Falsos supervivientes del Holocausto: Buscando la gloria a través del trauma

La paradoja de Enric Marco y otros impostores es que fueron mejores narradores que las verdaderas víctimas del nazismo.

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Arantza Margolles
Arantza Margolles
Es historiadora.

Más de 2.700 losas de hormigón de diferentes alturas reciben al visitante a escasos metros de la Puerta de Brandenburgo, en Berlín. Caminar por los angostos pasillos del Memorial por los Judíos de Europa Asesinados genera una sensación de angustia sin igual, en el que es uno de los más impactantes monumentos a las víctimas del Holocausto del mundo. Pero sobre él hay un dato que suele pasarse de puntillas: la polémica que pesó, en su inauguración hace ya dos décadas, sobre su impulsora, la periodista Lea Rosh. Nacida como Edith Renate Ursula Rosh e hija de un soldado de la Wehrmacht, Rosh cambió en los años 50 del pasado siglo su nombre real por el de Lea: sonaba más hebreo. A partir de entonces, la periodista se erigió en portavoz de los derechos de los represaliados judíos del Holocausto, y, cuando se inauguró el monumento, su pretensión de introducir en una de las columnas el molar de un supuesto ejecutado en el campo de exterminio de Belczec colmó el vaso de la paciencia de las víctimas. De las de verdad.

Una mentira integral

Eso sí: Rosh, a fin de cuentas, no mintió. Aunque intentó erigirse en portavoz, y lo consiguió hasta ese momento, de las víctimas, no se hizo pasar por una de ellas. No fue así en el caso de Enric Marco, cuya biografía llega ahora a la gran pantalla de la mano de Aitor Arregi y Jon Garaño, también autores de La trinchera infinita y Handia. La narración que llevaría al catalán a presidir la Amicale era una mentira integral: ni había estado jamás en el campo de concentración de Flossenbürg, ni había sido nunca un exiliado político. Aún es más: llegó a Alemania voluntariamente, en el marco de un convenio entre el gobierno franquista y el nazi. En “una especie de rama laboral de la División Azul”, según aclara Benito Bermejo, el historiador que destapó su historia en 2005. La falsa víctima llegó a reconocer su embuste, justificándolo en que lo que pretendía era dar “una lección de que no hay héroes”. Hacer llegar a más personas, por medio de un discurso redondo, el relato del Holocausto. Así lo asegura en el documental Ich bin Enric Marco (2009, disponible en Filmin).

Su mentira, sin embargo, serviría para dar argumentos a quienes se oponían, en aquellos años del gobierno ZP, a la Ley de Memoria Histórica. “Rodríguez necesita excitarse con sus revolucionarios”, escribió en ABC, mencionando el caso Marco, Ignacio Ruiz-Quintano, “que son (…) los partidarios de deshacer [la nación] por cortes horizontales, que lancen, ya no a los proletarios a la guerra de clases, sino a las familias al husmeo de huesos. Si el fenómeno no escandaliza a nadie es porque las revoluciones, en efecto, no son, y esta menos que ninguna, un heroísmo de los que llegan, sino una dejadez de los que se van”. Ahí es nada. Pero no es la dejadez, ni mucho menos, la causante de que relatos como el de Marco hayan prosperado en la narrativa sobre el Holocausto. Ni tampoco es este el único caso.

Buscando la gloria a través del trauma

Todo lo contrario: hay muchos y, en todos ellos, la mentira sigue un patrón común. El politólogo Wolfgang Heuer lo ha definido como el síndrome Wilkomirski, en alusión al caso del músico Binjamin Wilkomirski, quien, en 1995, contó sus supuestas vivencias como niño en los campos de Majdanek y Auschwitz en el libro Fragmentos. Wilkomirski, quien en el momento de la liberación de los campos no contaba más de cuatro años, relataba, sin embargo, de forma vívida imágenes tan impactantes como el haber visto salir una rata del vientre del cadáver de una mujer ejecutada por los nazis. Poco tiempo después, Misha Defonseca publicó unas memorias aún más truculentas: aseguraba que, tras la deportación de sus padres judíos, había recorrido Europa por los bosques, cuidada por una manada de lobos. Hasta Oprah Winfrey llegaría a interesarse por el caso. Era todo mentira, pero Defonseca sigue negando la mayor aún hoy, en el documental Misha y los lobos (Netflix).

