Cuando Pedro Sánchez buscó los votos para el primer gobierno de coalición, los de la CUP los dio por imposibles. Mireia Vehí (1985) comandó en 2019 esa primera experiencia de la CUP en el Congreso de los Diputados. Nacida en Vilafant, en la comarca turística del Alt Empordà, donde su madre, ahora senadora del PSC, fue alcaldesa durante 14 años, y socióloga por la Universidad de Granada, fue una de las diputadas que votó la Declaración Unilateral de Independencia en el Parlament en 2017. Tras una década en política, ahora retirada de la primera línea, ha vuelto a su trabajo anterior, pero no ha dejado de militar, aportando sus experiencias en la asamblea “refundacional” de su organización. Feminista pro-derechos, fue deportada de Turquía por organizar un acto feminista en el Kurdistán. Recientemente, AMA Asturies la invitó a hablar de pornografía y feminismo en su V Escuela Feminista, donde fue reconocida por las trabajadoras sexuales como una de las únicas diputadas que les dio voz y agencia en Madrid.
Definiste al abolicionismo del PSOE como “hipócrita” y planteaste que “la prohibición de los anuncios de contactos dejaría a las trabajadoras sexuales más expuestas a las violencias que sufren”. En la Escuela Feminista estas trabajadoras te agradecieron que les dieses voz y escuchases en el Congreso.
En el Congreso, intentamos invitar a hablar a dos representantes sindicales de las trabajadoras sexuales a la ponencia de ley y fue prácticamente imposible. Queríamos forzar que intervinieran de alguna forma, apoyando su movilización exterior y acompañándolas. Nuestra posición es la de un sector del movimiento feminista: desde dónde se hace política cuando dispones del privilegio. Si se hace política desde la moral y la culpa por tu privilegio, o si se hace política abriendo todos los espacios posibles para que las compañeras que no están en posición de privilegio puedan hablar. Por el contrario, hay planteamientos políticos que consideran que el trabajo sexual nunca puede ejercerse en condiciones de libertad y que confunden trata, prostitución, poder y violencia, consideran que las trabajadoras sexuales siempre están, digamos, negadas de su agencia. Por eso era tan difícil que pudieran intervenir en el proceso: determinados sectores pensaban que eran víctimas de violencia. E incluso si eran víctimas que defendían su trabajo, estarían enajenadas por la violencia y la estructura. Nosotras pensamos que no es cierto, que hay situaciones de trata, pero también prostitución voluntaria; de hecho, podríamos cuestionar circunstancias que llevan a mucha gente a hacer trabajos determinados e indeseables, ¿no? Siempre puede haber agencia.
¿Y cuál podría ser la solución que garantice derechos y proteja a quien lo necesite? Hablabas de la trampa de plantear la abolición de la prostitución sin la abolición de la ley de extranjería o la ley Mordaza.
Al PSOE y a determinados sectores de Podemos les decíamos que si querían una propuesta abolicionista, que la hicieran en términos materiales, aboliendo la ley de extranjería o implantando la Renta Básica Universal. Por otro lado, regular sin la participación activa de las personas que ejercen el trabajo sexual es condescendiente, implica que el Estado decida dónde pueden ejercer la prostitución y dónde no. Y siempre hay gente que queda fuera. Nosotras defendemos una posición política pro-derechos. Que plantea un debate duro con las posiciones abolicionistas, pero que también es crítico con determinado regulacionismo. Y presentamos una ley alternativa a la del PSOE, que incluía una estructura cooperativa del trabajo sexual con perspectiva de clase. Porque uno de los conflictos que hay es quién dispone de los clubs, quién tiene la capacidad. Y mayoritariamente es el mundo del proxenetismo y de la noche. Desde una perspectiva de clase, la cuestión no es negar el ejercicio de la prostitución, sino garantizar que se cortan las dinámicas de explotación de empresarios y grandes corporaciones, que en España hacen mucho dinero con la plusvalía del trabajo sexual.
Participaste en la mesa “Cuidado Caperucita, que viene el porno”, junto a actrices y directoras porno, en la V Escuela Feminista de AMA Asturies. Coincidió en un momento donde el gobierno había presentado un “pasaporte” para regular la pornografía.
