta las situaciones de excepción y la correspondiente eliminación de derechos. Si la sociedad funcionara siempre como funciona en momentos de excepción, sería una dictadura. El militarismo de la ultraderecha tiene que ver con esto, con que en las situaciones de actuación militar la sociedad es como querrían que fuera siempre. No hay nada raro en que la sociedad conozca su ejército. Pero los fastos militares sobreactuados, los actos de fascinación por el ejército envueltos en espectáculo, no son el apego de la sociedad a una de sus instituciones. Son una exaltación de las situaciones de excepción. Es propaganda reaccionaria. El contexto es que en Europa hay guerra y suenan tambores de más guerra. En este contexto sí es propaganda belicista. El izado de bandera del IES Montevil no es un gesto de apego al país, de todo innecesario. Es adoctrinamiento en el tipo de conducta compulsiva que repele la conducta razonada que un instituto debe educar.

Llevar la reacción compartida de afecto o repulsión a niveles fanáticos es una forma habitual de convertir lo compartido en un sectarismo excluyente. Todos repudian aquellos tiros en la nuca de ETA. Pero las derechas fingen llevar la repulsa a niveles enloquecidos (como pretender que ETA está más viva que nunca o que Puigdemont es terrorista) para poder llamar terroristas a todos los que no participen de ese delirio. Si una mujer mata a su hija o a su marido, fingen un desgarro arrebatado por esas muertes para que las leyes contra la violencia de género parezcan condescendientes con tales crímenes.

Dick Tracy. Dirigida por Warren Beaty. Protagonizada por Madona y Al Pacino.

No deben olvidarse tres características de este patrioterismo de las derechas. Una es que encubre el propósito autoritario de considerar antipatriota la discrepancia ideológica y de intereses. Otra es enardecer una identidad simbólica falsamente amenazada para que la gente luche contra molinos de viento y no por sus intereses. Y la tercera es que todo es una impostura, no tienen ese amor a una patria, que ni conocen ni les gusta. Todos oímos en una manifestación ultra contra el PSOE a ese personaje estrafalario de Lola Guzmán gritar a la policía que los contenía aquello de «os mató a pocos la ETA, hijos de puta». No hay contradicción ni hipocresía. El malo de Dick Tracy decía de sí mismo que era un servidor del pueblo, porque «si no te sirves del pueblo, el pueblo ¿de qué sirve?». Así son los ultras servidores de la patria: se sirven de la patria y, si no la tienen, no les sirve. No es unidad lo que se respira con tanto fasto desmesurado. Ni es unidad lo que inspira la Corona.

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