Mi amigo Juanito de la Torre tiene una bota a la que cuida con una dedicación tal que fuera una mascota. Es una de esas botas de Las Tres ZZZ que va acumulando las mismas arrugas que su dueño, curtidos ambos en muchas jornadas de campo. Hace unos años Juan me llamó consternado: se le había roto el pitorro de la bota y acudía a mí como el que tira del caldero de agua en un pavoroso incendio porque no consta que haya Servicio de Asistencia Técnica para estos instrumentos. Veré lo que puedo hacer, le dije.
A las pocas semanas quedé para una reunión -en realidad para merendar- en el Maragato, un viejo bar y colmado de Busdongo, y vi que entre cachabas, madreñes, conservas y chacinas también tenían botas expuestas a la venta. No sabrá, por casualidad, dónde podría yo encontrar un pitorro para una bota -pregunté con reparo porque no va uno preguntando estas cosas habitualmente, que es casi como el que busca, no sé, cascos de cosmonauta. Pero, sorpresa, sin responder palabra el paisano abrió un cajón del mostrador en el que habitaban todos los repuestos de botas habidos y por haber, no solo pitorros, también cuerdas trenzadas de las que mantienen el lomo del artilugio y cordeles de los que sujetan el pitorro a la cápsula de la que brota el ordeño.

En el Maragato ponen embutidos, quesos y vinos. Ya lo anuncian a la entrada sin rodeos: CASA MARAGATO. VINOS Y LICORES reza un cartel encima de su puerta que parece más una advertencia que una información. Venden algunas cosas más, eso, en plan cacharros, latas y que si un cencerro o que si una pota, casi todo lo necesario para salir de un aprieto en un paso de montaña. Porque Busdongo está casi en la cumbre del puertu Payares, a más de 1200 metros sobre el mar. Por eso llama más la atención que las paredes de su comedor estén tapizadas de cientos de botecitos con arena de muchísimas playas del mundo, desde las del cercano Cantábrico hasta algunas de Australia, todos perfectamente alineados con indicación de su procedencia. Al fin y al cabo, los puertos de montaña se parecen bastante a los puertos oceánicos; lugares de paso y de intercambio, hogar de contrabandistas y de encuentros, partidas y desencuentros.
De desencuentros saben lo que quieras en el entorno de Payares. En tiempos de la presencia de Roma en Hispania, se construyó la vía romana de La Carisa, que debe su nombre a Publio Carisio, enviado por César Augusto para dar la del pulpo a los levantiscos astures. El tal Publio, una vez sacudió lo que quiso y más en la ciudad de Lancia, dijo que ya que estaban allí había que pasar la cordillera y para ello mandó construir una vía que hoy está prácticamente desaparecida, pero que transcurre a escasa distancia del paso de Payares y que debió ser durante muchos siglos el paso habitual entre Asturias y León. Y decimos bien, León, por aquello de los titulares que estos días, con el argayu de la autopista del Huerna, leemos: “Cortado el paso entre Asturias y la meseta”. Perdón, ¿cómo que la meseta? Interesa saber, por razones biogeográficas, pero también culturales, que desde la frontera asturiana hasta la meseta propiamente dicha media un buen trecho montañoso y dominado por bosques húmedos de tipo cantábrico, al menos hasta que se trepa el alto del Rabizo, en La Robla, a partir del cual ya cambia el pelaje.Volvamos a las batallas. Unos dos mil años después de aquello de don Publio, el frente republicano de Asturias y León durante la Guerra Civil se encontraba en las estribaciones de Payares. Una compañía al mando del capitán Luis Vaquero se cobijó en los edificios de La Fabricona de Golpejar, a cuatro pasos de Villamanín. Tras resistir sucesivos ataques, Franco -que a pesar de haber conocido en Oviedo a su esposa, o quizás por ello, tenía una especial inquina con Asturias, tras haber reprimido la huelga general de 1917 y el levantamiento revolucionario de 1934- pidió ayuda a sus colegas nazis y la Legión Condor no se lo pensó y bombardeó La Fabricona en una operación que posteriormente repitió a mayor escala en Gernika. Los restos de las instalaciones, con notables mellas, todavía se pueden contemplar junto a la carretera.