No hay educación sexual seria con chicos y chicas en edades tempranas, cuando empiezan a investigar la sexualidad y el amor. Y entonces la pornografía acaba siendo referente, lo que es un problema. Lo que pasa es que eso no se soluciona prohibiendo. Igual que a un chico de 8 años no le damos un coche, es absurdo pensar que el acceso a la pornografía es beneficioso para su vida sexoafectiva, pero prohibir el acceso a la pornografía es poner puertas al campo. Las soluciones pasan por tomar en serio la educación sexoafectiva de las y los jóvenes. Y por la complicidad con la gente que trabaja en el porno. Porque aquí tampoco se escucha a las trabajadoras del sector. Ayer había una directora de cine porno, que explicaba lo difícil que era producir sus películas al margen de las grandes estructuras económicas. Luego hay otro elemento, que es la diferencia entre ficción y la realidad. Explicó que siempre ponía en sus películas elementos surrealistas para marcar que era ficción. Claro, pensar que la gente no distingue la realidad de la ficción, es absurdo. Porque si no, no dejaríamos jugar a niños a juegos de matar y, aunque juegan permanentemente a eso, no salen a la calle a disparar. ¿Por qué con el porno sí que tenemos esta alerta? Pues porque sobre no matar hay muchos elementos socializadores para que no salgas a la calle con una pistola. Y con la sexualidad no hay. Así que seguramente las soluciones pasan por una industria del porno alternativa, con perspectiva feminista, y por tomar en serio enseñar y aprender la sexualidad. Se puede ser respetuoso y respetuosa y se puede ver porno, y tener relaciones sexoafectivas sanas, con consentimiento y respeto a la otra persona.
“La cuestión no es negar la prostitución, sino garantizar que se corte la explotación de empresarios y grandes corporaciones, que en España hacen mucho dinero con la plusvalía del trabajo sexual”
Uno de los temas tratados en la Escuela fue OnlyFans, una plataforma donde en principio ganas libertad porque no hay intermediario. Pero luego das un poder monopolístico a una empresa que se lleva a una comisión y que cada vez tiene más poder sobre las trabadoras. Y cambias, unas productoras por otras.
Lo que vemos es un debate parecido al de los falsos autónomos, desde una perspectiva de la clase trabajadora. Y hay que abordarlo así en vez que desde un punto de vista moral.
Estamos viendo en Estados Unidos que desde los sectores de Trump están prohibiendo libros LGTBI en las bibliotecas de los pueblos y ciudades, para “proteger a los niños”. Y hay listas de prohibición. Es una agenda moralista global…
Hay una tendencia prohibicionista y punitivista, que dialoga con el neoliberalismo. Vox aquí hace lo mismo. Y es que el uso de la prohibición y del código penal va de la mano de sustentar un orden determinado. Y en este caso es la heterosexualidad como norma imperante, blanca y cis. Pero también ese diálogo se produce con las posiciones del movimiento feminista más punitivista y el esencialismo de género. Esta mirada entiende que todo es violencia y que no hay espacios de agencia política. Y, en relación con el sexo y a la masculinidad, que las mujeres siempre estamos en peligro en las relaciones heterosexuales. Que nosotras siempre tenemos un deseo tranquilo, bonito, respetuoso y demás. Y que los hombres siempre están en una posición de poder y siempre tienen un deseo depravado, emancipado de las voluntades de la otra persona. El feminismo negro, Bell Hooks, Angela Davis y otras, ya dijeron que no es lo mismo mi señor que tu señor. Es decir, la raza impera, por ejemplo, la clase impera en cómo la masculinidad y el poder de la masculinidad se ejerce y se vive. Y hay otro problema en términos revolucionarios: se considera que las mujeres no tienen agencia por ser parte de un colectivo, pero considera que los hombres sí son individuales y no parte de una estructura que ejerce violencia. Por eso proponen castigar individualmente para arreglar el problema.
Habíais criticado desde la CUP la ley del “solo sí es sí”. ¿Qué modelo de feminismo defendéis? ¿Qué es diferente de lo que ha planteado la izquierda española?
