El secretario de Seguridad y Emergencias de la Consellería de Justicia del gobierno valenciano se llama Emilio Argüeso, pero en la Comunidad también se le conoce por “Camaleón Argüeso”. Es comisario de Policía, pero hace años que no ejerce de tal porque es un trepa de libro. Estuvo en las Juventudes Socialistas, fue secretario general de las Nuevas Generaciones del PP en Elche y recaló en Ciudadanos, donde figuró como secretario de organización del partido en la Comunidad Valenciana. Cuando Ciudadanos se rompió fue de los que hizo de puente con los restos del naufragio de la formación para que recalaran en el PP, como hizo él mismo, tras desarrollar con éxito ese trabajo sucio.
Según su agenda abierta, y recuerda Jordi Amat en El País, el día en el que se inició la devastadora gota fría que llevó la tragedia a su autonomía mantuvo una única reunión con un subordinado, el jefe de Espectáculos Públicos, Actividades Recreativas y Festejos Taurinos. Se puso a ocuparse de la dana al día siguiente del desastre. Tardó cuatro días en aprobar la coordinación de las policías locales. Antes se había demorado casi trece horas en avisar a la gente del peligro, lo que provocó muchas víctimas.
También coincidiendo con el inicio del desastre, el PSOE y otros partidos, a su izquierda y a su derecha, los que sostienen al gobierno, decidieron no posponer el cambio en el Congreso que les garantiza un control aún mayor del Consejo de Administración de RTVE, un organismo público secuestrado por los políticos, ahora de forma más grosera. Se refuerza la figura del comisario político, ahora mejor retribuido. Antes cobraban generosas percepciones por sesión, ahora serán liberados con un sueldo, de hasta cien mil euros anuales. Ni lo que estaba pasando en Levante les sensibilizó para aplazar el asalto definitivo a los medios públicos y a la propia democracia, en vivo y en directo.
En la ira que estalló en Paiporta contra políticos e instituciones- incluyendo la Monarquía, aunque Felipe VI sale tan fortalecido como su padre el 23-F, consiguiendo una legitimidad popular que no tenía- la extrema derecha aprovechó la oportunidad, pero sobre todo salió a relucir la enorme desconexión entre gobernantes y gobernados, entre la sociedad y la clase política. Un problema universal, aunque en España tenga rasgos propios.
El viejo sistema de representación política hace mucho tiempo que hizo aguas y está arrasado
El viejo sistema de representación política hace mucho tiempo que hizo aguas y está arrasado. Es viejuno, decimonónico, anacrónico y lleva en su seno el germen de la autodestrucción. El temporal se está llevando por delante a la democracia, como a las casas en Valencia. La gente tiene sus propias preocupaciones y delega en los políticos la gestión de lo público, los intereses del Estado. Es cierto que es pasiva, a veces cómplice, y que la línea que separa a gobernantes y gobernados es muy tibia. Pero también que la clase política se ha convertido en un extraño ente impopular alejado y ajeno a los intereses de la ciudadanía. Es endogámica, sus miembros se reproducen en un mundo cerrado y oscuro de intereses que a menudo nada tienen que ver con los generales. Es sectaria, su interés prioritario es el control y el mantenimiento del poder, negando evidencias, mintiendo y priorizando el desgaste electoral del enemigo, externo o interno, teatralizando, porque ejecuta a diario una representación para la que el control de los medios es fundamental. Aunque en realidad forma una casta, la que se denunciaba en las plazas durante el 15-M y que se perpetuó tras aquella explosión de rebeldía colectiva ante un sistema colapsado e injusto. “No nos representan”, se gritaba. La representación de la absoluta desconexión entre representantes y representados continúa una década después, en instituciones y gobiernos. Es aún mayor. Y en esta deriva la gente confunde a la derecha y a la izquierda, con toda la razón, porque resulta muy difícil distinguirlas, como si estuvieran sepultadas por el barro y el lodo que asola a los valencianos.
La izquierda no es responsable de este neofascismo aterrador, de esta vuelta a las cavernas, al mundo de la ignorancia, la superstición y el sálvese quien pueda, anterior a la Ilustración. De esta regresión que hace que prevalezca lo más sombrío de la condición humana. Pero su fracaso es una de sus explicaciones. En todo el planeta, empezando por los Estados Unidos, donde acaban de llevar de nuevo a la Casa Blanca a un monstruo, a un corrupto, a un desalmado que odia a los pobres que le votan y alentó un golpe de Estado con víctimas mortales tras perder unas elecciones. ¿Pero alguien veía grandes diferencias políticas entre Trump y Harris, las suficientes para votar a la candidata? La gente está cansada del mal menor y en ese hastío gana el peor.
