Algunas enseñanzas del 9-J

Las urnas han hablado el 9-J y han dicho cosas previsibles, otras no tanto y algunas ciertamente desconcertantes.

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José Manuel Zapico
José Manuel Zapico
Empleado público y secretario general de CCOO de Asturies.

Para empezar -y tampoco es una buena noticia, aunque ya se esperase- la abstención ha sido muy elevada. Prácticamente la mitad de la población española no acudió a las urnas, y no parece que se trate de una abstención “consciente”: un no-voto de castigo. Más bien responde a la creencia (equivocada) de que las instituciones europeas son algo lejano, que no nos concierne, cuando la mayor parte de la legislación que se adopta en nuestro país emana de la Unión Europea. Así que el Gobierno tendrá que hacer más pedagogía para explicarlo, y el resto tendremos que “responsabilizarnos”, porque también es nuestro deber cívico. De nada sirve luego lamentarse si cuando tenemos la oportunidad de decidir sobre nuestro futuro no lo hacemos.

Una de las cosas que han dejado claro las urnas es el giro de la Unión Europea hacia la derecha, aunque las fuerzas mayoritarias -y esa es la mejor noticia-, sobre las que se ha constituido la gobernanza en las instituciones comunitarias, siguen ostentando una representación que les puede permitir mantener la apuesta por la consolidación de un proyecto europeo integrador, con perfil propio, frente a los grandes bloques económicos mundiales.

Más preocupante resulta la oscilación hacia la extrema derecha, hacia partidos que pretenden dinamitar lo que representa la Unión Europea con una clara hoja de ruta bélica, ultra neoliberal y supremacista. La caída al mismo tiempo de los liberales y el descenso de los Verdes debilita el bloque de centro y progresista.

En Europa, como es lógico, se han destacado los resultados de los países más poderosos (Alemania, Francia, Italia) donde el avance de la derecha y la extrema derecha ha sido, efectivamente, notable. No sorprende tanto el caso italiano, porque el partido de Meloni, en el poder, ya partía de una posición de fuerza. En Alemania el varapalo ha sido importante para el Gobierno de coalición liderado por los socialdemócratas. Pero el caso, sin duda, más espectacular de avance de la extrema derecha, ha sido el francés, cuyo resultado (si bien Marine Le Pen lleva ya muchos años sembrando entre un creciente electorado descontento ha obligado a Macron a convocar elecciones anticipadas.

En este contexto, no podemos por menos que mirar con admiración hacia los países nórdicos. En Suecia y Finlandia no solo no avanza la ultraderecha, sino que retrocede. En Dinamarca únicamente logra un diputado. Como en tantas otras cosas, Escandinavia vuelve a dar ejemplo de madurez y avance democrático. De ahí también la solidez de sus instituciones de derecho con grandes niveles de bienestar social.

Así las cosas, pese al avance de las posiciones más extremas de la derecha, hay margen suficiente para que los partidos que creen en Europa y en los valores de justicia social, sigan llevando las riendas de la UE. Por eso, desde la Confederación Sindical de CCOO se ha hecho un llamamiento a excluir a las extremas derechas de la gobernabilidad en la Unión Europea. El Partido Popular Europeo no debe dejarse arrastrar hacia posiciones ultras. Además, la UE debe avanzar en un proceso de integración que genere recursos y políticas que no cuestionen la justicia social y descarte la vuelta a políticas de ajuste y austeridad.

En España, como han destacado quienes se dedican al análisis político, los resultados no resultan extrapolables, entre otras razones porque la alta abstención hace difícil sacar conclusiones categóricas en clave de política nacional. Lo cierto es que el PP ha ganado las elecciones con claridad, el PSOE aguanta el tirón, Sumar no logra sus objetivos electorales (y lo que es más preocupante, tampoco consolidar su proyecto político), Podemos tampoco sale muy reforzado… y a la extrema derecha de Vox le ha salido una fuerte competencia, con “Se acabó la fiesta”.

La candidatura antisistema liderada por Alvise Pérez (no deja de ser desconcertante que obtenga prácticamente los mismos apoyos que el partido de la ministra Yolanda Díaz, una de las personas que, errores al margen, más ha hecho por la clase trabajadora en nuestro país), ha dado la campanada sin un programa electoral definido y con ideas tan extravagantes como la construcción de una cárcel gigantesca (al estilo de Bukele en El Salvador) o que su líder reparta el sueldo de eurodiputado, despreciando la labor de las personas honestas que se dedican al ejercicio de la política y que tienen que ser remuneradas por su trabajo, con una clara intención populista, que no ha ocultado, reconociendo también abiertamente que su verdadero objetivo era tener aforamiento como eurodiputado para librarse así de los procesos judiciales que se encuentran abiertos contra él por difundir bulos.

Lo cierto es que la actual extrema derecha tiene su nicho de crecimiento en el hartazgo frente a la corrupción, la desigualdad ante el incremento de la carestía de la vida y el miedo o la incertidumbre cuando las transformaciones no producen bienestar para las mayorías sociales, o se perciben deterioros en las expectativas de vida. A esto habría que añadir campañas de desinformación y realidades paralelas que se generan al margen de los medios de comunicación, y que se extienden venenosamente a través de las redes sociales. Una amenaza sobre la que habría que actuar a nivel político y social.

En todo caso, la clave es que Europa “resuelva urgentemente la inseguridad económica y social que está detrás de la creciente ira y miedo de nuestras sociedades”, como ha advertido Esther Lynch, secretaria general de la CES. Por eso venimos insistiendo en que las políticas progresistas tienen que ofrecer soluciones eficaces a los problemas reales de la gente (empleo decente, acceso a la vivienda, transiciones justas, protección de las personas vulnerables, servicios públicos garantizados). Así no se dejará engañar por los cantos de sirena de la extrema derecha, que vende remedios ilusorios. Porque el descontento y el desencanto se combaten realmente con medidas que mejoren la vida de las clases trabajadoras.

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