La diferencia radica en qué modelos de sociedad queremos. Criticamos el uso del código penal, la cárcel y las herramientas represivas del Estado. Somos abolicionistas en términos de cárceles y del uso del código penal para resolver conflictos sociales. La cárcel no está funcionando, la población es racializada y pobre. ¿La violencia machista solo se da de la mano de la gente pobre y racializada? Eso es una ficción. La violencia machista es expresión de un sistema de poder profundísimo que es el heteropatriarcado y el abordaje no puede ser exclusivamente penal. Pero la ley del sí es sí considera que todas las relaciones de violencia y las relaciones heterosexuales se dan en el paradigma de la manada, algo que no es cierto. Y bajo ese paradigma, se propone cárcel y código penal. Y el otro problema es que la ley no está pensada como una herramienta estratégica del movimiento revolucionario. Es decir, siempre perdemos ante el Estado, el código penal y la cárcel, porque no es sólo el texto, es quién lo aplica, cómo se aplica, cómo impacta el código penal… No es ciego y reproduce la estructura social. Además, cuando tú focalizas tu discurso en el código penal y las penas, planteas un impacto de la ley discursivo y simbólico, conservador y de derechas. Todas las leyes tienen una parte dispositiva, una parte performativa de qué sociedad dibujan y una parte simbólica, de impacto simbólico. Con esta ley, abres un debate sobre la violencia y el género, de una manera conservadora, centrado en las penas y en los procesos judiciales. Pero para mí el código penal debe ser la última herramienta.
Hablemos de Catalunya. Este verano Vox rompió los gobiernos autonómicos con el PP porque aceptaron un número irrisorio de menores no acompañados en las comunidades autónomas. Y a la vez, un chaval de un barrio obrero catalán, Lamine Yamal, hijo de migrantes, se convierte en referente en Catalunya y en el Estado. ¿Cómo vivís estos hechos en Cataluña, donde por primera vez ha entrado en el Parlament un partido independentista y racista, que rompe con la tradición del independentismo catalán de apostar por la diversidad cultural? Mientras, la extrema derecha española ha dejado de hablar de vascos y catalanes para centrarse en la inmigración como chivo expiatorio. En este contexto, ¿cuáles son las líneas centrales de debate que estáis teniendo actualmente?
Tenemos que recuperar la mirada larga hacia delante y hacia atrás, rescatar el relato del 15M y el Procés. En sus inicios, son respuestas a una crisis política y de legitimidad política, que politiza hacia la izquierda. Y ha habido una derrota. Podemos trata de encarnar la respuesta institucional a un movimiento masivo de impeachment al orden político. Y no sale del todo bien. Y en Cataluña, el Procés, con una dimensión más interclasista, pero con el hilo nacional y un relato de izquierdas y transformador, de que vamos a construir un país nuevo, también se pierde. No se puede aplicar el referéndum y el independentismo empieza a descomponerse internamente. Y eso conduce a una salida de derechas, porque la crisis de legitimidad no ha desaparecido y la confianza en la política, el Estado y la democracia no ha mejorado. Al contrario, hay más inflación, y aunque durante la pandemia parecía que lo podíamos revertir, en base a lo público, hemos vuelto a perder el terreno. El Procés planteaba una dimensión democratizadora, porque incorporaba un cuestionamiento al Estado español surgido del Pacto del 78. Cuando se niega la revisión del Pacto del 78, la respuesta que triunfa es la conservadora. Porque en España tienes un poder judicial y un ejército que es el que es, y una monarquía dispensadora de recursos a oligarquías. No se ha cuestionado la división de riqueza en España y los problemas continúan. No hemos sabido explicar el desencanto desde la izquierda. Y en Cataluña la lectura es la misma. El independentismo que se descompone era muy plural e interclasista y estaba encuadrado en unos carriles centrales incuestionables, como la diversidad cultural y la democracia. Se pierde y no explicamos a la gente que hemos perdido, que el poder del Estado es el que es, que una guerra contra el Estado implicaba cárcel y exilio. También hay egocentrismo en los espacios políticos, que tratan de reproducirse permanentemente. Y ahí surge la Alianza Catalana de Orriols, que politiza el malestar, en términos nacionales, la inflación, la falta de trabajo.

Hablabas del ciclo del 15M y del Procés. Probablemente la entrada de la CUP en 2012 en el Parlament con David Fernández, desalojado por la policía en Plaza Catalunya en las acampadas del 2011, es la primera expresión política del 15M. Han pasado 12 años y la CUP ha bajado de 9 a 2 diputados en el Parlament, aunque hubo riesgo real de desaparición del vuestro espacio. Te voy a preguntar sobre diferentes momentos de esta última década. El primero, sobre ese primer mandato de David Fernández en 2012. Alcanzó mucho reconocimiento social, por ejemplo tras el cara a cara con Rodrigo Rato. Pero, según vuestro límite de un único mandato, tuvo que abandonar el Parlament y el relevo fue difícil. Mientras otras izquierdas apostaron por la consolidación de macroliderazgos, hicisteis un proceso distinto, muy 15M, de rotación. ¿Os arrepentís de ello?
