Dicen Carmen Moriyón y otros dirigentes de Foro Asturias, durante el juicio al fundador del partido, que Francisco Álvarez-Cascos lo decidía absolutamente todo, todas las decisiones eran suyas. Pues vaya novedad, se enteraron muy tarde, cuando empezaron a perder elecciones y ya no había dinero público para pagar los excesos del jefe. Menuda información que tenían quienes lo arroparon en su regreso a Asturias como a un verdadero caudillo, convertido en un auténtico Mesías al que nada se cuestionaba y al que se debía obediencia ciega, como en el Ejército.
Porque sobre su carácter, su concepción de la política y su relación con el dinero se sabía todo, y más en Asturias, donde inició su carrera política y de donde jamás se desvinculó. Que Cascos era personalista, presidencialista, autoritario, caprichoso y que sus formas provocaban terror entre sus subordinados se sabía desde que comenzó en la vida pública como solitario concejal de AP en Xixón. Los socialistas, para los que fue un látigo, lo llamaban “El Doberman”.
El mismo Isidro Fernández Rozada, otro de los pioneros de AP, tantos años presidente luego del PP asturiano, tuvo que aguantar sus voces y sus improperios en la primera sede de los conservadores, en la calle Cimadevilla de Oviedo. Cascos era un fiel seguidor y discípulo del fundador nacional, Manuel Fraga, hombre intempestivo, una verdadera fiera política que venía del franquismo puro y duro, que en uno de sus ataques de violencia llegó a arrancar el teléfono de cuajo cuando ocupaba la embajada en Londres.
Cascos era un fiel seguidor y discípulo del fundador nacional, Manuel Fraga, hombre intempestivo, una verdadera fiera política
Este juicio en la Audiencia de Oviedo, lo más más triste de su vida según manifestó en el banquillo el acusado, tiene algo de tragedia griega, o de “El ocaso de los dioses” de Richard Wagner como dice el periodista Nacho Poncela, por la caída ante los ojos de todo el mundo de un animal político, un hombre que estuvo entre los más poderosos de España.
Nadie puede dudar de las cualidades de Cascos para la política, de la que es desde joven un dependiente, una patología habitual en la casta. Ni tampoco de su legendaria laboriosidad a tres turnos, una pesadilla para empresas, colaboradores y subordinados. Pero mucho menos de su tendencia al conflicto interno y al desgarro personal con los que lo rodearon, lo apoyaron, lo adularon o lo siguieron con un fervor místico. Y con una fidelidad casi inquebrantable, porque en todos los casos acabó quebrando, hasta llegar a la absoluta y patética soledad que delata su imagen en el banquillo de la Audiencia, afectada por el tiempo y los golpes de la vida. Un viejo león cansado y derrotado, pero que conserva la firmeza y el gesto indomable. No fue ninguna sorpresa, pese a lo que dicen algunas crónicas, que decidiese contestar, durante horas, a todas las preguntas, contra lo habitual en los políticos denunciados por corrupción. El orgullo de quien fue Vicepresidente del Gobierno español y presidente del asturiano permanece intacto.
En septiembre de 2002, cuando aún era el número dos del ejecutivo español, pero sus relaciones con José María Aznar, Mariano Rajoy o Javier Arenas ya estaban tocadas, aventuré en un artículo en La Nueva España, titulado “La agenda de Cascos”, que quien había sido también “general secretario” del PP acabaría “a corto plazo en la empresa privada”. También exponía otro vaticinio:
(…) Podría ser presidente del Principado con tan sólo proponérselo, porque la credibilidad de la clase política asturiana está por los suelos y la suya es notable, incluso para muchos votantes progresistas (…) Triste Asturias ésta donde son muchos los votantes de izquierdas que suspiran por este hombre; y hasta numerosos y lúcidos asturianistas, recordando que fue Cascos quien propuso la cooficialidad que vetó el PSOE durante la reforma del estatuto de autonomía (…)
El pronóstico se cumplió en menos de una década. Como su ciclo en la política nacional había terminado y lo daban por amortizado en el PP, donde apareció vinculado al escándalo de los sobresueldos que denunció Bárcenas, que había sido gran amigo suyo, Cascos se lanzó a la reconquista de Asturias, como había hecho su mentor Fraga en Galicia. Vidas políticas paralelas y el terruño como último refugio.
El éxito estaba cantado porque en Asturias el prolongado régimen socialista- con el único paréntesis del conservador Sergio Marqués, que al rebelarse contra el dedo de Cascos que le había nombrado acabó enfrentado a su viejo amigo y expulsado del PP- vivía una crisis agónica. Y además Cascos, con astucia política, dio con la receta y una estrategia inteligente. Acertó brillantemente en el diagnóstico: el Pacto del Duernu entre el PSOE y el PP para repartirse la autonomía. El PPSOE, la entente entre José Ángel Fernández Villa y Gabino de Lorenzo, los dos pesos pesados de los dos grandes partidos. El reparto asimétrico en una autonomía de izquierdas: el Principado para el PSOE, el Ayuntamiento de Oviedo para el PP.

