Como soy profesora de lengua y literatura, y he hecho de mi pasión por las palabras un oficio del que vivo, han llegado a preguntarme algunas veces si ahora se lee menos. Más que pregunta suele ser un comentario, una afirmación, una búsqueda de complicidad sobre una opinión ya formada. Yo nunca he estado muy segura de la respuesta y no creo haber dicho jamás que sí, pero desde hace un tiempo he empezado a decir con más contundencia que no.Esta conclusión a la que he llegado sin hacer ningún uso de estadísticas no parece que goce de mucha popularidad. Mucha gente –profesoras, libreros, académicos, escritores, bibliotecarias…– parece estar de acuerdo en que los hábitos de lectura son ahora peoresque antes, pero yo estoy convencida de que antes no eran mejores que ahora y que, si no se lee más, tampoco diría que se lee menos. O si no, tendría dificultad para entender mi propia historia, dándole un estatus de excepcionalidad que no tiene. Salvo un misal y un libro de cocina, en la casa en la que me crie no había libros, y en el pueblo en el que crecí no había biblioteca. En la escuela a la que fui tampoco había más lectura que la que nos ofrecían los libros de texto y la primera vez que saqué un libro de una biblioteca fue el día en que llegó a Grullos un furgón de la Red de Bibliotecas Públicas de Asturias que hacía préstamos. Tendría trece o catorce años, tal vez doce, y saqué una novela policíaca que leí de un tirón en una de esas tardes de verano asturianas que no están para la yerba, confiando en que aquel bibliobús volviera a Grullos. El bibliobús no volvió, los pocos libros que habrían prestado se perderían en nuestras casas, y las limitadas posibilidades de lectura que teníamos en aquel pueblo en el que leer no se sentía como una necesidad mayor volvieron al punto de partida.
Estábamos en los años 70. En los 80, las aulas de los institutos y de las universidades se llenaron con todos los que empezábamos a romper el círculo iletrado del que procedíamos y digamos que, más o menos, quien quiso estudiar estudió. Y quien no lo hizo siguió una tradición de vida que los que estudiamos habíamos roto. Pero los libros seguían escaseando y los hábitos de lectura, incluso entre estudiantes de una facultad de Letras como a la que yo fui, diría que no eran realmente espectaculares. Decir esto no es decir que no hubiera gente que leyera muchísimo, porque me consta que la había, lo mismo que había gente en aquellos pueblos sin libros que luchaba por arañar la palabra escrita que le era prácticamente inaccesible cuando la mínima ocasión se presentaba. Contaba Maruja la de Lin, una de las 17 mujeres que entrevisté a finales de los noventa, que tantas eran las ganas de leer que pasaba –y no tenía qué– que cuando hizo el examen de ingreso de bachiller –algo insólito en una mujer campesina nacida en el 24– y le pusieron una prueba de lectura, se entusiasmó de tal modo con la historia que estaba leyendo que al quitarle el libro, satisfechos con su nivel, Maruja les preguntó –con decepción– que por qué se lo quitaban. A mi abuela Lucía le gustaba que le leyera Las novelas ejemplares de Cervantes, sin saber ni ella ni yo quién era Cervantes, y a mi abuelo lo recuerdo sentado al lado de la ventana de la cocina, con uno de nuestros libros de historia, moviendo rítmicamente los labios al compás de las sílabas que iba descrifrando. De la misma forma leyó siempre mi padre, y mi madre, que le gusta hacerlo en voz alta, guía a veces la lectura con el dedo, subrayando cada una de las líneas de lo que lee para asegurarse, me imagino, que no va a perderse.