No. Cambiamos tanto de gente porque nuestra tesis es insurreccionalista, democráticamente, pero insurreccionalista. ¿Qué quiero decir? La lógica de rotar tanto de gente tiene que ver con que no mimetizarnos con los otros políticos. No somos un partido al uso. Pero también tenemos una mirada popular y colectiva de lo que deben de ser los dispositivos políticos y los liderazgos, que, aunque estratégicos, no son el elemento articulador. Lo articulador es la dimensión popular, el pueblo, porque si no es imposible una insurrección democrática, sea para hacer un referéndum o parar un aeropuerto.
“A la CUP, no teniendo presos, nos costó plantear debates políticos honestos durante el Procès: imperó una moral eclesiástica en la que quien tenía más dolor tenía más capacidad de hablar”
Continuáis en las instituciones y, a partir de 2015, parece que en la disputa entre la cuestión social y lo nacional, al final gana la batalla la apuesta nacional, primero con el abrazo de David Fernández con Artur Mas, con el primer referéndum (9N de 2014), y luego, con la decisión de investir a Puigdemont como presidente catalán tras la asamblea de la CUP donde se empata a votos.
La cuestión nacional para nosotras es el elemento para plantear un mundo social alternativo. En el sur de Europa necesitas un Estado para controlar al capital, repartir la riqueza y articular políticas públicas. Y ahí entendemos que nuestro país tiene una realidad política diferencial, cultural y lingüística y que es un elemento agregador para construir un dispositivo nacional popular y revolucionario.
Llevo tiempo queriendo preguntaros por una paradoja: El Procés, o al menos la aceleración del Procés, comienza con la CUP mandando a Artur Más “al basurero de la historia”, en vuestras palabras, y eligiendo en 2016 a Puigdemont, que acelera todo, puede que contra pronóstico. El botón ‘nacional’ se aprieta gracias a la CUP, pero el protagonismo lo asume Puigdemont.
Artur Mas no era de la generación dispuesta a llevar al país a una insurrección democrática, sino de la gente que trabajaba para la oligarquía catalana y española. Le dimos la presidencia a Puigdemont y no entramos en el gobierno. Y eso tiene que ver con una concepción de los roles en política: a nosotros no nos interesan los palacios, sino construir un dispositivo político y popular que desborde los palacios. Y Puigdemont cumple el cometido, hace un referéndum. Pero fíjate que la respuesta al referéndum y la represión del 1-O de 2017 es un tres de octubre con una huelga general, lo que dialoga perfectamente con nuestras tesis. Hay un liderazgo institucional aparente, que convoca un referéndum. Pero una vez que el Estado responde, quien aguanta el referéndum es la gente, en contra de lo que dicen determinadas organizaciones, que proponen irse a casa, tal. No nos vamos a casa. Luego la represión desmonta el equipo institucional de los tres partidos y las dos grandes entidades sociales. Es un debate recurrente en Cataluya el pensar qué hubiera pasado si la gente no se hubiera ido a casa. ¿Y si cuando se declara la República no se desdeclara por Puigdemont (se suspendió la declaración de independencia) y se sigue adelante? ¿Qué pasa en esos días entre Moncloa y el Palau de la Generalitat? Incluso hoy no se ha puesto encima de la mesa de forma colegiada, porque aún están llegando los penúltimos del exilio. Todavía queda Puigdemont y más personas imputadas por malversación, otra de las técnicas históricas de la derecha para desmontar procesos de emancipación. De aquí a unos años podremos tener la información y hacer una lectura colectiva honesta.
Recuerdo que Rufián acusó en Twitter a Puigdemont de haber alcanzado un pacto con el Estado para echarse atrás y no declarar la independencia. El PNV dijo algo similar, que el plan era llegar a un acuerdo con el Estado.
¿El plan de quién? ¿De ciertos sectores de Convergencia? No está claro. Porque dos años después se ocupa un aeropuerto y se está una semana entera respondiendo a la sentencia que manda el gobierno a la cárcel o exilio. Más allá de las miserias actuales del independentismo, que hay muchas, y de las personalidades concretas, los relatos en política son importantes porque no solo disponen el pasado sino predisponen el futuro. Y una de las tareas que tiene ahora la izquierda revolucionaria en Catalunya es construir un relato que permita continuar caminando a las nuevas generaciones. Ha aparecido una organización (Horitzó Socialista), que sale de la izquierda independentista, hermana de GKS en Euskal Herria que dialoga con la nosotras. Se plantean, ¿es lo nacional el elemento fundamental agregador? ¿Qué límites tiene la participación institucional? El referéndum, Puigdemont y echar a Más estuvieron muy bien, pero luego, ¿qué? La alianza estratégica interclasista, ¿ha de ser eterna? Seguramente no.