Cascos envolvió a su operación retorno con un oportuno envoltorio político y un nuevo partido, Foro Asturias. Mezcló el reformismo de Melquiades Álvarez con el asturianismo de Jovellanos, y entre sus citas no faltaba Manuel Llaneza, el fundador del SOMA. Los asturianos compartían el diágnóstico y aquella receta reformista y transversal con un equipo en el que había conservadores, liberales y asturianistas.
Coincidía aquella novedad con el 15M, la revolución cívica y pacífica de la juventud española contra el bipartidismo y la crisis de la más reciente restauración borbónica. A Cascos le pilló de sorpresa aquella acampada masiva en las plazas españolas y recuerdo una conversación que tuve con él en plena campaña electoral, apartados los dos en la barra de un bar de sus candidatos y colaboradores. No calculaba exactamente las consecuencias, simplemente las veía en negativo para su amiga Esperanza Aguirre en la Comunidad de Madrid. Solo podía intuir que aquella ola le beneficiaba, porque en Asturias representaba una alternativa al bipartidismo, una paradoja tratándose de uno de los políticos más veteranos de la derecha española. Más aún si se tiene en cuenta su amistad y la excelente relación política que mantenía con José Ángel Fernández Villa.
Confirmado en las urnas el fenómeno por el que un partido con pocos meses de vida accediese al gobierno de la autonomía asturiana, el primer golpe para el bipartidismo en España tras el inicio del ciclo político que trajo el 15M, Cascos comenzó pronto a perder el enorme crédito político que le habían dado los asturianos. Su gobierno no tenía la calidad que se demandaba, lo que él justificaba porque los buenos profesionales perdían dinero en política, aunque algunos tuvo cualificados, como los del equipo que formó en la Consejería de Cultura el asturianista Emilio Marcos Vallaure.
Ya en el gobierno cometió dos errores de principiante. Se enfrentó absurdamente y hasta al cuerpo a cuerpo con La Nueva España, el gran poder mediático, un combate en el que ambas partes se dejaron muchas plumas. Y sobre todo con la decisión de adelantar las elecciones, cuando apenas llevaba unos meses gobernando, porque la pinza entre el PP y el PSOE, el Pacto del Duernu, le tumbó sus primeros presupuestos.
Decía que una encuesta le era favorable. Entonces todo el mundo en Foro sabía que no solo el partido era él, casi normal en aquel con su acrónimo (FAC), sino que a nadie escuchaba. En el gobierno sólo se atrevieron a cuestionar su decisión Emilio Marcos, Florentino Alonso y el viceconsejero Juan Vega. A partir de ahí llegó el desastre, la pérdida de escaños, y de la financiación que conlleva, y la bronca interna hasta convertir al fundador primero en disidente y finalmente en un jubilado político. Solo entonces aquella legión de seguidores que le aupó como a un Mesías, como Cascos a ellos en gobiernos, instituciones y consejos de administración, cayó en la cuenta de lo que algunos, más informados que malpensados, aunque hubiera de todo, insinuaban a los oídos de quien quisiera escucharlo cuando el político gijonés al que nacieron en Madrid regresó a su tierra prometida: que lo hacía sobre todo porque necesitaba dinero para mantener a su amplia familia.
Hay razonables dudas sobre cual será la sentencia en el Caso Cascos, porque todo depende de la interpretación que se dé al alquiler de una sede de Foro en Madrid, una propiedad que transfirió a la que entonces era su esposa, María Porto, cuando accedió a la Presidencia del Principado. Su comportamiento es éticamente reprobable, pero no hay delitos morales que tenga que juzgar el tribunal. La sentencia política hace tiempo que la ejecutaron los asturianos y le fue desfavorable. Pero en el juicio no solo se exhiben las miserias de quien de tantas grandezas disfrutó. También las de sus seguidores y colaboradores, que adoraban a quien ahora desprecian porque solo creían en un caudillo, no en la democracia, que es control político, participación y transparencia en vez de obediencia ciega, jerarquía militar y opacidad.
Es deprimente pensar que aquellos hábitos se hayan convertido en universales. Trump, Putin, Orban, Milei…no son más que caudillos y la democracia no para de retroceder en todo el mundo de modo vertiginoso. Se salvará si acaban en un banquillo rindiendo cuentas, como Cascos.



























