Las tres ocupaciones militares de Asturies en el siglo XX

El Ejército español intervendría en 1917, 1934 y 1937 en una provincia con un fuerte y combativo movimiento obrero.

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Diego Díaz Alonso
Diego Díaz Alonso
Historiador y activista social. Escribió en La Nueva España, Les Noticies, Diagonal y Atlántica XXII. Colabora en El Salto y dirige Nortes.

El 13 de agosto de 1917 estallaba la primera huelga general de la historia de España. Socialistas, anarquistas y republicanos tratarían de convertir el paro general, fruto del malestar económico existente, en una ofensiva contra Alfonso XIII. En un momento en el que todas las monarquías parecían tambalearse en Europa tras la revolución rusa, la posibilidad de derrocar al Rey parecía factible, y algunos incluso soñaban con la posibilidad de un Ejército cómplice con el movimiento revolucionario. Consciente del desafío, la Monarquía respondería con mano dura, militarizando el orden público, ametrallando a manifestantes y deteniendo y encarcelando a huelguistas en todo el país. Más de 70 personas perderían la vida en aquellos días. Otras 2.000 pasarían por las distintas cárceles de España. La represión tendría éxito, y entre el 16 y el 18 de agosto la huelga concluía en Barcelona, Madrid y el resto del país.

Asturies sería el último foco huelguista en apagarse en el verano de 1917. A finales de agosto la huelga se extinguía en casi todos los sectores laborales asturianos, excepto en la minería y los trenes, donde todavía la lucha obrera se prolongaría hasta mediados de septiembre.

La persistencia de la huelga entre los trabajadores asturianos motivaría la intervención del Ejército en la provincia, con episodios de terror como el llamado “tren de la muerte”, que tiroteaba a la población civil de la cuenca del Caudal. Al frente de las operaciones militares estaría un joven comandante, Francisco Franco, destinado en Oviedo/Uviéu. Nacía en aquellos días, como ha explicado el historiador Ramón García Piñeiro, el mito de la “Asturias roja”, tanto en un sentido de admiración, como de odio y pánico para los sectores más conservadores de la sociedad.

Soldados españoles en la Guerra del Rif.

Con un imperio colonial cada vez más menguado por las sucesivas derrotas sufridas en ultramar, desde principios del siglo XX el Ejército español, fundamentalmente destinado a asegurar el orden público y el control de la propia población española, va a encontrar en el norte de África una suerte de campo de maniobras a gran escala. La guerra colonial contra las poblaciones rebeldes del Rif será el banco de pruebas de militares como Franco, Mola o Queipo del Llano, en una guerra sin reglas, mucho más despiadada, en las que se ensayan por primera vez los bombardeos masivos sobre población civil o el uso de armas químicas.

Asturies sería el último foco huelguista en apagarse el verano de 1917

Este tipo de guerra colonial, nuevamente con Franco en la dirección de las operaciones militares, va a trasladarse a Asturies en octubre de 1934, cuando nuevamente una huelga general se prolonga durante medio mes en la provincia, en esta ocasión llegando incluso a devenir en una insurrección armada que el Gobierno derechista de la República sofocará apoyándose en el Ejército de Marruecos.

Octavilla lanzada por los militares.

Con los cuarteles asaltados y los obreros socialistas, anarquistas y comunistas levantados en armas, la fortaleza de la llamada Comuna asturiana obligará a una intervención militar más profunda que la de 1917: 15.000 soldados, 3.000 guardias civiles, de asalto y carabineros, aviación bombardeando las cuencas mineras y la Legión entrando a sangre y fuego en los barrios de Oviedo/Uviéu, donde perpetraría matanzas como la de Villafría, en la que perderían la vida 32 personas fusiladas sin juicio.

El General López Ochoa, encargado de reprimir la revolución de Octubre de 1934.

El historiador Paul Preston explica que el Ejército africano desplegó contra los revolucionarios asturianos “una brutalidad similar a sus prácticas habituales al arrasar aldeas marroquíes”. El viajero belga Mathieu Corman, anotaría en su diario de viaje por la Asturies de octubre de 1934 que el Ejército había arrojado las bombas no solo sobre las posiciones de los milicianos, sino también sobre los pueblos mineros, sabiendo que estos “habían sido abandonados por los hombres, que habían salido a combatir en el frente”, pero con otro objetivo: “destruir la moral de los combatientes revolucionarios”, que se daban cuenta “de que la vida de los suyos estaba tan cruelmente expuesta”. Hoy no nos sorprende, pero en 1934 esos niveles de violencia sobre poblaciones civiles eran todavía desconocidos en Europa, donde la guerra tenía ciertas reglas.

Los hechos de Octubre de 1934 serían no obstante sólo el preámbulo de la tercera y más violenta ocupación militar de la historia asturiana, la que llegaría tras la derrota republicana y la toma de la provincia el 21 de octubre de 1937.

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