Volviendo al 1 de octubre de 2017. Eras diputada en el Parlament. ¿Llegó a existir el debate dentro de la CUP de ofrecerse a entrar en el gobierno para firmar la declaración de independencia (DUI) con Puigdemont y Junqueras y asumir la represión? Porque es una paradoja que la CUP, el movimiento más dispuesto a asumir esa represión por su trayectoria, no forma parte de una DUI que provoca la mayor represión del Estado en décadas. Y la consecuencia es que el liderazgo del movimiento independentista lo comandan a partir de entonces los represaliados, exiliados, los partidos que estaban en el gobierno. Supongo que lo fiabais a una respuesta popular, insurreccional, que quedó cortada por la represión.
Yo creo que hay dos cosas. La primera es que octubre del 2017 fue un momento revolucionario. Todo podía pasar. Lo que estaba planteado no funcionó y lo que funcionó se inventó en el momento. La gente desbordó lo preparado. Y muchas cosas se explican por circunstancias concretas y no por grandes teorías y planificaciones. Ahí la CUP obviamente se ofrece a todo. Pero la cuestión no era tanto quién estaba en el gobierno, sino si se declaraba la república o no, si se aguantaba el pulso al Estado. Y al final se declaró, pero no se aguantó. O sea, el debate real era alrededor del poder y no de quién firmaba. Y la segunda cuestión era que la represión impacta. En el momento en el que mandan a los Jordis a la cárcel y en Madrid declara la gente del gobierno y se los quedan y se hace público que otra gente está en el exilio, hay una conmoción colectiva. O sea, de la gente de los partidos, de las entidades, del pueblo… Y esa conmoción… No se sabe canalizar. En esas fechas, nadie podía más en ninguna dirección. Y eso nunca se explica. Los procesos revolucionarios tienen estas cosas. Y, como consecuencia, los líderes de la cárcel cogen un protagonismo fuerte que si lo hubiéramos planificado no habría sido así. Pero también es cierto que nadie les disputó el protagonismo. Y que, a nosotros, no teniendo presos, nos costaba plantear debates políticos honestos. Porque imperaba una especie de moral eclesiástica en la que quien tenía más dolor tenía más capacidad de hablar, y es que es muy doloroso estar en el talego. Nosotros no lo hicimos bien, no estábamos lúcidos, estábamos igual de impactados que mucha gente en Cataluña, se diluye la lucidez entre direcciones a partir de 2018. De hecho, las elecciones de diciembre de 2017 fueron las peores elecciones de nuestra vida, y sacamos un resultado electoral bajo. Llega la presidencia de Torra (2018) y se hace imposible hacer política de forma libre por un impacto emocional colectivo. Yo creo que eso prepara a la memoria y al pueblo para volver a hacer un órdago al Estado. Y eso explica, por ejemplo, también la reacción de Horitzó Socialista, personas socializadas en el 1 de octubre, en el Tsunami, en la cárcel, en el exilio… en la frustración de la gente que te ha llevado a votar. De tu propia gente, que está en las instituciones. Y eso que ahora carcome, yo creo que a medio plazo será un aprendizaje colectivo increíble, tienes generaciones de gente, desde quienes tienen ahora 60 años hasta chavales de 20, socializados así. Eso contribuye a que un pueblo se explique a sí mismo, que construya la identidad catalana no tanto en términos nacionales, como la está explicando hoy Alianza Catalana, sino como una permanente resistencia al Estado.
Llegamos al ciclo electoral de las elecciones del 23J de 2023, con Pedro Sánchez, donde la CUP pierde la representación en Madrid. La caída del independentismo se explica como un “agotamiento” por el Procés. ¿Qué quiere decir eso?
Es verdad que había un agotamiento. La gente está agotada, pero porque tampoco el independentismo ahora tiene capacidad de politizar agravios. Necesitamos ingeniería política e imaginativa en un ciclo de desencanto, no sólo de la gente, sino también de las instituciones, incluso de las independentistas. Y, ¿cómo se rearma un nuevo ciclo de un movimiento que ha perdido con la tesis democrática insurreccional? Las CUP llevamos 12 años en el Parlament y si no se apuesta por nuevas cosas nos costará mantener el espacio actual.