Payares es carretera, pero también es tren. Si el argayón del Huerna está sirviendo para revivir aquellos viajes con paradas y el ojo puesto en la temperatura del motor o la nariz en el olor a freno quemado, la apertura de la variante y la llegada del AVE nos hace olvidar muy rápido esos viajes en el “transpajariano”. La estación de Busdongo, de donde partimos parando en el Maragato, era una de las terminales notables en este paso. Además de ser el último punto a descubierto antes de entrar en el túnel de La Perruca, del que si venías de León ya salías en Asturias, casi a la altura de la estación de Payares, Busdongo tiene una playa de vías que permitía el cruce de convoyes. Era una señora estación.
Es sabido que las líneas ferroviarias han servido también para el enriquecimiento genético de las poblaciones por las que el tren pasa. Y no me refiero a la fogosidad de viajeras y viajeros sembrando pasiones a su paso ni al chacachá del tren; me refiero al trasiego de trabajadores que eran destinados a estaciones muchas veces perdidas en esta nuestra geografía. A veces los trabajadores, que eran todos, claro, hombres, llegaban sin compromisos y hacían su vida. Otras veces llegaban con familia y se producían nacimientos de personas que con nuevos destinos de su padre no volvían a regresar al lugar donde nacieron. Es el caso de Amancio Ortega, sí, el dueño del percal de la ropa, al que parieron aquí, en Busdongo.

Estos días en los que muchos asturianos y leoneses han vuelto a ir por el puertu, sumando tiempo pero también ahorrándose los quince eurazos del peaje, ese embarque que nos dejó el amigo Francisco Álvarez Cascos hasta 2050 -si los tribunales no lo remedian-, es buen momento para revivir los paisajes de una carretera que fue diseñada por dos ilustres asturianos, estos sí ilustres de verdad: Jovellanos y Campomanes.
Si vienes de León puedes desviarte a Geras a comprar algo de embutido, que es excelente; parar a comer en Vega de Gordón -hace unos días me pusieron de tapa unas sopas de ajo celestiales- o en Villamanín o en Busdongo; incluso cabe un ligero desvío desde Villamanín para asomarse al valle de Casares, que es de los lugares chulos poco conocidos -ay, miedo me da-.

Ya llegando al alto que nadie se pierda la colegiata de santa María de Arbás, una preciosidad románica que desluce al lado de una carretera y que fue hospital de peregrinos de la variante del Camino Francés que se desviaba a visitar san Salvador, la catedral de Oviedo: Quien va a Santiago y no va a san Salvador visita al criado pero no al señor. Hay además una fuente de agua buenísima pegando a la que fue Casa Quico, otro de los chigres míticos del puertu.

El antiguo parador del alto, que siempre fue escala obligada, lleva años parcialmente cerrado, aunque mantiene abierto servicio de cafetería. Desde allí, asomando a Asturias, se contempla todo el monte de Valgrande y la cabecera del valle del Huerna, que pese a la autopista y la estación de esquí es uno de los valles más espectaculares de la cordillera. Y ya se echa uno a caer al Cantábrico, despaciquín porque el firme será mucho mejor que el de hace años, pero las rampas siguen siendo las mismas. Payares, Flor d’Acebos, Llanos de Somerón, La Romia, La Muela, Puente los Fierros… topónimos chulos que los que usamos el puertu durante décadas nos sabemos de memoria.
Obdulia Álvarez, “la Busdonga”, así apodada por el tiempo que pasó en Busdongo por el destino de su padre, ferroviario como el de Amancio Ortega, cantó aquello de Al pasar por el puertu, / puertu Payares, /m’alcontré con un vieyu / llindando vaques. Y el Presi, en una monumental asturianada, Pasé el puertu de Payares.
Si el tiempo os lo permite, id por el puertu, aunque esté abierta la autopista. Es una especie de elogio a la lentitud, pero nos regala mucha belleza. Recordad historias que os contaban vuestros padres y abuelos, parad en el Maragato, contemplad los trabajos de ingeniería del propio trazado de la carretera o de la vía férrea. Payares es parte de nuestra esencia. Seamos dignos a la memoria del que es posiblemente el puerto español de montaña más legendario. Por allí entró y por allí salió casi todo lo que somos.
Además, pensad una cosa, en las áreas de servicio de las autopistas podréis encontrar rascacielos de mantecadas de Astorga o de roscos de Osorno, te ofrecerán cupones de algún sorteo o gafas de sol espantosas, pero jamás, jamás de los jamases, encontraréis el pitorro de una bota de vino.



























