Cubiertas de polvo, sin un registro que las controlase ni persona alguna que las supervisara ni en número ni en vigilancia. Así estaban las armas con las que se hizo la Revolución antes de las elecciones de 1933: abandonadas en los almacenes de La Vega desde que, más de doce años atrás, comenzaran a llegar desde Marruecos tras la masacre, y vergüenza patria por excelencia, de Annual. Ocurrió, a mediados de mes, lo que ya se sabe: que ganó la coalición radical-cedista de la que formaba parte la ultraderecha de la CEDA, con el “jefe” Gil Robles a la cabeza, y la izquierda comenzó a pensar en la insurrección. Para ella hacían falta armas. El mayor número posible de ellas. Y, si en algún lado las había, aunque ya viejas y descuidadas, era en La Vega.
Lo cuenta Bernardo Díaz Nosty en La comuna asturiana. Revolución de octubre de 1934 (1974) y también Paco Ignacio Taibo II en Asturias. Octubre 1934, recientemente reeditado por Hoja de Lata. A finales del año 33, con una parte importante de su personal “desmilitarizado por la República y sindicado, mayoritariamente, en la UGT”, la Fábrica de Armas de Oviedo comenzó a ser saqueada poco a poco, con los obreros llevándose aquel viejo material “al principio despiezado. Las piezas de mayor volumen, la culata y el fusil, ocultábanse en los monos de trabajo, y el cajón del mecanismo en la ropa de los que se mudaban antes de salir”. Aún con un parón en diciembre -la insurrección anarquista de ese mes generó la intensificación de la vigilancia de los almacenes-, para finales del verano del 34 ya habían sido robados miles de fusiles: 19.500 según la prensa del tiempo; menos de 2.000 (y añadiendo, en esa cifra, los extraídos del Turquesa y de particulares), más nueve ametralladoras pesadas, según los cálculos, más modestos, de la historiografía reciente.

No fue algo que la dirección desconociese. En los mentideros de Oviedo se hablaba de lo evidente, y, para julio del 34, los rumores se acabaron convirtiendo en certezas. “En la fábrica de armas de Oviedo”, titula El Heraldo de Madrid del día 20, “se descubre una sustracción de fusiles”. Al parecer, habiendo sabido ya “hace algún tiempo” el gobernador civil de la falta de fusiles y piezas de La Vega, la Policía, comandada por el señor Ríos, investigó, enterándose “de que el chófer Félix Díez Caneja, vecino de Oseja de Sajambre, había comprado un fusil y varias piezas (…) Quienes le facilitaban las armas eran los obreros de la fábrica Francisco Fernández Iglesias y Ángel Álvarez Izquierdo, alias Milhombres”; ambos, según El Liberal del día 22, de filiación comunista, si bien todos los implicados adujeron que el arma se había robado y vendido “para matar osos”.
Pero nada más lejos de la realidad.
Además de desmontar las armas para llevarlas clandestinamente a la redacción de Avance y otros lugares seguros, otro método empleado por los obreros de La Vega sería abrir un boquete del economato al almacén y de ahí sacar los fúsiles completos.

A los trabajadores de la UGT se uniría ademá otra red clandestina sería organizada por la CNT, que también sacaría un buen número de fusiles para su depósito de La Felguera a través de obreros de la fábrica ovetense.
Un asedio del que no se obtuvo munición
De que la autoridad era consciente de que la inclusión de miembros de la CEDA en tres ministerios fuertes del gobierno (Manuel Giménez en la cartera de Agricultura; Rafael Aizpún en Justicia y José Oriol Anguera de Sojo en la de Trabajo) iba a ser la espita de la revolución da cuenta de que, en la noche del tres de octubre, en las vísperas del nombramiento, el gobernador civil envió a Ricardo Jiménez de Beraza, recién nombrado director de la Fábrica de Armas, la orden de inutilizar, de inmediato, los fusiles que sí estaban registrados en La Vega, fueran los que fueran los que ya habían sido robados. No hubo tiempo material para eso, pero sí para trasladar, en plena madrugada, el medio millón de cartuchos que formaban el stock de municiones de la fábrica al cuartel de Pelayo.