En esas elecciones, todo parecía dividido en dos bloques, o estabas con el bloque que apoyaba a Pedro y el gobierno de coalición o con quienes apoyaban a la derecha y a ultraderecha, sin espacio para matices. ¿Se pagó cierta equidistancia? ¿Cuál es la reflexión que hace en este contexto la CUP?
En las últimas elecciones españolas… no supimos hacernos un hueco en la dicotomía que planteaba Pedro Sánchez, entre él y la extrema derecha. Pero a la vez no está claro que exista ese hueco, no en esas elecciones, sino en ningún lugar hoy en día… mira Francia. Además, en nuestro espacio, veíamos al Estado como un todo monolítico. Y no se supo leer que aunque el PSOE sea el partido del régimen y corresponsable de la represión con nuestra gente, a su vez están librando una batalla con los sectores más reaccionarios del Estado. Y que igual esto no iba de construir un hueco alternativo, sino de jugar con eso. Un Estado es una casa habitada, como diría la crítica marxista, la burocracia, el poder judicial, quien ocupa qué… No es un continente vacío. Se abrió una brecha, la del 15M, Podemos y el Procés, que se perdió y ahora está copado por la derecha y la aristocracia.
En las últimas elecciones catalanas en 2024, quienes salieron mejor parados fueron los partidos que firmaron la ley de amnistía, Puigdemont y el PSC. ¿Qué te pareció?
Fuimos los primeros en poner la ley de amnistía encima de la mesa, queríamos con ella cargarnos a la del 78 y juzgar a los franquistas. Pero una ley de amnistía es política y se explica por la relación de fuerzas que hay, y la que se puede conseguir es la posible en un momento en el que ni la CUP está ya en el Congreso. Es una ley que amnistía a los policías del 1 de octubre y que no cuestiona la amnistía del 78. ¿De qué sirve que tengamos una amnistía si vivimos en un Estado con las cunetas llenas de nuestros abuelos? Y, ¿cómo vas a amnistiar a gente que cumple órdenes desde un Estado que es el que te ha ejercido a ti la violencia política? Finalmente, queríamos incorporar un referéndum a la ley de amnistía, porque si no, nos están perdonando. Y no queremos el perdón de nadie.
Cambiando de tema, estamos viendo en todo el Estado movilizaciones contra el turismo y la turistificación. La CUP realizasteis hace años la primera acción contra el turismo masivo en Barcelona, cuando sonaba hasta violento cuestionarlo. Luego, Ada Colau impulsó medidas desde el Ayuntamiento.
La cuestión del turismo es una de las principales preocupaciones de la izquierda en Cataluña porque el impacto es altísimo. También se habla de ello en Cantabria, Asturias, País Valencià, Baleares. Es un modelo económico extractivista. Buscamos abrir brechas en el movimiento popular, tirar de las preocupaciones colectivas que hay en nuestro país. En pleno pre referéndum en 2017, Arrán (juventudes de la CUP) hizo una acción en un bus en Barcelona, nos llamaron absolutamente de todo, pero tenía un simbolismo muy importante. El movimiento vecinal de la periferia de Barcelona en los años 70 secuestró autobuses para que llegara el transporte público. Y ahí Arrán buscaba hacer el símil con el autobús del turismo. Estas movilizaciones articulan nuestro país con demandas concretas, con la politización del conflicto, de clase y de pobreza, de los agravios cotidianos.
El turismo está claro que afecta a los precios de alquiler, pero parece contradictorio que, aunque nos molesta el turismo, la clase trabajadora también somos turistas…
No, lo que se cuestiona es el modelo. Yo vengo de una comarca donde se vivió siempre del turismo, pero una cosa es el turismo con estructuras donde la riqueza se reparte en la comarca, los sueldos son dignos y el turismo no desborda la capacidad de vivir de la gente que reside ahí, y otra cosa es lo que es Barcelona hoy: Fondos buitre comprando bloques enteros para hacer pisos turísticos y subir el alquiler, hordas de gente llegando en avión o en cruceros, inundando la ciudad. Tres días y se van. Paquetes turísticos vendidos por toda Europa. Despedidas de soltero para beber hasta morirse. Todo ello emancipado de lo que es la ciudad de Barcelona. Mira los campos de golf en Girona, que afectan a los payeses que no pueden regar, mientras turistas de dinero vienen a jugar al golf, con piscinas de agua salada delante del mar en hoteles de lujo.
