En un lugar de la Comunidad de Madrid el ayuntamiento ha decidido que, en las fiestas locales, se eliminen los ‘puntos violeta’. Según se explica en la página oficial del Ministerio de Igualdad, estos puntos tienen tres objetivos principales: implicar a toda la sociedad en la lucha contra la violencia machista, acercar los servicios integrales a las víctimas y facilitar a establecimientos, entidades, empresas y organismos públicos información sobre cómo actuar ante uno de estos casos. Estos puntos, pues, se eliminan y, a cambio, se recomienda a las posibles víctimas de abusos sexuales que pidan ayuda gritando “¡Fuego!” (fácil y barato) y acudan después a la policía o la guardia civil. Sobre lo segundo, hay que dar las gracias a este ayuntamiento por la aclaración, porque las mujeres, hasta ahora, siempre habíamos pensado que las denuncias por agresión se ponían en las panaderías. Sobre lo de gritar “¡Fuego!”, para no pasarme de lista, me he documentado, y es cierto que no es una novedad, ni una ocurrencia del ayuntamiento en cuestión, sino que, al parecer, es conocido que la gente acude con mayor presteza al grito de “¡Fuego!” que al de “¡Socorro!”, dicen que por curiosidad. Y aquí es donde me permito un consejo, que gritemos “¡Gol!”. No creo que nadie dude de la eficacia de esta estrategia. Es igual de barato y más fácil, una sílaba frente a dos. Y ante el grito de “¡Gol!” no sólo es que la gente acuda, es que, como bien sabemos, la tierra tiembla.
No tiene gracia. No la tengo yo, aunque lo intente, ni la tiene el asunto. Claro que hay que gritar y defenderse, no vayan luego a creer los jueces que nos estábamos divirtiendo, claro que hay que ir a comisaría. Pero no siempre se puede y, desde luego, nunca eso es suficiente. Da pereza explicar que implicar a todo el mundo en la lucha contra la lacra de las agresiones sexuales es imprescindible, que la información es siempre poca, que hay que hacer lo posible para que las víctimas no se sientan solas. Esa es la intención de los ‘puntos violeta’, no reemplazar a las fuerzas de seguridad. No son la solución, pero eliminarlos es un desprecio de parte de políticos despreciables.
Por ver el lado bueno, es cierto que podemos gritar y, de momento, en ese grito podemos decir (casi) lo que nos dé la gana, podemos decir “¡Socorro!”, “¡Fuego!”, “¡Gol!”, incluso “From the river to the sea, Palestina will be free” (“Desde el río hasta el mar, Palestina será libre”). Aunque aquí y allí alguna restricción se empieza a imponer. Un tribunal alemán ha condenado a una mujer por gritar esto último en una manifestación. Al parecer, gritar en favor de la libertad de un pueblo que está siendo exterminado significa que deseas el exterminio del exterminador. Y exterminar a Palestina, bueno, pero desear el extermino del estado genocida de Israel (si fuera esa la idea, que no), malo. Aquí, de momento, creo que podemos seguir diciéndolo. Si en algún momento los tribunales lo impiden, ya sabemos, a gritar “¡Gol!” para llamar la atención sobre el genocidio cada vez que Israel lance bombas sobre las niñas y niños palestinos.
Entre los lugares en los que las mujeres no pueden gritar nada está Afganistán, donde su voz (ni siquiera se trata de un grito, sino de su mera voz, por suave que ésta sea) acaba de ser prohibida por esas bestias inmundas que son los talibanes. Ya no podían estudiar, ni trabajar, ni conducir, ni viajar solas, ni enseñar un centímetro de piel. Ahora no pueden tampoco dejar oír su voz en público. Es cierto que los hombres también tienen sus problemas, como bien nos recuerda Isabel Díaz Ayuso cada 8M (“¿para cuándo el día del hombre?”), incluso en Afganistán: los talibanes les prohíben llevar corbata, o afeitarse demasiado la barba. Me he preguntado, de pronto, si también tendrán prohibido el fútbol, pero no, de nuevo me he documentado para no meter la pata más de la cuenta, y en el Marca de hace solo tres años leo que “El fútbol sobrevive a los talibanes: el balón no deja de rodar en Afganistán” y me quedo tranquila. Quizá ninguna mujer sobreviva, pero el fútbol sí y el grito de “¡Gol!” seguirá resonando, aunque allí sólo para indicar que un balón ha entrado en una portería.
Y habrá que seguir dando gracias de que, aunque haya países en los que no se permita escuchar la voz de las mujeres (y qué espanto produce la idea de un lugar en el que no se escuchen voces de mujeres), no se llega al punto de cortarles la lengua para que no denuncien, como hizo el rey tracio Tereo con Filomela, su cuñada, después de violarla, según la mitología de los antiguos griegos. Filomela, de acuerdo con la versión más conocida de la historia, consiguió contarle a su hermana Procne lo que le había pasado bordándolo en una tela. Lo que no sabemos es si le pasó lo que le pasó por no gritar “¡Fuego!” a tiempo.



























