1879. Teodomiro Menéndez nació en Oviedo el mismo año que un grupo de socialistas madrileños fundaban en Casa Labra el PSOE, el partido al que desde 1901 estaría ligado ese obrero de la fábrica de armas de La Vega. Fundador en 1904 de las Juventudes Socialistas de la capital asturiana, las clases de la Extensión Universitaria promovidas por un grupo de profesores progresistas de la Universidad de Oviedo, entre ellos Leopoldo Alas Clarín, permitieron a aquel joven inquieto ampliar una educación muy rudimentaria que se había visto interrumpida en la infancia por la necesidad de trabajar.
Represaliado en 1911 por su participación en una huelga de ferroviarios y seis años más tarde por su papel dirigente en la huelga general revolucionaria del verano de 1917, llegados a 1934 Menéndez era sin embargo un socialdemócrata templado, un personaje culto, amable y bien relacionado con gente de todas las clases e ideologías, del que muchos compañeros en el PSOE desconfiaban por sus hábitos pequeñoburgueses.
Menéndez era también lo que hoy diríamos un político profesional. Había ocupado cargos institucionales desde muy pronto, primero como concejal en Oviedo, después como diputado y subsecretario de Obras Públicas bajo el mandato ministerial de Indalecio Prieto, del que era un estrecho colaborador.

El 4 de octubre de 1934 sería sin embargo el reformista Teodomiro el que llevaría personalmente en tren de Madrid a Oviedo un mensaje dramático oculto el forro de su sombrero: la instrucción de iniciar aquella misma noche el movimiento revolucionario. Toda la vida había luchado por la República, y ahora, ironías del destino, le tocaba sublevarse contra ella. “Para Teodomiro Menéndez se estaban desmoronando arduos años de trabajo y en pos de un sindicalismo conciliador, lleno de logros económicos y esperanzas de pucheros llenos” explica Paco Ignacio Taibo II en su imprescindible “Asturias. Octubre de 1934”, recientemente reeditada por Hoja de Lata.
Su paso de las esperanzas reformistas a abrazar, aunque fuera con resignación, la vía revolucionaria, es sintomático del corrimiento de tierras que se estaba produciendo en el socialismo español. Alarmados por los ejemplos de Italia, Alemania y Austria, donde las democracias liberales habían sido dinamitadas desde dentro por los partidos ultraderechistas, dirigentes tan templados s como Prieto o Menéndez habían llegado a la conclusión de que la República del 14 de Abril sólo podría salvarse con un golpe de mano que alejase a la CEDA del Gobierno.

Un ángel rojo de la revolución asturiana
El periodista Juan Antonio Cabezas, amigo de Menéndez, destaca en su crónica “Morir en Oviedo” que el político socialista jugó durante la revolución un papel muy importante evitando que en la capital asturiana se produjeran asesinatos y otro tipo de excesos.
Cabezas cuenta en su libro cómo Menéndez se encargo en persona de interrogar a los detenidos por los revolucionarios “quitando dramatismo a la situación”. Tratando de evitar males mayores, el político socialista procuró que la mayoría de los sospechosos fueran puestos en libertad bajo la fórmula de “son gente beata, pero trabajadora y buena a la que no hay que temer”.

La buena voluntad de Menéndez no le libraría sin embargo de la dura represión del Partido Radical y la CEDA contra el PSOE y el resto de las izquierdas. Capturado y encarcelado, sería quebrado en los interrogatorios, emitiendo declaraciones que comprometían al dirigente socialista Ramón González Peña. Arrepentido por su debilidad, aislado por sus compañeros, y destrozado por las torturas psicológicas de los carceleros, en las navidades de 1934 trataría de suicidarse arrojándose al patio de la cárcel de Oviedo. Pese a las lesiones lograría sobrevivir.
Condenado a muerte, la campaña internacional por su liberación, así como la intervención directa del presidente Niceto Alcalá Zamora, lograría anular la pena capital, pero no su reclusión en el penal de El Dueso, Cantabria. Liberado tras la victoria del Frente Popular en las elecciones de febrero de 1936 ocupó durante la Guerra Civil algunos cargos secundarios en la organización económica de la retaguardia.

En 1939 se exilia en Francia, pero tras la ocupación alemana, en 1940, los nazis le envían de vuelta a España. Condenado a muerte, es la intervención del ministro Ramón Serrano Suñer la que impide su final en el pelotón de fusilamiento. El motivo, la gratitud del representante del ala más filonazi del franquismo hacia el político socialista, que había intercedido por él durante su cautiverio en el Madrid de la Guerra Civil. Con todo, pasará todavía 10 años más en la cárcel, de la que sale en 1950.
En 1978, el año de la Constitución, fallecía en Madrid a la edad de 99 años.



