Al menos, todos ellos aprendieron a leer y a escribir, y disfrutaron de alguno de los beneficios que estas destrezas brindan a quien las conoce, porque una parte de la familia de mi madre, a quien le había tocado vivir en una hermosa aldea colgada en el pico de un monte, era analfabeta. Con el tiempo, y sobre todo con la necesidad, los hubo que aprendieron a leer de una forma rudimentaria y otros consiguieron dibujar con cierta pericia los trazos de su nombre para no firmar con una cruz. No sé si esta franja de tiempo en la que les tocó vivir a esta tres o cuatro generaciones de hombres y mujeres a las que acabo de referirme se corresponde con ese antes del que se afirma obstinadamente que se leía más. En la mayoría de los casos ni siquiera se leía, porque poco va a leer quien no fue a la escuela y no sabe hacerlo, quien no fue más que de forma irregular y esporádica y quien nunca tuvo libros o apenas supo lo que eran. Aunque los datos oscilan ligeramente, el índice de analfabetismo en España a principios de siglo XX alcanzaba aproximadamente el 56% entre los hombres y el 71% en las mujeres, cifras que se van reduciendo solo a partir de los años 50, cuando se crea la Junta Nacional contra el Analfabetismo para favorecer el desarrollo económico de la nación. Retroceder en el tiempo me parece ocioso, y aproximarnos a otras geografías, a pesar de todos los matices que existen, no nos llevaría a una conclusión distinta a la que propongo en este artículo que no pretende ser un ensayo académico.
Así es que antes –cuando y donde quiera que ese antes decidamos situarlo– se leía menos y quienes lo hacían era una élite económica que tenía acceso exclusivo a los códigos de la educación formal y de la cultura. Aun así, me imagino que de esta élite lo harían únicamente quienes tuvieran, igual que hoy, un interés especial por la lectura. No es verdad que toda la gente económicamente privilegiada leyera, aunque supieran y pudieran hacerlo, y en los salones de las casas de la gente rica los libros cumplían con frecuencia una función decorativa que solo las sirvientas tocaban para quitarles el polvo. Hablo de esa élite rural de la época de Franco que me tocó conocer de cerca y cuyos saberes, tampoco muchos, procedían del hecho de que viajaban más y tenían contactos que los demás no teníamos. Ni siquiera en casa de la maestra, a quien llevábamos religiosamente el solomillo de la matanza en invierno y las mejores fresas del año en primavera, había una simple estantería en donde colocar unos libros.

Sería bueno saber por qué se piensa que hoy se lee menos. Sé que muchos profesores nos hemos quejado en alguna ocasión de todos esos alumnos que llegan a la universidad sin un interés especial por enterarse de lo que se esconde en las entrañas de un libro; imaginamos actualmente que es así porque el tiempo que se podría pasar con un objeto de papel entre las manos, lo ocupan ahora con el teléfono, dejando que el tiempo transcurra plácidamente en el mundo infinito de las plataformas virtuales a las que el teléfono nos conduce. No es ninguna invención que muchos estudiantes se matriculan, incluso en las clases de literatura, sin un afición especial por la lectura, y con un desconocimiento absoluto de las referencias literarias más básicas. Pero esta situación es anterior a la presencia del móvil y de las redes sociales, y estoy casi segura de que cuenta con el mismo margen de excepciones de siempre. El contexto, además, no es replicable porque cada vez es más la gente que tiene acceso a una educación básica extendida, más la que llega a la universidad –tal vez más desorientada que antes y con menos formación, aunque afirmar esto signifique ignorar la universidad a la que unos y otros llegan y el nivel que traen de donde vienen–, muchísima más la gente de cualquier edad que tiene posibilidades de comprar un libro o de ir a una biblioteca si así lo desea. Este desajuste entre posibilidades, ofertas y deseos, que no tiene precedente en la historia, es el que seguramente nos hace sentir que el desinterés por la lectura es cada vez mayor, aunque lo más probable es que siga siendo el mismo, y que la necesidad de leer se esté pudiendo reparar notablemente mejor que en épocas anteriores. Las clases más desfavorecidas que antes no leían, y que formaban una mayoría abrumadora, al menos ahora han mandado a sus hijas y sus hijos a escuelas donde tendrán que leer algo, aunque sea poco y por obligación, y en donde, si su inclinación es esa, podrán formarse como futuros lectores.