¿Afectó a Esquerra el pacto presupuestario con el PSC por el Hard Rock?
El Hard Rock ha sido un elemento, pero no el único. Se intentaron los Juegos Olímpicos de Invierno, una guerra que ganamos el movimiento popular. Era algo absurdo, unos Juegos, en plena sequía, donde tendríamos estaciones de esquí produciendo nieve, mientras la gente sufría restricciones para ducharse. O la Formula 1. O la ampliación del aeropuerto del Prat. Todo ello era el paquete que Esquerra defendía pactando con el PSC. No era solo el macrocasino del Hard Rock. Era el paquete entero que convertía este país en un casino para ricos y guiris.
¿Y Ada Colau?
Los Comunes han tenido un compromiso contra este modelo turístico, pero condicionados por el voto de Manuel Valls en la investidura de 2019 y su dependencia del PSC, no es gratuito que esté en un gobierno contigo. Su problema fue que en vez un pacto con los sectores progresistas de Esquerra y la CUP, impulsando un gobierno progresista en Barcelona, giraron hacia el PSC con los votos de Valls. Y eso es la sentencia de muerte para una izquierda transformadora.
Hay también brotes verdes. En las últimas municipales de 2023, la CUP, por primera vez, consigue una alcaldía en una capital de provincia, en Girona, con una alianza amplia. ¿Es posible un Bildu catalán, con una alianza entre los Comunes, la CUP y los sectores progresistas de Esquerra Republicana?
Yo creo que las tesis de la izquierda-abertzale y la nuestra, son distintas. Ellos buscan acumulación de poder institucional. Yo creo que nosotros, y Girona es un ejemplo, aunque buscamos poder institucional, queremos mantener un combate con el Estado. Además, en Girona la izquierda independentista ha tenido poder históricamente y costó años de trabajo lograr esta alcaldía. Pero sí que es cierto que plantearon un modelo abierto con ciertos sectores de los comunes soberanistas y que creo que sí que se podría dar, aunque ha habido una negativa hasta la fecha de los sectores soberanistas de la izquierda española y de los Comunes a asumir que el derecho a la autodeterminación es central. Pero tenemos espacios de encuentro, en asambleas, en nuestra Escuela de Verano.
¿Cuál es el modelo de financiación autonómico que sería justo y solidario para la CUP? Sabes que este tema genera ruptura con la izquierda española, que demanda solidaridad hacia otros territorios infra-financiados.
Cualquier sistema impositivo tiene que repartir la riqueza. Pero hay límites. El primero, por cómo funciona el Estado español, en una dinámica de centralización que hace difícil definir qué se hace con el dinero. Es imposible decidir nada en Madrid, negocian con un trato chantajista. Y la segunda cuestión es la democracia en términos populares. No creemos en un macroestado que se imponga desde el centro con los valores y las expectativas del centro. Creemos en la capacidad de recaudación y de decidir qué se hace con el dinero, no sólo en Cataluña, sino en todos los territorios, es decir, el autogobierno sobre los ingresos y nuestros servicios públicos. Porque ahora están el PSOE y Sumar, pero cuando estén el PP con Vox, ¿qué vamos a hacer? La cuestión no es tanto si queremos repartir, que sí, sino quién decide, cómo y dónde. Y que todo el mundo pueda decidir en su casa.
A menudo oímos en la izquierda que desde las instituciones se desmoviliza la calle, pero a veces no hay ni instituciones ni calle. ¿Por qué bajó la CUP en los últimos procesos electorales (2023 y 2024) y cómo recuperarse? Supongo que es el debate central que tendréis ahora.
No lo acabamos de saber. Esa pregunta se la están haciendo todos los espacios. En las generales mucho voto fue a Esquerra porque planteaba una política más amable con el PSOE. Algún voto fue incluso al PSOE. Otro a Junts. Nuestras fronteras electorales son con Esquerra y Junts y con los Comunes, aunque algo menos. Independentismo e izquierda. La clave es cuál es la respuesta de la gente a la crisis de legitimidad del régimen y a la permanente sensación de pérdida de poder adquisitivo. Las encuestas de voto sólo miran a quién votaste en las últimas y a quién pretendes votar. Pero la política va de pasión, en cómo la gente se agrega a espacios políticos, y mucha gente vota en último minuto. Hay que pensar más en cómo politizar agravios y recuperar terreno de izquierdas que en cálculos electorales.
