Conocí a Esperanza hace como quince años en el valle del Naranco, uno de esos altos valles que nacen en las estribaciones de los Picos de Europa, en la montaña oriental leonesa. Estaba hablando de un bloque errático, algo que para el resto de los mortales no pasaría por ser más que un pedrusco quizás un poco descarriado. Los geólogos ven cosas que no vemos los demás. Esperanza hablaba de aquel morrillo de piedra, de cómo había viajado decenas de kilómetros desplazado por un glaciar hace miles de años, de su composición, y lo hacía casi acariciando esa mole inerte con la sensibilidad de quien habla con un abeto que hubiesen plantado en el Caribe.
Es una mujer menuda, pero cuando Esperanza se pone a hablar de la orogenia alpina, esa sucesión de movimientos tectónicos que propiciaron la elevación de la Cordillera Cantábrica -y de la mayoría de las cadenas montañosas desde el sudeste asiático hasta aquí, hasta este extremo occidental de Europa-, cualquiera diría que fue ella misma la que con sus manos movió las piezas y dobló delicadamente los plegamientos, como quien juega con plastilina, y dejó todo más o menos como está.


Asistir con Esperanza a un paseo guiado interpretando la geodiversidad -así se llama el conjunto de rocas, minerales, fósiles, suelos, formas del relieve, formaciones y unidades geológicas y paisajes que nos sostienen- es una abstracción en el tiempo. Porque los geólogos tienen también esa capacidad para hablar con absoluta naturalidad de fenómenos que sucedieron hace tantísimo tiempo que a personas como yo, que no saben muy bien lo que hicieron la semana pasada, nos deja en un estado de descoloque del que cuesta reponerse.
Hay algo que nos atrapa cuando nos hablan de un pasado muy pasado. Nos pasa con los dinosaurios, bichos que solo hemos visto en maquetas y simulaciones pero que nos atraen hasta el punto de convertirlos en estrellas del cine. Lo mismo nos sucede con los fósiles; cualquier niño se queda pinzado cuando ve un trilobites aunque no tenga ni idea de que es un ser que quedó capturado en un sedimento hace millones de años. Y palpita algo muy romántico en ello en esta sociedad del hoy en el que ayer es pasado.



El paseo guiado que dirigió Esperanza Fernández por la Laguna Grande de Babia para un grupo de casi cincuenta personas fue un derroche de conocimientos. Yo no pude ir porque arrastro un flemón, también tectónico, pero me lo contaron luego amigas como Eva y como Amparo, que tan impresionada quedó con la belleza babiana que está valorando pedir traslado de su plaza de enfermera desde un Madrid cada vez más complejo en el que vivir: la Tierra se mueve despacio, pero se mueve.
Además de aprender de todo lo que pisamos, el paseo interpretado de Esperanza nos puede deparar otras enseñanzas. En estos días tumultuosos de turismo desbordado, de mapas de ciudades en las que los puntos de viviendas de uso turístico parecen senderuelas, podemos intentar otro tipo de turismo y de ocio que no pase por beber smoothies, comer hamburguesas con salsa de trufa y abarrotar lugares. Los espacios naturales pueden y deben ser objeto de un tipo de turismo pausado, procurando el menor impacto, evitando masificaciones e interpretando la botánica, la fauna, el patrimonio etnográfico, o, como en este caso, la geología.

Cuando el paseo acabó, nos encontramos en Riolago de Babia: había comida popular por el décimo aniversario de la Casa del Parque de Babia y Luna. Allí estaba Norberto Magín, un acordeonista de la Vega los Viejos, dando música al grupo Peña Ubiña, que danzan como Dios manda, con las madreñas calzadas. En una de estas, fue mi amiga Bárbara y se arrancó a bailar lo que en Tsaciana, Babia, Luna y Omaña llaman el baile chano. Me quedé contemplando el movimiento de los pies y me llamó mucho la atención lo pegadinos que van al terreno, no como en otras jotas en las que parece que se quiere echar a volar, como queriendo subir alto. Pensaba, porque quise pensar así, que lo mismo está relacionado con ese apego por la tierra que sienten las personas que habitan estas comarcas tan apabullantemente hermosas.
Ya se lo decía Adelaida, la de La Cueta, a Luis Mateo Díez en “Relato de Babia”: En fin, lo que yo digo es que este pueblo no merecía haberlo abandonado. La gente se va. Nada más digo yo, si no tengamos o tengan que volver los que marcharon un día. Porque la vida yo pongo esta comparación: subimos a ese chopo arriba hasta la cima y donde agarrarnos hay ¿no? Pero llegando a la cima tenemos que volver pa atrás.
Pues eso, que llegar arriba está muy bien pero habrá que volver a pegarnos a la tierra.
(*) Esperanza Fernández es profesora titular de Geología en la Universidad de León.



