Al día siguiente estalló la Revolución. Desconocedores del traslado nocturno, los insurrectos se fijarían como uno de sus primeros objetivos la toma de la Fábrica de Armas, como también harían en la equivalente de Trubia y en la de explosivos de La Manjoya. El 21 de octubre, el diario La Voz de Cantabria se hizo eco del testimonio de un militar que había vivido el asedio, y que sitúa su inicio -un “tiroteo intenso desde las casas vecinas” el mismo día 5 de octubre, a las nueve de la noche. “Ello nos obligó a reunir a todas las familias en el edificio central, llamado Castillo, por tener algo de fortaleza. Nos mandaron una compañía de Infantería y se hizo la distribución de la defensa de la fábrica. A mí me tocó una ventana de la fachada principal; allí resistimos durante toda la noche, con un mosquetón, varios asaltos”.

Iba para largo. El mal estado de los proyectiles de los revolucionarios, “lastrados interiormente con arena” prolongó el asedio al no estallar, pero sí “haciendo daños con el impacto en tejados, muros y tabiques”, y el domingo, día 7, todo se precipitó. El ataque con bombas de dinamita de los pabellones destruyó el del director, y la Infantería se replegó, priorizando la evacuación de las familias de los militares (fueron, concretamente, 15 mujeres, 35 niños “y varias sirvientas”) y recibiendo la orden algunos militares, como el que escribe, “de incendiar la sala de armas, en donde estaba el armamento; no encontré gasolina, busqué alcohol, encontré algo, poco, en el botiquín, y con unos algodones y unas bombonas de licor de la Cooperativa, hice lo que pude”. No debió ser mucho, puesto que se sabe que los revolucionarios consiguieron hacerse con 24.000 fusiles, pero, eso sí, nada de munición.
Para entonces, los militares de la Vega se pertrechaban ya en el cuartel de Pelayo, a donde llegaron, “por la protección del Señor, sin una sola baja”, relata el militar anónimo. Desde entonces, y hasta el fracaso de la Revolución, los insurrectos permanecieron en uno de los pabellones de la fábrica, haciendo acopio de municiones que eran guardadas en el taller de cañones. Allí, se dijo, “tenían los rebeldes un fuerte depósito de dinamita, que medio explotó, causando muchos daños”. Valorados en más de cinco millones de pesetas, aseguraría, en los días posteriores, la prensa, profusa en imágenes sobre los destrozos en la histórica fábrica, ora con dinamita, ora con paqueos, ora con licor.
Prohibidas las camisas rojas: el epílogo de la Revolución
A finales de noviembre, extinta ya la insurrección, fue polémica que llegó a todos los medios nacionales el que el director de la Fábrica de Armas de Oviedo consultase a la superioridad “acerca de si debe o no permitirse a los obreros de la misma que se presenten al trabajo vistiendo camisetas de coloración roja como ostentación de determinadas ideas políticas”. La respuesta del Ministerio de Guerra fue tajante: la duda ofendía. “La sola exhibición de cualquier emblema o prenda que signifique identificación con los revolucionarios asturianos”, afirmó la superioridad, “es lo suficiente para no dejar pasar por los centinelas de la fábrica a quien hace ostentación de su solidaridad con los que han llevado a la ruina a la citada provincia, y de esos obreros que, lejos de arrepentirse de lo pasado, parece que quieren volver a sus puestos para preparar el porvenir, se debiera tomar buena cuenta para el futuro”.
Dicho y hecho. En mayo de 1935, el “jefe” Gil Robles, líder de la CEDA y recién ascendido a Ministro de la Guerra, hizo oficial que 125 nuevos obreros “que no estuvieron comprometidos en los sucesos revolucionarios” tomarían posesión de los puestos vacantes por aquellos que sí tuvieran antecedentes. Sonaba a amenaza, y lo era, hasta en el plano más insospechado: Ricardo Jiménez de Beraza, director de la Fábrica de Armas, fue prontamente acusado, junto al capitán de Infantería Alfonso Fernández Segura, de delitos contra el honor militar, negligencia y desobediencia. La razón, haber hecho caso omiso de aquella orden del gobernador civil del día tres conminando a inutilizar todas las armas de la Vega; la sentencia (que no se llegó a ejecutar), fue la de muerte. Un episodio más para la extensa historia de la fábrica de armas de La Vega.



























