San Mateo: las terrazas son la antítesis de las fiestas

Lo primero sería volver a tener una oferta de música en directo gratuita y continuada en el centro de la ciudad.

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Xuan García Vijande
Xuan García Vijande
Comunicador, barman, músico. Redactor musical en Cuarto y mitad.

Es un día normal dentro de la extraordinaria semana de San Mateo. Saco el teléfono y me encuentro un vídeo de Nuevas Generaciones del PP de Oviedo. Un chaval, micrófono en mano, se pasea por el Bombé preguntando a la gente su opinión de las fiestas. «Otro rollo donde da la casualidad de que la gente que responde está superdeacuerdo con quien pregunta», pienso. Me equivoco. La selección de vecinos y vecinas dicen echar de menos los conciertos gratuitos, La Catedral y los chiringuitos. ¿Por qué publicaron ese vídeo? En la izquierda siempre se quejaron de no ser tan disciplinados como los conservadores.

Da que pensar. Aunque sea un gobierno del PP el que haya revertido un modelo que demostró su éxito durante casi cuatro décadas, fue también el PP el que lo mantuvo y lo reformó sin atacar su núcleo esencial.

Es evidente, se huele en la calle, la nostalgia es una aguja con un hilo en su ojal. Nos atraviesa con independencia de que seamos de izquierdas, de derechas, del Osasuna o Trekkies. Fue ese hilo el que unió a doscientas personas que llenaron las calles de Oviedo hace dos años ante el «peor San Mateo de la historia». Pero la nostalgia también es un veneno que, en grandes dosis, puede arrastrar al infectado a un profundo estado de distimia e indiferencia generalizada. Nadie confiaría en un conductor que solo mira por el retrovisor. Solo el futuro es excitante, porque nos recuerda nuestra condición de homo faber, nuestra capacidad para transformar y domar el desbocado flujo de la historia.

Como escribió Ángel González, el ayer es ese «día incomparable que ya nadie nunca volverá a ver jamás sobre la tierra». El San Mateo que (¿casi?)todos amábamos y conocíamos no volverá, como la Costa Brava o las toallas de promoción de Coca-Cola. La actual disposición de casetas chiringuitadas —aquí nadie reconoce un error aunque le metan palillos bajo las uñas— estará vigente durante los próximos tres años. Pero eso no nos puede hacer desesperar a quienes, como yo, integramos el bando del disfrute, a quienes creemos que las terrazas son la antítesis de las fiestas y que pelearse por una mesa no es un signo de éxito, sino más bien de la decadencia de Occidente.

Para ocio y regocijo del lector que ya ha llegado hasta aquí, quiero introducir esta imagen: De nada nos servirá agarrarnos apasionadamente en el aeropuerto y decir «Siempre nos quedará el Pinón Folixa», marcharnos desenfadadamente y decir «Tócala otra vez, Álvaro Bárcena». Pero ahora volvemos a lo que nos ocupa: el futuro.

Si no nos gusta la Catedral, lo tenemos fácil: en 2025 La Vega será definitivamente de Oviedo.

Urge que miremos al mañana como Miguel Ángel —que no Ángel Miguel— al bloque de mármol y que, igual que el escultor, podamos hacer emerger de la posibilidad un futuro que nos ilusione. Esto se puede aplicar a todo, pero yo he venido a hablar de San Mateo y la necesidad de tejer una alternativa que restituya los espacios colectivos y populares, que recupere la diversidad de unas fiestas que las hacía más interesantes para todo el mundo y, por fuerza, convocaba a más personas. Más allá de grandes cambios que podrían llegar una vez termine este periodo de cuatro años, como revertir la dispersión hacia el Oeste que transforma el Campo San Francisco en un recinto ferial, quienes apostamos por un modelo distinto deberíamos empezar a plantear cambios realizables para las próximas ediciones mateínas.

Concierto de Lola Índigo en La Ería.

Lo primero sería volver a tener una oferta de música en directo gratuita y continuada en el centro de la ciudad. ¿Hay que explicar los beneficios de esta medida? Por favor, buscad en gúgol «Concierto WarCry La Catedral Oviedo». Bueno, no os vayáis tan lejos y buscad cómo estaba este mismo año con una orquesta en la noche de San Xuan. De hecho, ¿qué narices? Más cerca todavía, fijaos en cómo estaba la Escandalera con El Arrebato. Se hace extraño el halago a los conciertos gratuitos en el centro y la apuesta decidida y privilegiada por un modelo de pago, privatizado y en un barrio periférico.

Si no nos gusta la Catedral, lo tenemos fácil: en 2025 La Vega será definitivamente de Oviedo. 122.000 m2 a disposición del concejo, con espacio de sobra para no molestar al vecindario y proveer de seguridad al recinto, con la exitosa experiencia de cuatro ediciones del festival VESU organizado por la misma Fundación Municipal de Cultura. La Fábrica de Armas tiene otro beneficio parejo. Si el Bombé y la Herradura son una tela de araña para el público que vuelve al centro desde La Ería, el público de los conciertos de La Vega recalaría directamente en los locales y casetas del Antiguo, un barrio terriblemente golpeado por el cambio de modelo festivo que desconcentró la oferta de ocio antes reunida en sus calles, como cuando se llevaron los Isótopos a Albuquerque.

Esto no va de ser de izquierdas o de derechas, o precisamente va de defender un espacio de encuentro donde todo eso daba igual y el tío más de derechas que te hubieras echado a la cara se tomaba un mojito en el Rincón Cubano, y los de Podemos se comían un bocata de calamares en La Guinda, y la abuela se tomaba unas sidras con los nietos en el Pinón Folixa, y los del Sporting… bueno, iban al de la Asociación de Vecinos de Sograndio, tampoco hay que pasarse. Esto va de no tener que gastarte 70 € por ir a dos conciertos y tener que elegir entre música en directo o tomarte algo. Va de imaginar el futuro y transformar la realidad. Al final esto va de recuperar nuestra ciudad («y reparar esta tristeza»).

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