¿Y qué crees que debería hacer la izquierda española para recuperarse?
No voy a contestar a esa pregunta. No, no sé.
Te la reformulo, ¿qué fue para ti lo más frustrante tratando con la izquierda española en el Congreso?
Esa pregunta me parece mejor. Lo más frustrante fue el abandono de la posibilidad del cambio democrático profundo. Apostaron por la tesis del recambio de élites. Y detrás de esta tesis hay una aceptación del orden. Porque la lectura que tú haces del poder no es que la disposición esté mal, sino que la gente que lo está administrando lo hace mal. Y que tú lo harás mejor porque estás más formado y eres más demócrata porque no has vivido el franquismo. Y de eso se derivan muchísimas cosas. Por ejemplo, que tengas una ministra de trabajo, lideresa de la izquierda española, que cuando configura la reforma laboral se plantea mediadora entre patronales y sindicatos, sin hablar de la riqueza y propiedad de las empresas. Pero no en el sentido de expropiar, sino de la estructura de propiedad española, que viene del franquismo. O eso te explica una ley del sólo sí es sí que tira de código penal y de cárcel, porque no construye un sistema alternativo. O que no hubiera un compromiso material sobre la autodeterminación, sólo discursivo. O que Pablo Iglesias, sólo fuera beligerante cuando sale del gobierno. Su último discurso como vicepresidente, donde explica en el Congreso la estructura de los medios de comunicación fue una clase magistral del poder mediático en España. Pero, claro, eso no le importaba tanto cuando era ministro. Para mí la frustración ha sido ésa, el creerse que un Estado como el español se democratiza renovando élites. Se consiguieron cosas buenas y hemos votado políticas progresistas, pero fue epidérmico.
Una pregunta más personal. La CUP favorece el paso entre militancia, cargo público y retorno a la militancia. ¿Cómo es la vida de Mireia Vehí tras salir del Congreso y de 10 años en primera línea? ¿Es posible la vida civil?
Es posible. De hecho, ahora estamos en un proceso de refundación, y participo muy motivada. Tras estos diez años mi vivencia puede aportar en las reflexiones de la organización y del movimiento. A la vez estoy un poco retirada, porque el ciclo ha sido largo. Y necesito reubicarme, descansar, recuperar mi vida laboral, personal. Así, no solo es posible volver a la vida civil, sino también deseable. Si las izquierdas transformadoras no queremos ser partidos al uso, como el PSOE, tenemos que hablar de qué pasa con el poder. Pero no el poder del Estado, sino qué pasa cuando eres portavoz, cuando sales por la televisión, cuando tu vida está centrada en el ejercicio de la política institucional. Ahí pasan muchas cosas. Unas tienen que ver con el ego. Las otras con que se te considera más que al resto, con que tú tienes una visión, una vida que no puede ser de otra manera, pero que acaba asimilándose a la del resto de políticos. Porque tienes que estudiar, hacer deporte, dormir y leer, porque si no, no puedes hacer política institucional bien, que es lo que te pide tu organización. ¿Qué pasa cuando todo eso se acaba? ¿De qué manera te recibe a ti la organización? Si mantienes esa especie de pátina de aristocracia política o no. Si la mantienes, es un desastre, porque necesitas volver a ser una persona normal, pero si no la mantienes te sientes que no eres nadie. ¿De qué manera se construyen espacios intermedios que reconozcan la trayectoria política y que acompañen a la gente a volver a tener un sitio en la organización? ¿Cómo se curan las heridas de cuando las cosas van tan rápido? No las traiciones, pero sí los conflictos entre militantes. Hay gente que sale de ahí y nunca más quiere volver a militar, porque tiene tantas penas o facturas acumuladas que es incapaz. Hay gente que cambia de vida, otras tratan de volver a militar y no lo consiguen. Yo en este sentido me siento afortunada, porque he salido de ahí, he podido descansar y siento que mi gente me acompaña, que no soy cualquiera, pero tampoco más que el resto. Eso va de una comunidad política más allá del partido. Necesitamos espacios de militancia intermedios. Pero no se habla de ello, porque a la gente le da vergüenza decir, mira, ahora me siento que no soy nadie, no me suena el teléfono. No eres la misma persona, ni lo debes ser, que hace diez años, porque las experiencias han sido muy punkis, pero debe haber un sitio donde volver. Una comunidad.



























