Prosperidad a precio de estrés

Adelanto del libro de Javier Ugarte "Como un alumbrado general. Modos de producción, familia y sexualidad".

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Javier Ugarte Pérez
Javier Ugarte Pérez
Es filósofo, autor, entre otros libros, de "Placer que nunca muere: sobre la regulación del homoerotismo en Occidente" y "Competencia o cooperación".

Durante la Antigüedad, la Edad Media y la Edad Moderna, la estabilidad de las comunidades dependía del aumento de la producción, dado que las necesidades superaban la capacidad de los esclavos, siervos y aprendices para satisfacerlas. La estabilidad se alcanzaba cuando los recursos abundaban o las técnicas se desarrollaban adecuadamente, puesto que ambos factores impulsaban el bienestar. Las comunidades o civilizaciones que lograban ese objetivo se expandían y transmitían sus técnicas y modos de vida. En los modos de producción esclavista, servil y mercantil, todos los integrantes de una comunidad participaban en el aumento productivo porque ganaban con ello, con la obvia salvedad de los esclavos. Ello conllevaba cierta cooperación entre los agentes económicos, al menos dentro de las fronteras nacionales.

No obstante, el reparto de la riqueza solía ser muy desigual, especialmente durante la Edad Media y en el mundo rural, a consecuencia de la exacción que realizaban los nobles sobre unos siervos a quienes los señores se comprometían a proteger a cambio de su trabajo y fidelidad personal.  Sin embargo, desde que el capitalismo de base tecnológica dio sus primeros pasos, lo que sucedió a finales del siglo XVIII en lo que a menudo se conoce como “Revolución industrial”, el factor de prosperidad se modificó, puesto que dejó de ser la producción para convertirse en la productividad. El motivo se debe a que las máquinas y tecnologías de proceso fabrican todo lo que el mercado necesita, hasta el punto de saturarlo y generar crisis por falta de demanda, lo que obliga a parar las máquinas y despedir mano de obra hasta que los productos almacenados se consuman.

En el capitalismo tecnológico, el precio de los bienes y servicios se convierte en el factor clave para aumentar las ventas y los beneficios: cuanto mayor sea la inversión, menor es el precio de venta, tal como documento en mi último libro: Como un alumbrado general. Modos de producción, familia y sexualidad (Editorial Postmetropolis). En este capitalismo, las empresas compiten unas con otras por hacerse con porcentajes mayores del mercado. Vender más no es suficiente para despejar el futuro, sino es que preciso ganar terreno frente a sus competidores; con ese fin, cada empresa debe invertir en tecnología y reorganizar periódicamente la producción para reducir costes, lo que abarata el precio de sus bienes y servicios. Tal dinámica beneficia a los consumidores, puesto que dedican menores ingresos a cubrir sus necesidades básicas. Por ejemplo, supóngase que el consumidor desea una bicicleta, pues con el dinero que en 1890 compraba una unidad, en la década de 1970 adquiría cuarenta bicicletas y eso sin contar con las mejoras de diseño y seguridad.

Portada del libro.

Tal hecho conlleva que los propios obreros tengan sus intereses escindidos en cuanto productores y consumidores. Por el primer aspecto, los asalariados temerán las innovaciones, puesto que pueden amortizar sus trabajos y abocarlos al desempleo; sin embargo, en cuanto consumidores desearán que las tecnologías avancen lo más rápido posible para que descienda el precio de los productos a la venta. Ello explica la pervivencia del capitalismo, pese a las admoniciones en contra de Marx, puesto que el grueso de la población asalariada no ha caído en la miseria. Por su parte, los desempleados compiten entre sí en formación y salarios para optar a los puestos que las empresas ofertan. El Estado cada vez requiere menos personal porque externaliza sus funciones; esto es, las traspasa a manos de empresas privadas a cambio de concederles cierta cantidad de dinero, como sucede con los conciertos educativos y sanitarios.

La población trabajadora (asalariada o autónoma) también se encuentra obligada a formarse, ya que aparecen nuevas tecnologías que requieren pericia o reciclaje profesional. A ello se suma que los sectores que demandan poca formación y donde no existen sindicatos proporcionan unos salarios tan bajos que abocan a la precariedad a sus trabajadores. Esto sucede especialmente en varias ramas del sector servicios; por ejemplo, en el reparto de comida a domicilio. Así, el precariado es un sector laboral novedoso, puesto que aúna trabajo y pobreza, en especial en las grandes ciudades, donde el coste habitacional resulta muy elevado, pero los poderes públicos se desentienden del problema. Madrid es buen ejemplo de tal desinterés, puesto que abundan los pisos donde las personas (e, incluso, las familias) alquilan habitaciones en viviendas compartidas, ante la imposibilidad de costear un alquiler a precios de mercado y la inexistencia de vivienda pública.

Foto: Margaret Bourke-White (1937)

A diferencia de esas personas, quienes trabajan en las ramas médica y docente, así como en los campos de la arquitectura y del derecho reciben salarios aceptables, a consecuencia de la formación universitaria que exigen sus empleos. En contrapartida, estas personas sufren de fatiga mental y estrés. El problema se origina en el hecho de que cada empresa exprime al máximo a sus asalariados, a lo que se suma que las nuevas tecnologías, en particular el teléfono móvil y el correo electrónico, han posibilitado algo que hubiera sorprendido y enfadado mucho a la antigua clase obrera: que las personas trabajen en sus hogares tras concluir su jornada laboral en la empresa. Esto sucede cuando el asalariado es presionado para responder llamadas telefónicas o correos antes de que el día concluya, con el fin de que su siguiente jornada comience limpia de tareas.

Obviamente, tal posibilidad no está recogida en los contratos de trabajo y los jefes tampoco pueden exigir que se trabaje más tiempo que el legalmente estipulado, pero las empresas aumentan la jornada laboral por la sencilla vía de proporcionar tareas que requieren más horas de trabajo que las acordadas. De esa manera, el trabajador se queda “voluntariamente” en la oficina o concluye en su hogar lo que no pudo terminar en el puesto de trabajo. Si solo una empresa se comporta así entonces la persona asalariada buscará ocupación en otra empresa, pero si la tasa de desempleo es muy elevada (como sucede en España) o todos los empleadores se comportan de manera parecida, entonces no queda más opción que aceptar la explotación. En especial, allí donde no existen sindicatos o su presencia es puramente testimonial, como sucede en las ramas del sector servicios que se han mencionado y en las pequeñas y medianas empresas (pymes) de muchos ámbitos.

Quizás la productividad premie con un salario elevado a quienes tienen un empleo acorde con su formación, por lo general universitaria, pero el trabajador lleva a sus espaldas una gran carga laboral que le ocasiona estrés, fatiga y problemas en la convivencia, puesto que no puede atender las necesidades de sus allegados. Prueba de lo que acabo de mencionar son las bajas tasas de natalidad en gran parte de Occidente (en especial, en España e Italia), puesto que las familias no encuentran tiempo para alumbrar descendencia; el mismo estrés laboral también genera un gran consumo de ansiolíticos, a la vez que provoca un elevado porcentaje de divorcios. Así, la clase media dispone de dinero, pero está agobiada, mientras la clase obrera se ha precarizado. Quizás todo responda a dinámicas capitalistas y a las maniobras de fondos de inversión internacionales; así y todo, las autoridades tienen el deber, al menos, de facilitar el alojamiento de la población, pero no lo están haciendo. Pese a ello reclaman nuestro voto.   

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