La ultraderecha norteamericana lleva tiempo con sus sucias manos sobre la Ilíada.
Todas recordamos cuando Elon Musk recomendó su lectura en un tweet, adjuntando una
foto de la portada de la Odisea, por si había dudas de que no sabía de qué estaba
hablando. A mi pregunta sobre qué pintará Musk en la carnavalada que es el nuevo
gobierno Trump, una de mis amigas me respondió que hace lo que le han dicho que
haga, cumple una tarea que es, básicamente, hacer que los hombres blancos heteros no
se sientan discriminados, halagarlos, protegerlos, que vuelvan a ser felices, los pobres.
Intento entenderlo a partir de esta falsa devoción por los héroes homéricos, que tanto me
descoloca, y tiene sentido, porque no es la primera vez que ocurre.
Elon Musk no ha leído la Ilíada ni va a poner su cuerpo a combatir contra los chinos, si
llegara el caso, pero necesita que otros lo hagan (lo de matarse, no lo de leer a Homero).
Para conseguirlo tendrá que engañarlos dos veces: la primera haciendo como que cree la
estupidez propagada por los incels y demás escoria de que los hombres son los
verdaderos discriminados por la sociedad y sus leyes, no las mujeres; la segunda
convenciéndolos, una vez que ha halagado su viril superioridad, de que deben estar
preparados para defender a su patria. Habría que ser tonto dos veces para caer en la
trampa, pero madera de tontos tienen quienes lo jalean, y con eso cuenta.
En realidad Aquiles no quería ir a Troya. Tampoco sus padres, Tetis y Peleo, querían
dejarlo partir porque sabían, o al menos temían, que no volviera nunca con vida.
Llegaron a ocultarlo, vestido de niña, en la corte de Licomedes, rey de la isla de Esciros,
donde pasó nada menos que nueve años conviviendo felizmente con el resto de
princesas. Fue Odiseo quien lo descubrió y no le quedó a Aquiles más remedio que
alistarse con el resto de guerreros en la expedición griega contra Troya. Hay varias
versiones sobre cómo consiguió Odiseo descubrir a Aquiles bajo el disfraz; una de ellas
dice que hizo sonar una trompeta de guerra y, mientras el resto de muchachas salió
corriendo, Aquiles se lanzó en busca de un arma para defenderse. Pero también sobre
Odiseo circulaba una leyenda según la cual fingió estar loco para evitar formar parte del
ejército griego. En este caso fue otro héroe, Palamedes, el que lo descubrió a él. Sucedió
de la siguiente manera: Odiseo estaba sembrando sal, en lugar de semillas, con un arado
tirado por un asno y un buey; Palamedes colocó al pequeño Telémaco, hijo de Odiseo,
delante del arado y a éste no le quedó más remedio que dejar de hacerse el loco y
apartarse para no hacer daño a su hijo. Nunca se lo perdonó a Palamedes y se vengó
cruelmente de él.
Estas dos historias son significativas porque se refieren a los dos héroes más famosos de
la literatura griega, el de la Ilíada y el de la Odisea, pero los poemas de Homero,
especialmente el primero, están llenos de consideraciones sobre el horror de la guerra,
su inutilidad, la añoranza del hogar. La vida es lo más valioso, por encima incluso de la
gloria, tan querida para estos héroes. Los antiguos lo vieron muy bien, entendieron el
sentido de la Ilíada, un sentido pervertido posteriormente hasta convertir este poema en
una epopeya marcial glorificadora del combate. Se ha dicho ya muchas veces que una
peculiaridad de la Ilíada, frente a las epopeyas de otras civilizaciones antiguas, es que
trata con la misma humanidad a los amigos (los griegos) que a los “enemigos” (los
troyanos). Un unicum en la literatura de la antigüedad. Su condena de la guerra sería
otra cualidad evidente si no se hubiera tergiversado su significado con una finalidad
concreta, la de inculcar en los varones el deseo de morir por la patria, llegando a hablar
incluso de la “bella muerte del guerrero”.
En un ensayo brillante, La guerra que mató a Aquiles, de Caroline Alexander, se explica
muy bien cómo ciertas instituciones de enseñanza elitistas tuvieron un papel clave en
esta perversa conversión de la Ilíada, de poema de la fuerza, del absurdo de la guerra,
en poema celebratorio del furor marcial. Se necesitaba convencer a los hombres
(masculino intencional) de que hay algo hermoso en morir en primera fila. La historia se
repite, pues.
Aquiles no escogió, como se dice leyendo mal la Ilíada, una vida corta, pero con gloria,
en lugar de una vida larga, pero oscura y sin fama. Aquiles estaba harto de la guerra y a
punto de regresar a su Ítaca, dejando atrás los años de inútil combate, cuando su querido
Patroclo muere. Con él muere también una parte de Aquiles, que, sin interés ya ni en la
vida ni en la gloria, decide seguir en Troya para vengarlo… y morir del todo. Nada más
absurdo que un Aquiles que da la vida por la patria. Y a quien cuente que fue así,
Aquiles lo odiará por siempre, él que odiaba la mentira por encima de todas las cosas.
La guerra es muerte, es dolor, es un espectáculo de bestias repartiéndose un botín, lo
hemos visto a lo largo de la historia, lo vemos en la guerra que no cesa en Palestina. Nos
lo contó Homero y nada ha cambiado apenas desde entonces. Quienes quieran dejarse
engañar por Elon Musk, que lo hagan, pero que dejen a Aquiles en paz y, si es posible,
también a todos, a todas nosotras. Quienes quieran hacer caso a Mark Rutte y seguir
elevando el gasto militar, que lo hagan, pero que no utilicen la literatura griega, de la
que lo ignoran todo, como argumento en sus sucias guerras. No han leído a Homero ni
lo van a leer, y no van a ir a la guerra, vas a ir tú, tonto.



