Lo que seguimos llamando izquierda es un sollozo del pasado, un fósil que no entiende lo que está pasando ni tiene respuestas ante tanto desafío, empezando por la implosión de la naturaleza. Esta perplejidad ya es un gran problema de fondo que la descalifica como alternativa ante un mundo complejo y un futuro estremecedor, con el fantasma de los espantos de los años 30 del siglo XX, esta vez más aterradores, por el desarrollo del armamento nuclear y la autodestrucción medioambiental. Pero no menos grave es su problema formal, de mecanismos de funcionamiento, porque es el que más desacredita a la izquierda ante los ciudadanos.
La utopía ha desaparecido del ideario de la humanidad. La gente ni aspira ni cree en la revolución, no demanda a la izquierda grandes transformaciones, le basta con reformas, buen gobierno y seguridad. Hace un siglo, cuando soñaba con asaltar los cielos, también había desconexión entre gobernantes y gobernados, entre líderes y ciudadanos. Pero era más bien cultural, también económica. Había un enorme analfabetismo, se asumía que el representante era una persona más preparada para ese papel de intermediación.
Ha pasado mucho tiempo: la revolución industrial, el Estado del Bienestar y la generalización de la educación. La relación se ha invertido. Los políticos, profesionales del poder ajenos al mérito y la capacidad que se supone a los funcionarios de la Administración, no están más preparados que los ciudadanos, que en gran parte tienen mucho más conocimiento y criterio. Pueden admitir que se equivoquen, llevan con paciencia sus broncas, piensan que son un mal necesario, pero no toleran su impostura.
A esto a lo que llamamos derecha, que es la aceptación del poder establecido y sus intereses, el recelo a los cambios, el orden y la moral conservadora, este descrédito no le afecta en gran medida. A la derecha extrema le beneficia, juega al caos en el que encuentra beneficios electorales, hace unos días en Estados Unidos. Pero para lo que se tiene por izquierda, que ya no es más que una evocación imaginaria, donde solo quedan valores perdidos en la noche de los tiempos que ya no resisten una simple revisión con la realidad, es sencillamente demoledor.
Ese modelo de representación y sus instrumentos – partidos, ejecutivas, líderes, dirigentes, liberados – ya no sirve, huele como el aire putrefacto de muchas zonas de Valencia. Es como conducir con un automóvil de hace un siglo por las modernas autopistas de la modernidad postindustrial. Organizaciones verticales que producen vértigo en tiempos en los que se reclaman horizontales. Que se reparten el poder a su antojo, usando los votos de los ciudadanos como despojos. Responsables de una Administración colonizada e ineficaz donde la prioridad es colocar a los suyos, con la discrecionalidad y la sinrazón como normas. ¿Qué pinta un torero de vicepresidente, un camaleón como Arguero gestionando catástrofes y mandando sobre geólogos o ingenieros, un comisario político en RTVE, en el CGPJ o gestionando un hospital? ¿Cuándo admitimos semejante dislate, hasta llegar a la distopía administrativa? Si no fuera tan catastrófico, como estamos comprobando, sería para echar unas risas.
Cuando dices que esto resulta intolerable te vienen con la milonga de que son las leyes de la democracia y que cambiar a los políticos por técnicos es tecnocracia. ¿Que la gente más cualificada esté en los puestos de relevancia y que los políticos elegidos por sufragio universal se dediquen a aprobar leyes, discutir en los parlamentos y ejecutar decisiones avaladas por el trabajo de técnicos, expertos y especialistas es tecnocracia? Pues viva la tecnocracia.
Hay que salvar al planeta de su autodestrucción, frenando esta locura en la que se mezclan la codicia y la ignorancia. Hay que salvar a la democracia de la casta política, carcoma que la devora desde dentro. Hay que enterrar a la izquierda, que es un cadáver insepulto, como los de Valencia, y ponerse a pensar en nuevas maneras de defender la justicia, el progreso y la razón. ¿Utopía? Claro, ese motor imprescindible en la Historia. No tenemos prisa ni somos ambiciosos, ni mucho menos insensatos: en estos tiempos la revolución no es más que el sentido común.



