Binjamin Wilkomirski

En este último caso, la sorprendente trama engrosaría la cartera de la falsa víctima con millones de dólares. Pero el asunto va mucho más allá de un interés económico. El síndrome Wilkomirski, que también puede darse en segundas y terceras generaciones, se basa en una fascinación por el trauma por medio de la cual el impostor, o la impostora, trata de colocarse en el mismo nivel que las víctimas para buscar, desde ese estatus, “la gloria”. ¿Y qué hay de quienes se la dan?

Un relato perfecto

Hay, al menos, dos puntos en común entre Marco, Defonseca, Wilkomirski u otros tantos impostores. La primera: que sus testimonios son falsos. La segunda: pero son perfectos. Detallados, indubitativos; con introducción, nudo y desenlace. Redondos, como un guion de cine. Un buen ejemplo: una vez descubierto, el ya ex presidente de Amicale fue llevado por el equipo de producción de Ich bin Enric Marco a la cárcel de Kiel, donde sí es cierto que cumplió algún tiempo de prisión. Por aquel entonces (1943), la acusación de conspirar contra el Reich no redundó en condena alguna -sí fue relegado de su trabajo como voluntario y devuelto a España-; y hasta el juez detectó en Marco el obsesivo deseo de impresionar a sus compañeros. Décadas más tarde, cuadrado ante la cámara, el catalán contó los pasos de pared a pared en el patio de la prisión: eran seis. Los mismos que, aseguraba impertérrito, él desandaba siempre desde entonces, en un acto reflejo, cada vez que esperaba el autobús.

Enric Marco

Marco no sabía entonces que la cárcel había sido reconstruida con posterioridad a su estancia allí, pero la narración del presunto trauma era perfecta. Él, que jamás fue una víctima, sí era un narrador nato. Uno con el carisma suficiente como para hacer llorar a la diputada socialista Carme Chacón en su intervención en el Congreso de los Diputados, poco antes de que se descubriera el engaño, o de convencer a sus compañeros de la Amicale, entre los que estaban varios deportados reales, de su mentira. Sucede, empero, que la memoria, la real, es más ingrata. Borra imágenes traumáticas; junta otras, genera dudas. El sufrimiento redunda muchas veces en silencio; las víctimas titubean, se quedan en blanco, se confunden sin llegar a contradecirse. Para quien escucha, sin embargo, resulta más atractiva una narración lineal, cronológica, perfectamente enlazada y en la que se engarcen detalles que conecten con sus propios sentimientos. Como decía hace unos días la periodista Elena Fernández Pello en la presentación del preestreno de Marco en los Cines Embajadores Foncalada, “desde las emociones estamos dispuestos a creer en las mentiras que nos cuentan”.

Aún es más: las preferimos a la vida real. En el caso de las verdaderas víctimas, la transmisión del sesgo de quien escucha, a lo largo de los años, puede llegar a elevar al rango de categoría una anécdota; marcar los límites del relato o intensificar su dramatismo. En el de quienes ansían serlo, se construye una narración sin mácula; una novela que hasta Oprah Winfrey pagaría por escuchar. Si la mentira, en este caso, puede llegar a perdonarse por piadosa, eso dependerá ya del criterio del receptor. Enric Marco lo tenía claro.

  • El lunes 11 de Noviembre NORTES organiza una cinefórum tras la proyección de “Marco” con los historiadores Rubén Vega y Arantza Margolles.

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