Aunque se me hace difícil imaginar mi vida sin libros, soy consciente de que apenas me separa una generación de este privilegio que de mis padres y abuelos hacia atrás nadie tuvo. Cómo ellos pudieron haber satisfecho lo que para mí se ha convertido en una necesidad no lo sé, pero entiendo que la vida es una página de lectura infinita a la que accedemos con muy distintos códigos. En realidad, de las aproximadamente 7.000 lenguas que se hablan en la actualidad en el mundo solo unas 1.700 –ni siquiera un cuarto de los idiomas que existen– cuentan con un sistema de escritura. Las casi cinco mil lenguas restantes siguen fijando la transmisión de su sabiduría y de conocimientos a la tradición oral, hecho que no las hace inferiores.
No pertenezco a ninguna de estas culturas ágrafas, pero me crie entre esa gente que antes que en los libros tuvo que leer en los surcos de la tierra, en las grietas del aire, en las finas líneas de luz que anticipaban la dosis justa de agua que se necesita para que la vida, la suya y la de todos, siga adelante. Sabían mucho más de lo que siempre pensaron y les hicieron creer que sabían, y resintieron con frecuencia el elitismo de la cultura letrada que ignoró obstinadamente sus conocimientos. En cuanto pudieron nos mandaron a estudiar y, para que no se notara el olor a aldea que aún llevábamos en la piel, nos privaron de la sabiduría ancestral que ellos poseían. Ni siquiera para los que no quisieron estudiar hubo un camino de retorno, porque antes que al campo se fueron a las fábricas, a la ciudad, al cemento, y aunque tampoco hubo libros en este nuevo espacio, se habían podido librar del estigma de la aldea gracias al trabajo asalariado de las fábricas que les permitió alcanzar un cierto progreso económico. Los que se quedaron, que también fueron muchos, hicieron de la economía mixta una clase social nueva. Mi padre se sentía tan orgulloso del sueldo de obrero de Ensidesa como de los animales que criaba y de la tierra que nunca, hasta el año mismo en que murió, dejó de cultivar. Trabajaba a turnos y, cuando llegaba por la mañana después de haber estado toda la noche en la fábrica, ordeñaba las vacas antes de echarse a dormir. Las vacaciones del verano las aprovechaba para hacer la yerba y la cosecha se iba recogiendo en los descansos o en las mañanas y tardes que no tenía que trabajar. Organizaba el tiempo al milímetro y confiaba en la fortaleza enorme de su cuerpo. Aunque hubiera libros, y en un momento empezó a haberlos, y tanto él como mi madre se sintieron orgullosos de que en la casa fuéramos teniendo algo parecido a una biblioteca, mi padre no leyó nunca. Apenas el periódico cuando lo había, noticias locales de su interés, alguno de los libros que años más tarde yo llegué a publicar, y una vez en Nueva York, durante los meses de invierno que pasaban con nosotros mientras la tierra se apaciguaba para recibir la primavera, leyó Réquiem por un campesino español, de Ramón J. Sender. Sé por mi madre, porque él no hizo comentario alguno de una novela que acabó con una rapidez sorprendente, que la historia, cuyo final había anticipado páginas antes de acabarla, se le arrugó en el estómago. Demasiado cercana, me imagino, para que dejara indiferente a un hombre que vivió siempre al borde de las emociones. A mi padre lo entretenía mucho una buena conversación –que bien podría ser el origen de un libro– y mi madre es buena lectora cuando lee, pero más que de leer se ha ocupado de cuidarme los libros que tengo en Grullos de una manera que jamás a mí se me hubiera ocurrido. Cierra las persianas cuando entra el sol para que la luz no los queme, cubre la parte superior de las hojas con papel de periódico para protegerlos del polvo, y los separa prudentemente de la pared para aislarlos de la humedad y evitar que les salgan manchas. Entiendo y comparto la satisfacción que esta búsqueda de orden físico le produce a mi madre pero sé de sobra que no se detiene a leerlos –aunque disfrutaría mucho si lo hiciera– y lo más seguro es que los mire con esa mezcla de reverencia y temor que siguen teniendo quienes les ha tocado estar al margen de la ciudad letrada y vivir excluidos de la palabra escrita.
No sé si ahora se lee poco pero antes, definitivamente, se leía menos.



























